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causas Tapajós / Brasil

Ametralladoras, helicópteros, desarrollo...

lunes 17 de febrero de 2014 El doble discurso de Estado y empresas se hace patente en el río Tapajós (Brasil), donde se construye un inmenso complejo de energía hidroeléctrica. Mientras el discurso oficial se amarra de la palabra "desarrollo", las comunidades ven como el proyecto se impone con militarización y oscurantismo.

Odilia, junto a la tumba de su padre, Abimael.

Odilia, junto a la tumba de su padre, Abimael.

Por Minguarana Producciones

Estamos en la comunidad de Mangabal, en las orillas del río Tapajós (Pará, Brasil). Pedro tiene 53 años y nos habla con devoción de su familia. De su padre, David, fallecido hace años trabajando en el oro; de sus tíos, Simar y Álvaro, que le enseñaron a conocer la selva y el río; de sus abuelos, Seu Abimael y Dona Zila, descendientes de las primeras familias de la comunidad y fundadores de esta saga familiar. Nos encontramos con él junto al río, visitando en el cementerio familiar las tumbas de algunas de estas personas. En medio de un respeto solemne, nos acompaña en la visita Odila, madre de Pedro e hija de Abimael y Zila; tiene 78 años y ha criado diez hijos en esta tierra. También están una de sus hijas y una de sus nietas, tres generaciones que ahora miran con preocupación su futuro. Todo lo que conocen está amenazado por la construcción de un gran complejo hidroeléctrico, el Complexo Tapajós. Entre otras muchas cosas les preocupa qué sucederá con los familiares que descansan en este cementerio si finalmente el agua que les vio nacer lo acaba cubriendo todo.

Odilia con sus hijos

La familia va desgranando sus historias mientras los acompañamos a la casa donde nació Odila, Lage de Mangabal, y a Jatobá, el lugar donde crió a todos sus hijos, o mientras cocina en Sapucaia, la casa que construyó con su marido y que promete no abandonar nunca. En todos los lugares que visitamos somos recibidos con sonrisas y comida; los habitantes de esta comunidad son hospitalarios, gente de paz. Por eso les cuesta comprender la irrupción en el río de uniformes, armas y ruido de helicópteros. En los últimos meses, viven en un extraño estado de tensión causado por la presencia de  militares de la Força Nacional, un cuerpo creado por el gobierno federal para actuar en situaciones excepcionales.

El gobierno dice que la Força Nacional es necesaria para garantizar la seguridad de un grupo de técnicos que se encuentran en las comunidades realizando los estudios económicos, sociales y ambientales requeridos por la ley antes de que se pueda construir una presa hidroeléctrica. Biólogos subcontratados se encuentran en Mangabal llevando a cabo la primera fase del estudio de impacto ambiental de la presa de Jatobá, una de las tres grandes presas que el Gobierno planea para el curso del medio y bajo Tapajós. Hace unos meses un grupo indígena del pueblo Munduruku expulsó a otro grupo de biólogos de la comunidad de Amanhana, en el municipio de Jacareacanga, donde estaban llevando a cabo investigaciones similares. Ahora, el gobierno está proporcionando protección militar a todos los investigadores.

Los investigadores trabajan para Concremat, una empresa privada subcontratada por el Grupo de Estudos Tapajós, una unidad constituida por las compañías que forman el consorcio impulsor del Complexo Tapajós. Su expulsión fue un acto de protesta de los Munduruku, que afirman que el gobierno y el consorcio constructor están imponiendo sus planes de manera autoritaria. Como todos los habitantes del Tapajós, los Munduruku de Jacareacanga y los ribeirinhos (habitantes del río) de Mangabal quieren ser escuchados cuando se toman decisiones sobre lo que sucederá en sus tierras ancestrales. De hecho, según la legislación brasileña, el gobierno está obligado a negociar con ellos antes de llevar a cabo los estudios de impacto ambiental, algo que claramente no ha sucedido.

Estas investigaciones previas, una vez completadas, serán en gran medida secretas. Las empresas pueden seleccionar algunas secciones para ser publicadas pero, como uno de los biólogos que conocimos confirmó, los investigadores tienen prohibido divulgar los resultados, interaccionar con la población local o hablar con la prensa. Y los representantes del consorcio se aseguran de que así sea. Todo esto hace que nos preguntemos si las fuerzas armadas presentes en el terreno están protegiendo a los investigadores o si tienen instrucciones adicionales. ¿Qué hay realmente detrás de semejante despliegue militar en una tierra tan pacífica? La información oficial machaca las palabras “desarrollo” y “energía”, y repite como un mantra toda una lista de los beneficios que estos emprendimientos traen a las poblaciones locales. Este discurso de bondades infinitas no deja de contrastar con las ametralladoras y las lanchas rápidas, o con las incursiones nocturnas realizadas en algunas aldeas indígenas. Además, precedentes como las presas del río Madeira, donde dos gigantescas presas están casi finalizadas, o la obra más grande del mundo, la presa de Belo Monte en el río Xingú, ilustran la tremenda distancia entre las promesas de desarrollo y la realidad sobre el terreno.

En Mangabal, acostumbrados a no haber estado nunca en la agenda oficial y cansados de pedir mejoras en la educación, el transporte o la sanidad, la súbita presencia de los lados más agresivos del gobierno y del capital ha trastornado la vida de sus habitantes. Ante la amenaza de las presas, su resistencia se basa en la sabiduría desarrollada en los últimos 140 años de vida en el Tapajós. Son una sola entidad con esas tierras y ese río, dependen por completo de ellos, y por tanto saben que la propuesta del complejo hidroeléctrico significa la destrucción de  su modo de vida, de todo lo que han conocido. Por suerte, un órgano del gobierno acaba de conceder a los habitantes de la comunidad, tras una decena de años de luchas legales, la propiedad de la tierra a través de un Proyecto de Asentamiento Extractivista. Por el momento, y hasta que el gobierno federal tome cartas en el asunto, este asentamiento bloquea el proyecto de, al menos, la presa Jatobá , proyectada apenas a dos kilómetros de donde Odila crió a sus diez hijos.

Pedro nos va contando historias de su vida en el río mientras nos guía jungla adentro en busca de gigantescos árboles o mientras lleva su barca con maestría cruzando los rápidos. Sus ojos se iluminan cada vez que un recodo del camino le trae un recuerdo o una anécdota. De vez en cuando, señala un área con la mano y dice “esto quedará inundado si hacen esa presa”.

 

*Por Guillermo Santamaría y Pablo Vidal, originalmente publicado en Latin America Bureau

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