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Hmong, la diáspora desconocida

lunes 22 de agosto de 2011 La diáspora Hmong es poco conocida, pero eso no la hace menos dolorosa. Víctimas del teatro de la lucha entre Estados Unidos y los procesos comunistas en Asia, los hmong viven un exilio perpetuo. Unos 3.000 lo hacen en dos pequeñas comunidades creadas al efecto en Guayana Francesa. (Vous pouvez lire la version française)

"Es muy difícil luchar contra la cultura francesa dominante: el idioma, la televisión, la escuela..."

Por Paco Gómez Nadal

(Vous pouvez lire la version française ici)

Hay pueblos a los que la historia ha tratado –trata-especialmente mal. A la cabeza llegan rápidamente los kurdos, los palestinos o los saharauis, pero es difícil que en el primer conteo de memoria aparezcan los Hmong. También es posible que la mayoría de los espectadores no se fijaran demasiado en que la familia vecina de Clint Easwood en Gran Torino era hmong, un guiño cinematográfico que hizo existir por unos meses a los 180.000 hmong que viven en Estados Unidos.

Se puede hablar de una diáspora Hmong, un karma que dura décadas por haber caído en la trampa de la CIA en la lucha contra el comunismo en Asia y, desde su original Laos, haber formado un ejército paralelo de hasta 20.000 hombres que terminó haciendo las misiones secretas más arriesgadas durante la guerra de Vietnam. Lo pagaron caro. De los 3 millones de hmong que vivían en Laos antes de 1975, cuando los comunistas tomaron el poder, se calcula que unos 200 mil salieron con vida y tuvieron que pasar un par de años hasta que Estados Unidos, Francia y otros países occidentales ‘responsables’ del entuerto no se hicieron cargo de la mayoría de los supervivientes.

El grueso de los hmong está en Estados Unidos, pero en un punto perdido en el mapa selvático de Suramérica, en la única colonia europea que queda en tierra continental, Guayana Francesa, hay dos pueblos 100% hmong: Cacao y Javouhey.

Siong Txeo René llegó con 11 años a Cacao. Era 1977. “No había nada. Un pequeño embarcadero junto al río y todo lo demás… selva”. Pero no recuerda aquel momento con tristeza sino con la alegría de haber dejado los campos de refugiados en Tailandia, donde su familia llevaba dos años sobreviviendo. Un año después llegó Lynhiavu May Sy, su esposa, y en estas montañas suaves de calor infernal y tierra pobre en nutrientes hicieron una nueva comunidad de la que no quieren salir.

“¿Volver a Laos? Sólo de vacaciones. Es muy peligroso para nosotros, el gobierno comunista paga por que nos envenenen”, cuenta Lynhiavu bajando la voz con cierto rumor de paranoia. Los hmong no son bienvenidos en Laos, es cierto. Y menos desde que en junio de 2007 Estados Unidos detuviera en su territorio al general Vang Pao, furibundo anticomunista y aún un personaje entre los hmong de Cacao. Vang Pao tenía un cargamento de armas y, si los rumores son ciertos, quería impulsar un golpe que sacara al Partido Comunista del poder en Vientiane.

 

La ayuda no es gratis

Vang Pao se fue a Estados Unidos, pero 500 de los hmongs refugiados en Tailandia (la mitad menores de edad) viajaron a Guayana Francesa donde les fueron asignadas las tierras donde ahora está Cacao. Había ciertas condiciones. Francia les daba comida y ayuda para que trabajaran la tierra durante dos años y al cabo de ese tiempo los refugiados debían haber hecho de Cacao una comunidad autosuficiente. A pesar de que sonaba a trampa (las tierras selváticas son poco aptas para el cultivo), los hmong tumbaron árboles, en dos meses hicieron las primeras 50 precarias casas, y se pusieron manos a la obra.

Le Chao fue un personaje clave en esta epopeya local. El que sigue siendo recordado como el primer ingeniero agrónomo hmong, y muy “orgullosamente cercano” al general Vang Pao, ayudó a que esta tierra diera fruto y ahora los hmong son conocidos en Guyana Francesa como los ‘dueños’ del mercado agrícola.

Los buenos resultados hicieron que Francia, poder colonial y ‘tutor’ de los refugiados asiáticos, permitiera poco después (en 1980) a los más jóvenes que replicaran la experiencia de Cacao en Javouhey. Y todavía ahora, los hmong de Guayana esperan que París autorice la creación de un tercer poblado –en Sant Elie- con miembros de su pueblo refugiados en Europa. “Incluso algunos hmong de Estados Unidos han venido por acá ante el rumor de que se levante la nueva comunidad”. Ahora se calcula que son unos 3.000 hmong los que viven en Guayana.

 

Una rareza

Igual que aterrizaron cómo extraterrestres en esta tierra de lanzamientos espaciales, mayoría afrodescendiente y poder blanco, los hmongs siguen siendo una rareza. El transporte público no entra a Cacao, a pesar de estar a sólo 12 kilómetros pavimentados de la única carretera principal de Guayana Francesa. Sólo algunos inmigrantes brasileños han penetrado en su mundo para hacer trabajos agrícolas o mecánicos. Pero ellos sí han salido. Y les ha hecho daño.

“Los mejores estudiantes se van a la metrópoli. Allí suelen terminar sus carreras y… no suelen volver”. Siong Txeo René sabe que su cultura agoniza en este trópico francés. No le quiere poner fecha de defunción, pero no cree que aguante dos generaciones más. “Tratamos de hablar en hmong con los hijos en la casa, y les contamos de la guerra, de los campos de refugiados, del sufrimiento de nuestro pueblo, pero es muy difícil luchar contra la cultura francesa dominante: el idioma, la televisión, la escuela…”.

Los pocos turistas que recalan por Cacao lo hacen, precisamente, buscando la excepción cultural. En Cayena, la capital, les llaman los “laosianos” (paradoja para un pueblo maldito en Laos) o los mongos. Los ven los martes cuando ocupan el espacio del mercado público para vender cítricos, verduras y algunas frutas a precio de Guayana Francesa, es decir: caras. A las 3 de la tarde, la carretera que une Cayena con Cacao se convierte en una tour de furgonetas hmong de regreso a casa. La mayoría de la producción agrícola de este territorio donde no se produce casi nada es cosa de hmongs y sólo algunas comunidades chinas de la zona costera compiten con el cultivo de arroz.

Estos exiliados a eternidad mantienen los rasgos físicos y en el Loto de Asia, el pequeño y amable restaurante de Sionx Txeo y Ly en Cacao, la mujer se empeña en vender joyería y vestidos tradicionales Hmong, que chocan con la occidentalidad de los maniquís que los portan y con el resto del entorno. Ly asegura que sigue cosiendo los vestidos, más que para venderlos, para utilizarlos en la gran fiesta de su pueblo: el año nuevo. “Claro, que ahora tenemos dos años nuevos”. Todo tiene su explicación. El año nuevo hmong siempre acontece en diciembre en función de los juegos de la luna, pero ese mes, en Guayana Francesa, es de los más lluviosos. Por eso, los hmong católicos y protestantes decidieron adelantar la celebración a octubre. Sin embargo, las 10 familias animistas que quedan en la comunidad, guardianas de la tradición y de las costumbres ancestrales, siguen bailando el nuevo año bajo la lluvia de diciembre.

Poco más parece que ocurra en Cacao, aunque la hija menor de Siong Txeo y de Lynhiavu May explica en un español de colegio que ella disfruta de la naturaleza y de los bailes que se organizan en el desproporcionado espacio cubierto que el Gobierno colonial francés inauguró en 2010. Lo demás: casas grandes llenas de aperos de trabajo agrícola, flores tropicales bien cuidadas, espacio para un mercado al que vienen a comprar intermediarios, una planta para tratamientos de agua y dos unidades escolares, una preescolar y otra para enseñanza primaria y secundaria obligatoria. Los murales de los más pequeños son, quizá el resumen de esta rareza, de esta anomalía de la historia: campos trabajados por hmongs, hombres tumbando selva, pero con tanques de guerra a la vista, un avión comercial sobrevolando y un marco de flores exóticas. Conforme crezcan, los recuerdos heredados se difuminarán en su adoptada francofonía.

La sensación en Cacao, además de la extrema tranquilidad y la brutal naturaleza que la rodea, es de un lugar sin jóvenes. Muchos niños y muchos adultos por encima de los 40, pero poco adolescente. “Sólo siguen trabajando en la tierra los que son malos en la escuela”. La comunidad vive, como en toda la colonia, en la dicotomía: mantienen sus autoridades tradicionales (que no son legales), sigue casando a sus hijas a los 14 años (algo a lo que Francia hace la vista gorda y después legaliza), pero está bajo las leyes francesas, tienen pasaporte europeo y los que han nacido aquí sueñan con París y no con Vientiane

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