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Cayena

El alma de la ciudad desalmada

martes 16 de agosto de 2011 Llegar a una ciudad desconocida por la noche provoca un doble aterrizaje. El primero es el real, el de la llegada ensoñiscada, el del despiste y la ansiedad. El segundo, al amanecer, contiene otra escenografía muy diferente.

Casi todo duerme en Cayene. El puerto pesquero, indolente.

Casi todo duerme en Cayene. El puerto pesquero, indolente. PGN

Por Paco Gómez Nadal

Acá, en Cayena, la poderosa luz matinal me ha puesto en órbita en un instante. Tenía previsto madrugar para evitar al máximo el calor intenso del mediodía y, además, porque, si quiero seguir viaje en tiempo, mi primera cita era burocrática.

Cuando se viaja sin agencia, hay que tener ciertas previsiones. Especialmente si se van a cruzar las fronteras por tierra y no en el cómodo trajín de los aeropuertos. Por eso, aunque lo que me apetecía era tirarme a caminar Cayena y descubrir su alma, el primer destino ha sido el consulado de Suriname. Lo he identificado fácilmente porque era el único lugar con aglomeración humana a las 7 y media de la mañana.

Si algunos 'autores' escriben libros sobre países basados en sus conversaciones con los taxistas -hay más de los que piensan-, les recomiendo que se pasen por un consulado a donde acuden personas de toda nacionalidad y pelaje con intención de entrar a un país perdido en el mapa y complejo al infinito.

He 'perdido' (invertido dirían los gurús del positivismo) cuatro horas y media en lograr pagar 42 euros y dejar mi pasaporte con la promesa de tenerlo de vuelta con un visado de Surinam el jueves. Me temía lo peor por los comentarios en internet de los mochileros, pero excepto por el calor y por el tiempo, la gente del consulado ha sido muy amable y el trámite muy fácil si se ha tomado la previsión de traer fotos de carnet recientes. Durante el tiempo de espera, y gracias a que a las 8 y media ya tenía un número -altísimo- para la atención, he aprovechado para hacer pequeñas excursiones urbanas y tener las primeras conversas de este viaje.

Una lección: después de vivir unos meses en España, mi cuerpo se había olvidado de la humedad de estas latitudes. Así que el reencuentro con el clima tropical me ha expirmido el sudor y el aliento. Agunas conclusiones: Cayene es un sitio muy, pero que muy extraño. Siendo afro, en un buen porcentaje, y marítimo, no se escucha música en sus calles, lo que me parece un exotismo imprevisto. Los vehículos paran por lo general en los pasos de cebra, y no hay aglomeraciones humanas ni mototaxis. La mitad del cuadriculado centro de la ciudad está tomada por oficinas gubernamentales. Eso parece tener una explicación: "Aquí la mayoría vive de lo que envia París: o se trabaja para el gobierno o se vive de dar servicios a los que trabajan para el Gobierno". Andrè, un afro acuerpado y joven, me habla en la mezcla de portugués, inglés y francés con la que me apaño por estas tierras (¡por qué no aprovehé las clases de francés hace 20 años!). La dependencia de Guahana es extrema. Solo un dato: el 25% del PIB proviene directamente del Centro Aeroespacial que la Unión Europea instaló acá.

Puede ser esto lo que haga tan extraño al lugar. Desiré, una dominicana que vivió aquí durante años y que también trabajo en España un tiempo (qué difícil es buscarse la vida para los que no forman parte de los privilegiados), habla pestes. Dice que la gente de Guayana Francesa no tiene aspiraciones, ni identidad, ni nada que hacer. Pongo todo lo que me cuenta en barbecho porque, por supuesto, considera a Dominicana como el paraíso terrenal y no ve los problemas propios con la misa óptica refinada con la que juzga los de Guayana francesa, pero seguro que algo de verdad tiene (como todos).

Lo que sí es cierto es que se nota que estoy en una colonia. Nunca antes había estado en un terrirorio que formalmente dependiera de una metrópoli. Y empiezo a ver señales de ello por todas partes. Por ejemplo, la Prefectura se empeña en instalar en tres o cuatro puntos de la ciudad esos elegantes baños públicos con monedas que salpican París y que acá parecen ovnis innecesarios. Pero, al mismo tiempo, en cuanto uno camina lejos del centro, las casas se convierten en chabolas y la ciudad es atravesada por una quebrada maloliente que completa el matiz de decadencia. Hay tienda de Yves Roché y cientos (sin exagerar), cientos de tiendas de chinos, de ropa importada y de plásticos, pero sólo he logrado encontrar dos tienditas con productos locales. Espero poner orden en esa visión mañana en la mañana cuando vaya a desayunar al mercado.

Es extraña esta ciudad, pero algo esconde y tocará buscarlo. Debe tener alma, aunque se pueda sentir a cada paso que la colonialidad, más profunda que el colonialismo, ha hecho todo lo posible para dejarla 'desalmada'.

 

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