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Crónicas Wayuu

La cuestión de la sal para los Wayuu

jueves 02 de mayo de 2013 Un condimento antiguo, un polvillo blanco, procesado y refinado... La sal; en el pasado, moneda de cambio; hoy, fuente de ingresos para muchas familias wayuu de la costa atlántica colombiana. Siempre hubo sal, los tatarabuelos también se dedicaron a ella. ¿Fue la industrialización del proceso y la exportación a gran escala la que lo empeoró todo o quizás la que hizo prosperar al municipio, Manaure?

Luis, en las salinas

Luis, en las salinas Blanca Diego

Por Blanca Diego

Manaure es una pequeña localidad wayuu situada en la costa oeste de La Guajira, la península ancestral de este pueblo. Hoy es tierra compartida por Colombia y Venezuela, y aunque la mayoría de su población continúa siendo wayuu, la presencia de otras latitudes es histórica: mestizos, añú, afrodescendientes, árabes, descendientes de europeos...

Rodeada por el mar Caribe y acribillada por el sol los 365 días al año, Manaure es un paraíso de sal.

Salinas Marítimas de Manaure - SAMA Ltda. es una explotación mitad artesanal, mitad industrial y sus décadas de explotación representan la historia del desarrollismo basado en la exportación sin la atención a las poblaciones locales. Hoy es un ejemplo en América Latina de como los pueblos deciden su destino, sea este el que sea. 

Para  algunos wayuu, Salinas de Manaure SAMA es la concreción del derecho de los pueblos indígenas a la explotación de las riquezas naturales que hay en su suelo; para otras personas, SAMA es una vieja gloria que, cuando cayó en manos wayuu, se evaporó.

Pero no es solamente Manaure, también El Pájaro, Bahía Honda, Bahía Portete y Hondita son un mar de sal. El potencial que tiene la costa oeste de La Guajira se cuenta por toneladas de sal esperando a ser explotadas y exportadas... La pregunta es ¿Por quién? 

Ahhhh la sal. ¡Hay unas salinas tan grandes hasta Bahía Honda! Si organizaran eso… Esas salinas son una riqueza. Entonces vendrían aquí y sería una vida feliz. Después que haya trabajo aquí viene la gente pero ahora se está quedando solo. Todos estos muchachos que se marcharon pa’ Venezuela, graduados de doctores, ingenieros, oficinistas… Pero hoy está desolado esto.

El viejo Gabriel, del clan Uriana, autoridad tradicional de la comunidad wayuu Pusheo, lleva toda su vida Guajira arriba Guajira abajo, Colombia-Venezuela ida y vuelta cuantas veces el dinero, el alcohol y las mujeres lo llamaran. Su esposa actual ronda los cincuenta y tienen dos hijos en común, del resto ni quiere recordar, ni hablar. Agradece  profundamente a los evangélicos que lo apartaron del trago y por eso hoy les atribuye toda su moralina y su explicación del origen del mundo. Es el Pastor de la comunidad y tiene capilla propia. 

- ¿Usted cuantos años tiene?

"Cuando yo nací no había capuchinos ni iglesia esto era puro monte, puro wayuu indígena, aquí no se hablaba castellano. El bautizo era en Riohacha porque aquí el dios de los indios era la luna… Cuando pasaba un eclipse por abajo decía ¡Manayai! Y todos cogían sus rifles y pa pa pa, con palos, calderos… ¡Suéltame Padre! y así era el dios porque decía que lo tenían preso pero era un eclipse de luna... y así era el tiempo de nosotros".

Roberto condujo el vehículo desde Uribia, la capital indígena de Colombia, hasta Pusheo, en la Alta Guajira, al noroeste de la península. Son dos días, atravesando las salinas no explotadas de Bahía Honda, para llegar a la ranchería del viejo Uriana. Roberto conoce este desierto de arena y mar como la palma de su mano, sus orígenes están aquí, volcados hacia el Caribe. Y conoce al viejo Uriana. No son familiares pero se reconocen.

Uriana es un anciano muy respetado y muy odiado porque en el pueblo Wayuu quien se forma como palabrero -intermediario que resuelve conflictos entre clanes- no hay medias tintas. Roberto calcula que el viejo Uriana debe rondar los 85 años, “sino más”.

"Mi padre escribió en un cuaderno las fechas de nacimiento de todos sus hijos, tenía bastantes, todos nacimos en el monte, pero un día se quemó el rancho y ahí se perdió todo". Uriana, su clan, es uno de los más importantes en La Guajira, la venezolana y la colombiana porque para los Wayuu no hay frontera que valga. El clan es la familia, el apellido, el prestigio. El apellido se hereda de la madre, esta cultura es matrilineal. Ya lo dice La Pocha, otra vieja sabia wayuu de 82 años que vive en el corazón de la Baja Guajira, Guarero, en el lado venezolano: “Si yo salgo preñada, mi familia ve mi cuerpo y me ven parir; en cambio ¿el hombre cómo da fe de que su señora no le ha sido infiel y que el hijo no es suyo?”.

Antes de la despedida, Gabriel Uriana dice: “la sal… ese podría ser un buen proyecto”, y se queda parado en el umbral de su ranchería aislada, abrazando a Roberto porque está muy contento de haber recibido su visita.

El viento se ha levantado en el camino de regreso de Pusheo hacia el sur, por la costa, hasta el Cabo de la Vela, Jepira para el pueblo Wayuu, el lugar sagrado donde descansan las almas, es la última muerte. La arena se convierte en neblina, Roberto, maneja a 20 km/hora.

Roberto Fajardo milita en el partido socialista. Wayuu del lado colombiano; rebelde, vocinglero, entusiasta, peleón y conductor ducho. Reduce la velocidad y avanza tan despacio como si marchara por la cordillera atravesando una espesura. Cuenta que hace 22 años, el estado colombiano reconoció derechos de explotación y procesamiento de la sal a la comunidad wayuu del Municipio de Manaure por su vinculación centenaria con esta actividad. Y así, en 2004, se constituyó la Sociedad de Salinas Marítimas de Manaure - SAMA LTDA-. Las propietarias de la operación son varias asociaciones locales wayuu y la alcaldía. Roberto fue uno de los fundadores de la nueva empresa wayuu.

Frente a este campo de sal es mejor cegar los ojos para poder seguir mirando. Crisol guajiro. Con los cultivos de sal llegan los flamencos. La sal blanca, el azul mar caribe, el verde empantanado, los flamencos rosados y rojos, el espejo en la charca llena de sal reverberando todos los colores. ¿Es un espejismo, es el sol reflejándose?

Sal Guajira sal

Recoge Adolfo Meisel Roca en La Guajira y el mito de las regalías redentoras, febrero, 2007: "La Guajira tiene unas condiciones óptimas para la producción de sal marina: mucha luminosidad, pocas lluvias y vientos casi todo el año. En la década de 1940 se inició la producción industrial en las salinas de Manaure con el Banco de la República. Antes de esa época toda la recolección era manual. La producción de sal en Manaure tuvo un gran auge desde 1967, cuando se inauguró la planta de soda, Álcalis, en Cartagena, que requería sal marina como insumo. Desde 1969 se enviaban por barco un total de 700.000 toneladas de sal. Las salinas de Manaure llegaron a producir alrededor de un millón de toneladas al año. En 1993, se cerró la planta de Álcalis y la producción de Manaure cayó a un 50%".

Manaure. Cinco de la tarde. Frente a este campo de sal es mejor cegar los ojos para poder seguir mirando. Crisol guajiro. Con los cultivos de sal llegan los flamencos. La sal blanca, el azul mar caribe, el verde empantanado, los flamencos rosados y rojos, el espejo en la charca llena de sal reverberando todos los colores. ¿Es un espejismo, es el sol reflejándose? Es un caleidoscopio cegador y horizontal. Es la belleza plana de La Guajira en el municipio Manaure, el gran centro de producción de sal, un pueblito que recibe algunos turistas al año atraídos por las salinas y los flamencos.

El padre de Roberto Fajardo trabajó en las salinas, fue de los primeros, y unas décadas más tarde, Roberto encabeza el movimiento local wayuu que hace de las salinas de Manaure una cooperativa. Las críticas a este proceso de traspaso han llovido desde entonces.

-¿Cuál es la historia de las salinas de Manaure?

 

"La defensa por los derechos de la sal comienza a finales de los 60. Cuando yo nací mi papa ya trabajaba en la empresa, trabajó como operador de maquinaria, con los bulldozer. Mi papá construía molinos y jagüeyes (piscinas naturales de agua lluvia) en Puerto Estrella, en Nazareth, en todo el norte de la Guajira, cuando lo pasaron a las minas de sal a trabajar. O sea somos hijos de los que construyeron las salinas.

"Entonces comienza la pelea de los primeros trabajadores contra el Banco de la República comandados por el wayuu Bayoneta, que formó una revuelta contra esa administración de las salinas, eso apareció en El Espectador y El Heraldo de la época ‘Wayuu se rebelan, Bayoneta los dirige’.

"Luego viene la época de las charcas paralelas porque como el monopolio lo tenía el Estado, los wayuu comienzan a construir charcas en la orilla del mar, lucha que lidera un wayuu hoy anciano, Rosario Epieyu, que aún vive en la entrada de Manaure.

"Y luego llega la época de los que éramos hijos de aquellos trabajadores. Es el momento del acuerdo en el año 91, que resulta en la Ley Sama. Por la Ley Sama los wayuu son dueños de los territorios y de la explotación, fabricación e industrialización y venta de la sal. Los activos deben ser manejados por los indígenas".

 

La sal se obtiene por evaporación solar. Primero se bombea agua de mar y cuando se obtiene el espesor idóneo, se inicia la recolección en forma manual y mecánica. SAMA tiene hoy entre 150 y 130 empleados directos que producen el 70% de la sal que consume Colombia.

- ¿Cuánta producción se exporta?

"No creo que esté exportando, lo que tiene alcanza solo para el consumo interno".

- ¿Quieres decir que es una producción artesanal?

"No, es industrial".

- ¿Cuántas familias se benefician de la explotación y venta de la sal?

"En Manaure hay entre 40.000 y 45.000 habitantes y todos viven en torno a la sal; ¡porque es que todo es sal! El mar produce sal. Hay pensionados y un Fondo de Bienestar Social y Desarrollo. Los ingresos de la alcaldía entran por sal y gas".

- Además, la sal es un recurso inagotable...

"Sí y es la mejor que hay, no tiene contaminación".

 

Al salir del pueblo en dirección oeste, se llega a las charcas donde se realiza la recolección manual, donde cada persona o familia recoge la sal de una cata o charca gigante. Es una producción cercana a las 60.000 toneladas al año.

Son las cinco de la tarde y allí está, solo, pala en mano: torso desnudo, grueso, moreno y probablemente salado. Pelo corto negro, pantalón arremangado por las pantorrillas, pies ajados, descalzos, porque meter zapatos en sal es un sinsentido. Ya tiene la sal “arrumada” en montones, ahora la está recogiendo a paladas y depositándola en una carretilla. Un camión se la llevará más tarde y él cobrará por su trabajo. 

- Hola, ¿te queda mucho para terminar?  

"Hola -levanta la vista fija en la pala y sonríe ampliamente- tengo que recoger esos tres montones más de sal".

- ¿Y por qué no hay mucha gente trabajando?

"Aquí cada uno viene cuando quiere, cada uno tiene asignada su parcela y recoge cuando quiere".

- ¿Y tú?

A Luis se le encuentra todas las mañanas en esta zona artesanal a partir de las 6:30 hasta mediodía y después de nuevo desde las tres o cuatro de la tarde: “según como vaya en el restaurante”. Es decir, Luis tiene dos trabajos diarios: recoger sal y ser camarero en el único restaurante de la playa de Manaure. 

-¿Y da plata la sal?

"Por una montaña de esas me dan unos 80.000 pesos (44 dólares). Para llegar a tener esa montaña debo trabajar varios días".

Son las seis y el sol empieza a caerse, en breve se le verá estrellarse contra el horizonte por completo, como en muchas otras partes de La Guajira. Por el camino de arena, frente a la cata donde Luis trabaja, acaba de pasar un camión lleno de sacos vacíos.

-¿Y ese?

"Ese camión viene todos los días a cargar nuestra sal, puede cargar hasta 200 kilos.     En media hora cargan el camión y ale pa’ Maicao o Riohacha".

Unos segundos más tarde, desfilan pala en mano un grupo de cuatro hombres, los que  cargan los sacos llenos de sal al camión. Es una cadena de trabajo artesanal.

-¿Y cuando llueve qué haces? Porque la sal…

"Claro ni hay, se estropea toda. Queda el Restaurante".

 

Un par de kilómetros más allá de las charcas artesanales, trabajan las máquinas, los bulldozer y las palas gigantes; es un área de 206 hectáreas que corresponde a los cristalizadores y tiene una producción promedio de 450.000 toneladas al año. Esta sal se transporta en barcos. 

Además de las familias que recogen artesanalmente y del trabajo industrial, hay un tercer grupo dedicado a la sal, son unas 200 familias que trabajan en charcas paralelas al mar, donde recogen una sal que contiene mucho magnesio y potasio y sirve para consumo animal. Son las familias asocias en Asocharma.

Muchas más personas en Manaure hacen su vida con sal: compran a pie de mina, venden en sus comercios pequeñas cantidades; otros la transportan en sus vehículos particulares para vender allende Manaure. 

Weildler Guerra, del clan Uriana, antropólogo y director del Observatorio del Caribe Colombiano, entre otras muchas tareas, dice que el pueblo wayuu funciona en redes de solidaridad consanguíneas, “la unidad política llega al nivel de la consanguineidad, más allá hay prestigio, reciprocidad pero no obligaciones permanentes”. Con este argumento explica “el fracaso de las Salinas de Manaure”, en su opinión, un golazo que le metieron los gobiernos neoliberales de Gaviria y Samper al pueblo de Manaure.

[César Augusto Gaviria fue presidente de Colombia de 1990-1994, le siguió Ernesto Samper, de 1994-1998].

- Salinas de Manaure ¿Cómo calificas esta experiencia colectiva?

"Desgastante. Me parece que el Estado colombiano les vendió un cuento a los Wayuu. Manaure tenía una potencialidad de más de millón de toneladas. Colombia consumía 200 mil, el resto se exportaba, ¡de Manaure salían barcos a todo el mundo! Así que cómo desmotar eso sin que el pueblo wayuu protestara, ofreciéndole una participación del 25%. El wayuu cambió todos los beneficios reales y tangibles por una expectativa que hoy no se ha cumplido. Ahora que ya son propietarios al 100% anda a ver lo que hay de salinas de Manaure ¡Da dolor! La infraestructura que costaba miles de mil de pesos se deterioró, el puerto… ¡Míralo ahora! Era un emporio de modernidad".

- ¿Por qué entrega el gobierno una empresa que daba beneficios?

"Es el advenimiento del neoliberalismo que propugnaba un estado más pequeño. Y ellos estaban viendo las grandes posibilidades de la importación de sal. Así que les dice: ‘a ustedes les queda esto’ ¡Ah belleza, hágale! Ahora tengo dos años que no voy a Manaure, que no sé cómo van, pero Colombia importa sal. Total que Manaure perdió su importancia económica en el país a cambio de un espejismo".

La crítica de Weildler no es de salón porque al igual que Roberto estuvo cerca del proceso. Desde ideologías y perspectivas totalmente radicales, Weildler y Roberto buscan en el presente rescatar lo mejor de la identidad de la llamada Gran Nación Wayuu"Yo lo dije y se volvieron contra mi… con otros también que decíamos no perdamos esto, pensemos antes…".

- ¿Había alguna opción intermedia?

"Lo que entendíamos era desconfiar del Estado porque quería deshacerse de una responsabilidad. No era fácil porque había un trabajo mecanizado y un trabajo manual… El gobierno lo sabía… era un drama".

"Como en Bolivia y Venezuela que los pobres están mandando, pues aquí los wayuu estamos mandando"

Para Weildler la solución pasaba por dotar a Manaure del ciclo completo de explotación de la sal, desde su recolección hasta el procesamiento industrial de sus múltiples derivados, “y ahí sí, subsidiar con eso la explotación manual y tener valor agregado… Ese era el camino”.

Pero para Roberto la única opción era ser propietarios sin acabar con el trabajo artesanal.

Hay camiones que transportan sal de Manaure a los molinos de Uribia y Maicao y están asociados en Cotrasoma, los han querido acabar pero llevan 50 años transportando sal en camiones de 10 toneladas. Si se mete un privado, monta 10 mulas y hacen lo que hacen cien camiones, ¿qué va a pasar? Esto debe             seguir creando alternativas de trabajo, tú no puedes desaparecer cien camioneros y ya, porque sí.

 

Recuerde… la sal podría ser un buen proyecto

Weildler recuerda que en Manaure no se ha evaporado el potencial de un millón de toneladas de sal y que en Bahía Honda son cuatro millones de toneladas. "Los franceses han hecho estudios pero no sería manual, sino con un puerto al pie". 

- Roberto, en tu opinión, SAMA ¿es una experiencia positiva?

"Positiva, positiva, con errores pero positiva. Somos el único pueblo indígena en Latinoamérica que es dueño de su propia empresa, a pesar de que hay mucha gente que dice ‘son ladrones’. No, somos dueños. Es como en Bolivia y Venezuela que los pobres están mandando, pues aquí los wayuu estamos mandandoYa lo decía desde su ranchería el viejo Gabriel Uriana, que tiene muchos años y olfato para el dinero: '¡Hay unas salinas tan grandes hasta Bahía Honda! Esas salinas son una            riqueza. Entonces vendrían aquí y sería una vida feliz".

Pero es probable que el desarrollo local que desea el viejo Uriana no tenga lugar con la llegada de una empresa extractora de la sal, aunque diera empleo a los locales, dejase regalías y tuviera un departamento de Responsabilidad Social Corporativa. Las experiencias negativas de extracción y salvataje de recursos de La Guajira ya han tenido eco y el pueblo no las desconoce.

El propio Uriana tiene dos hijos afectados por El Cerrejón, una de las minas a cielo abierto de extracción de carbón más grandes del mundo. La empresa multinacional El Cerrejón Limited (perteneciente en tres partes iguales a BHP Billiton, Anglo American y Xstrata de Suiza) está embarcada en una serie de consultas previas en los resguardos indígenas donde vive el pueblo Wayuu y que están en el área de influencia de la mina; las consultas van desde el desvío de un río hasta el desplazamiento de una comunidad.

"Tiene que haber una consulta previa, ahora me he dado cuenta. Antes, aquí ha llegado la gente y le decían a uno ponga el dedo allá y no uno sin entender… ¿Y esto pa' qué es? Uno sin entender nada. Hoy ya sé, tengo el libro sobre consulta previa".

 - ¿Y aquí, a su territorio, han llegado compañías, empresas?

"Aquí han venido… y querían comprar la playa, no sé gente de por allá lejos, y como yo soy autoridad vienen para decirme 'vendan esto".

- ¿Qué quiere decir que es usted autoridad tradicional?

"Que yo sigo amando el territorio de mis claniles, de mis antepasados, que soy sucesor de ellos y tengo que cuidar el terreno, decir 'mire esto me pertenece y usted no puede sobrepasar mi mando, debe consultar conmigo, vamos a reunirnos a tener una asamblea para decidir'. Porque nosotros ya tenemos conocimiento, no era como antes".

- Y donde vive su hijo, en Media Luna, ¿por qué entregaron el terreno al Cerrejón?

"¿Qué hicieron? Vendieron su cementerio hace 30 años cuando llegó la compañía y ahora están apuraos porque no tienen tierra. Del lado donde vive el hijo mío, puro gallinero, no hay nada, no hay luz, ayer estaban sin agua. ¿Que quién tiene la culpa? La comunidad que vendió, compraron carro, vendieron cementerio... ¡Ale tome su plata y puro promesas! Y esas promesas no se cumplieron nunca". 

- ¿A qué dedica usted el día, qué hace?

"¿Yo?, a dormir, leer libros, tengo muchas biblias, a comprender. Y recuerde la sal… ese podría ser un buen proyecto".

Podría ser un buen proyecto. La cuestión es que quienes asuman el control de la explotación de las minas de sal consoliden un modelo de empresa donde la salud y la economía de las familias wayuu no se evaporen como la sal que recogen a paladas. 

 

[Crónicas Wayuu es un recorrido por el territorio ancestral de uno de los pueblos originarios de América más olvidado y polémico. Crónicas Wayuu es una serie de nueve reportajes sobre el pueblo Wayuu y su territorio, la península de La Guajira, una de las fronteras entre Venezuela y Colombia más violenta y caliente del momento. 

Este trabajo es una producción de LolaMora Producciones con el apoyo de Fundación Friedrich Ebert y su proyecto FES COMUNICACIÓN AMÉRICA LATINA. Los textos y fotografías son de Blanca Diego Vicente. La edición de imágenes es de Carolina Arias y María Inés Armesto.]

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