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Tierras Bajas

El negocio de contaminar o visita de campo a la economía verde

viernes 20 de julio de 2012 Antes de salir de la cuenca del Paraguay-Paraná, hacemos la última parada para conocer el Pantanal paraguayo y a sus gentes. De la visita a la Estación Biológica Tres Gigantes, uno de los ejemplos de como las organizaciones conservacionistas participan del dudoso el negocio de la “protección del medio ambiente” [con la economía verde hemos topado].

Imagen del Río Negro

Imagen del Río Negro PGdC

Por Pedro González del Campo

La última parada de la ruta dentro de territorio paraguayo es para conocer el confín norteño del país sobre el río Paraguay: el pueblo de Bahía Negra y su entorno chaqueño-pantanaleño. Es nuestro último tramo en el Aquidabán, de nuevo con tiempo sur y algo más desahogado de gente, lo cual nos hace encontrar un sitio para dormir más sencillo en el barco que los bahianegrenses odian y aman por igual, al ser el medio por el que reciben insumos y por el que salen incómodamente cada vez que quieren llegar a otra parte del país en esta larga época de lluvias.

Lo primero que hacemos al descender del barco es encontrarnos con Damián, quien nos dirigirá al cabo de poco tiempo a la Estación Biológica Tres Gigantes, a unos 40 kilómetros al norte sobre el río Negro, la frontera natural que divide el país con Bolivia. Damián y su equipo de trabajo son el personal contratado por Guyrá Paraguay, una ONG conservacionista que es propietaria del terreno en el que se encuentra nuestro destino y que en definitiva se trata de un alojamiento turístico de elevado coste, tanto en estancia como en transporte, y donde de vez en cuando se realizan algunos estudios de fauna y flora de la región. Nuestro cometido es conocer el río Negro y la naturaleza del lugar, algo imposible para nuestros bolsillos si no fuese intercambiando con Guyrá un censo completo del entorno de las especies de aves por nuestra estadía en Tres Gigantes.

Los Yshir, durante milenios, hicieron uso del territorio de una forma sostenible, respetando los periodos de caza y pesca, sacando la madera de manera inteligente, consumiendo frutos y cultivando en pequeñas chacras para su sustento

La naturaleza no decepciona y en apenas 5 días de trabajo son 113 las especies de aves avistadas en los recorridos que hacemos a pie y a lo largo del río remando con el kayak. Además, la naturaleza nos regala la oportunidad de observar el mono aullador (Alouatta caraya), el mono tití (Callicebus pallescens), la nutria gigante (Pteronura brasiliensis) o el Yacaré negro (Caiman yacare). Ni que decir del presente de la espectacularidad de los paisajes que conforman el río, sus sonidos, amaneceres, puestas de sol y noches estrelladas. Un placer solo interrumpido a ciertas horas por los mosquitos, que pueden perseguirte en verdaderas nubes durante las horas clave. En lugares como este, uno puede tender a pensar que el ser humano nunca puso un pie en ellos para que hayan llegado así hasta nuestros días, y que la única solución pasa por la conservación en manos privadas.

Nada más lejos de la realidad. Esta parte del río Negro hasta Cerrito Jara es territorio ancestral de los Yshir, quienes durante milenios hicieron uso de él de una forma sostenible, respetando los periodos de caza y pesca de las diferentes especies, sacando la madera de manera inteligente para las necesidades que requerían, consumiendo frutos y cultivando en pequeñas chacras para su sustento. Este uso responsable, ese conocimiento de la naturaleza, es lo que hizo que estos días pudiésemos disfrutar de las huellas del yaguareté o jaguar (Panthera onca) y otros depredadores en los caminos que recorrimos. Ahora está en manos privadas aunque conservacionistas, tras la compra de los terrenos a un terrateniente paraguayo con el apoyo de inversionistas extranjeros de dudosa intención (en muchos casos se tratan de empresas que hacen negocios terriblemente dañinos para el medio ambiente en otros puntos del planeta).

Surgieron como setas empresas y organizaciones que se apuntaron al carro de estos bonos salvadores del oxígeno planetario, para compensar lo que otros destruyen.

No dudamos de la buena intención de las personas que trabajan en Guyrá Paraguay como amantes de la naturaleza -nosotros lo somos también-. De su buen trabajo en el campo de la investigación. Ni qué decir acerca del maravilloso personal bahianegrense que nos encontramos trabajando en Tres Gigantes -Damián, Alexis, Inés y Ede-. Lo que creemos un engaño es la manera en la que actúan algunas organizaciones conservacionistas, apropiándose a base de talonario de extensas regiones de las que se enriquecen por los aportes a programas de conservación, haciendo promesas de trabajo incumplidas a las comunidades locales, firmando acuerdos de adquisición de territorios para la conservación que misteriosamente pasan años después a manos de inversionistas ganaderos o agricultores extranjeros o mirando para otro lado en cuestiones más graves ecológicamente en el propio territorio.

El comercio del CO2

Uno de los casos más escandalosos de comercio con la conservación, es el de las compensaciones de emisiones de CO2 o los famosos bonos de carbono. Este negocio inventado tras la firma del Protocolo de Kyoto en 1997, consiste en que si un país de los firmantes sobrepasa su tasa permitida de emisión de CO2, puede solucionarlo por el módico precio de 12 euros de promedio por tonelada. Así surgieron como setas empresas y organizaciones que se apuntaron al carro de estos bonos salvadores del oxígeno planetario, para compensar lo que otros destruyen.

Lo triste es que esos bonos sirven para conservar bosques que ya están conservados, es decir que no aportan ninguna novedad al planeta. Además lo hacen en muchos casos en territorios titulados a los pueblos originarios, con quienes llegan a acuerdos de no explotación de la zona que desde milenios ha sido conservada en perfectas condiciones. Esto es a cambio de promesas de dinero que resultan pírricas dentro de los montos que se mueven en el jugoso mercado del carbono, no llegando nunca a destino o transformando el modo de vida de comunidades. Y cómo no, dando vía libre a dichos gobiernos y empresas a la destrucción ilimitada del medio en otros puntos del planeta, e incluso dentro del propio Paraguay.

El discurso conservacionista está en manos peligrosas desde hace años y sus beneficios son muy importantes.

En la comunidad Yshir vecina de Bahía Negra, Guyrá Paraguay llegó recientemente a un acuerdo con ellos y con la Empresa de Logística Marítima Swire Pacific Offshore de Singapur (SPO) -una compañía líder proveedora de servicios a la industria petrolera costera y la industria del gas-, para realizar un proyecto al que llaman “Proyecto de Conservación de Bosques del Paraguay”, y cuyo objetivo -según dicen- es:

[…] proteger bosque suficiente demostrablemente amenazado de deforestación para prevenir la emisión de 840.000 tCO2e (expresados como Unidades Voluntarias de Carbono o VCUs, por sus siglas en inglés) a la atmósfera por un período de 20 años, con un presupuesto máximo de US$ 7 millones. En este contexto, la protección de la cobertura boscosa de la región Chaco-Pantanal contribuye a esa meta.

Suena bien, pero la realidad es que la supuesta “inversión” se hace sobre los terrenos titulados a la comunidad indígena. O lo que es lo mismo: nada que proteger, ya que, apenas hay unas decenas que se usan para cultivo, ganadería de subsistencia y la extracción de madera, lo cual no está haciendo que exista ese peligro de deforestación del que se habla. Se ofrece un dinero fácil, en este caso en el proyecto que abarca 4.745 has, se habla de 1 US$/ha/año año durante 20 años “para acciones que beneficien a la Comunidad Yshir, de acuerdo a sus prioridades”, y dejan que la naturaleza haga su trabajo. El monto final del proyecto es de US$ 7 millones, y los Yshir, que son quienes cuidan del bosque, recibirán en esos 20 años US$ 94.900 en metálico o en acciones que les beneficienHay 6.905.100 US$ que se quedan por el camino por contaminar de más. Rentabilidad total.

Como indican Tejido de Comunicación ACIN  en “El mercado del carbono, o el engaño de moda:

[…] El truco consiste en que ellos siguen contaminando y para justificar el daño ofrecen una cantidad de dinero a los países o a las comunidades que tienen muchos bosques. Nos dicen que nos van a pagar por tener bosques, pero en realidad lo que hacen es pagar por el derecho a seguir contaminando y aumentar sus ganancias. La plata que ofrecen por el negocio viene siendo una chichigua, una mínima cantidad, porque la mayor parte se queda en los intermediarios y los dueños del negocio. Las comunidades terminan en la última parte de la cadena o en la puerta del edificio para que les tiren un hueso, mientras que las grandes empresas o las bolsas de valores del mundo se quedan con la mayor ganancia en el piso más alto del edificio. La gente que recibe el hueso termina, en su propia tierra, como esclava de los que le tiran el hueso del piso más alto y, al mismo tiempo, como cómplice de la contaminación y de su propia destrucción […]

La naturaleza en este rincón de Paraguay es un espectáculo impresionante. Es un hecho que los territorios titulados a indígenas se conservan en muy buenas condiciones. Aquellos que han perdido muchos de sus valores naturales, por no decir todos, son con los cuales se ha comerciado sin tener en cuenta a las comunidades locales desde el principio. El mercado del carbono engaña a todos, a los consumidores que piensan que están del lado de los buenos que hacen su compensación de carbono, y a las comunidades que creen que tendrán beneficios económicos por no hacer nada. El discurso conservacionista está en manos peligrosas desde hace años y sus beneficios son muy importantes.

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