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Honduras

El paraíso violento

miércoles 26 de octubre de 2011 Los resistentes de Honduras lo hacen contra todo. La mayoría vive entre la indolencia y el miedo, controlada por los poderes tradicionales y el narco. La Ruta sigue y tomo el camino hacia Guatemala y Belice... la herida que me deja Honduras tardará en cicatrizar.

Por Victor Alejandro Mojica Páez

Me despido de Honduras sin poder entenderlos. Podría decirles que el país se levantará de las recientes inundaciones, que la cuota de poder del estado continuará en disputa por los dos partidos que gobiernan el país, los Liberales y Nacionales, o “los rojos y azules”. La resistencia está muy atomizada como para lograr una victoria frente a los poderes tradicionales y la gente hondureña, mucha de ella, mantendrá un silencio como el que han sostenido hasta hoy con estos temas.

Muchos se levantarán por la mañana, escucharán los noticiarios repletos de asesinatos, de políticos sin palabras, irán a su trabajo (formal o informal) y regresarán a su casa con la esperanza que un milagro cambie todo. Que Dios no les mande un huracán porque están “resguardados”. Se opondrán al Halloween, criticarán la “inmadurez” de los mareros, sin siquiera consultarse su responsabilidad en el tema, bailarán con Polache cada vez que quieran olvidarse de su entorno, y seguramente disfrutarán, como siempre lo hacen, de los paisajes maravillosos de este pedazo de tierra y seguirán llamando expresidente al títere golpista Roberto Michelleti.

La élite seguirá siendo élite, invirtiendo en centros comerciales, en lujo, retratándose en revistas ofensivas para la pobreza que campea, jugando el mismo papel de “dominio” tras el telón, impidiendo cualquier avance importante en el futuro de su país. Los políticos con discurso no tendrán cabida, el proyecto educacional seguirá como está -perfeccionando la pobreza-, y, seguramente, en las calles dormirán niños y adultos que se refugian del frío oliendo pegamento para zapatos. Su historia la escribirán las Fuerzas Armadas y el narcotráfico. Los defensores de la vida, como los periodistas, tendrán más riesgos que en el pasado, por no decir que otro tanto más terminará asesinado.  

En Honduras, los cambios los hacen unos cuantos, aquellos que dejaron la ceguera a un lado, o sencillamente se cansaron, como los ciudadanos de Samboo Creek o los artistas que todavía sueñan en reducidas galerías con un país más justo, o sus dirigentes sociales que enarbolan causas que suenan a fantasías, pero con las que siguen luchando sin amilanarse pese al costo que conlleva en países como éste hablar de derechos. En esta Honduras que he recorrido no hay espacio para la reflexión ni para la indignación.  Aquí se sobrevive todos los días, no importa cómo. Algunos, los más solidarios se protegen en redes; los otros, la gran mayoría, se protegen ellos individualmente, aunque esa protección “tenga cara de perro”, como me han dicho.

No puedo decir más nada que esto y confesarles que aquí los atardeceres son tan mágicos que convierten el pesimismo en un halo de esperanza.  Que lástima que sean tan cortos e impredecibles, y que no puedan, también, cambiar la dura realidad política, económica y social del país...

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