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Honduras

El sanatorio de las maras

martes 20 de diciembre de 2011 El país más violento de Centroamérica es hoy Honduras. Viajamos hasta allá para conocer cómo están librando la batalla contra el terror, más allá de las políticas criminales y de represión, y conocimos el proyecto Victoria. El resultado: una crónica que transita entre el amor y el odio, entre la esperanza y el pesimismo.

Por Víctor Alejandro Mojica Páez

“Súbete atrás, chico”, me solicita Mario Fumero al tiempo que se corre hacia adelante del four wheel.  “Apúrate, que están trabajando”.

Acabo de subir caminando una loma con unas curvas dramáticas, y el corazón se me quiere salir del pecho. En el camino topé militares, policías, pinos, cigarrillos.

“Usted como que no hace ejercicio. ¿Cuántos años tienes?”. “Ahora le digo. Estoy muerto”.

Mario anda a toda máquina en la moto. Para no caerme, me sujeto con una mano a la parrilla trasera. En la otra llevo la cámara con su estuche. El recorrido no toma mucho tiempo.

“¿Ves aquí?”, comenta Mario. No me deja contestar. “Este es el taller de trabajo. Bájate y toma rápido las fotos”. El taller: maderas, sillas, clavos, serruchos, mareros jóvenes y no tan jóvenes.  “¡Ya!”, grita, “ya voy”.   

Seguimos. “Aquí está el laboratorio de cómputo. Las computadoras están un poco viejas, pero sirven todavía. ¿Ves allá?”. Casas bonitas, pequeñas, coloridas, con ropa secando en tendederos. “Sí, claro”. “Allí duermen. Los menores, en un lado; del otro, los adultos”.   

Hace frío esta mañana. Mario lleva un abrigo de los Yankees, unas chancletas Crocs y una barba de varios días. Yo, una camisa que uso mucho y un paquete de cigarros que tengo prohibido sacar.

El viaje es intenso, para no decir incómodo. Pasamos charcos, pasamos puentes de madera. Me lleva a un gallinero, me enseña a los criadores de las gallinas. La moto sigue su curso. Bajamos a toda velocidad. El aire se pone más frío. Señala otra casita: “Es para los castigos”.

Son las once y media pasaditas. Algunos jóvenes cortan con machetes un extenso lote con la hierba crecida. “Esos ya pasaron sus pruebas. Está prohibido que tengan armas como estas, porque se pueden volar la cabeza”.

Vamos a la porqueriza, me pide que le tome fotos a los puerquitos que parió la puerca. Me monta en la moto. Nos desplazamos rápido. Me enseña la biblioteca (está cerrada), los cultivos (están secos), el campo de juegos, el gimnasio y, por último, me lleva al comedor. No han pasado ni quince minutos desde que nos conocimos. Estoy agitado todavía. Pero ya conocí el proyecto, su proyecto Victoria, que sirve ahora para sanar mareros, pero que antes funcionaba para ayudar tan solo a adictos.

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Honduras ostenta en este momento un título que le perteneció a Colombia y a varios países africanos: es el país más violento del mundo. Un título que nadie quiere, porque afecta todo. Entiéndase por todo: todo. Las razones son muchas y ninguna tiene una salida fácil a la vista.

Dos ejemplos: es el segundo país con más asesinatos de periodistas, después de México; llevan 16 en los últimos 14 meses. Y es el país con más crímenes por cada 100 000 habitantes (89); las organizaciones de derechos humanos estiman en casi 200 los asesinatos con tintes políticos durante el gobierno de Porfirio Lobo. Todos impunes, como en la época terrible de los 80.

En 1999, la Unidad de Prevención de Pandillas contabilizó un total nacional de 25.940 miembros de maras. En 2000 ya eran 31.164. En 2002 subió a 36.000 miembros activos y 70.500 simpatizantes, con 475 organizaciones a nivel nacional.

Hoy, los números se calculan en muchos miles más, pero no existe un registro oficial. La prensa calcula y el pueblo repite que 5 de cada 10 jóvenes son pandilleros. El problema radica en que Honduras es un país eminentemente joven, con una población total que en el año 2007 superaba los 7 millones de habitantes, de los cuales el 67.3 % son menores de 30 años y, de estos, el 54 % son jóvenes entre 12 y 30 años de edad, según la Organización de los Estados Americanos, OEA. O sea, están jodidos.

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―¿Quién eres?

―Me llamo Juan*. Vine aquí cuando toqué fondo. No tenía salida, o me recuperaba o me moría. No había un deseo de cambio, no creía en mí, creía que había nacido para ser un delincuente, un drogadicto, un pandillero.

Juan era un líder de la mara Salvatrucha (MS) en su barrio, que no mencionaremos.  Ser un líder de la MS significa muchas cosas: matas, entierras, sufres, mueres en vida. Tiene 27 años, y empezó, como suele ocurrir en Honduras, cuando tenía como 8. Su papá se había marchado a Estados Unidos a buscar el sueño americano y su madre se involucró en otra relación, con otros hijos, donde él no tenía cabida.

― ¿Cuándo decidiste que no podías más?

― Cuando mis amigos me dieron vueltas. Mis amigos se volvieron mis enemigos y querían matarme. Yo les dije que me hacía a un lado, pero ellos me advirtieron que no se podía. Tenía muchos conflictos, mi vida estaba en un hilo. No tenía vida.

Eso fue hace 4 años, a sus 23. No tuvo niñez, no tuvo adolescencia, no tuvo juguetes. Se drogaba con pegamento de zapatos, con crack, con cocaína, con hierbas. Tenía una UZI y un ejército de matones entrenando. La mara, que era su familia, donde había encontrado similitudes (hijos de drogadictos, hijos de violadores, hijos de pandilleros, hijos de hogares desintegrados), ya no era la familia que deseaba y, peor aún, ya no podía escapar de ella.

― ¿Y cómo fue que saliste?

― Tenía cuatro días detenido. Estaba con unos policías. No era que me hubieran detenido y llevado a una prisión, sino que me tenían en un cuarto, donde me golpeaban, me torturaban, me tenían encerrado en una habitación como de dos metros. Me tiraban gases. Me sacaban desmayado. Ellos me fueron a tirar a unas cañeras. Allá, más muerto que vivo, amarrado, encapuchado, me iban a matar. Pero los vecinos del lugar se dieron cuenta e hicieron unos disparos al aire y me dejaron allí tirado.

Me dice que le escuchó a Dios esto: “ya es tiempo de que cambies”. Los vecinos le quitaron la capucha y le cortaron los cables que sujetaban sus manos y pies. Había pasado varios días guindado como las reses en las carnicerías, mientras los policías lo sometían. Necesitó semanas para su recuperación. Casi no vuelve a caminar.

― ¿Y a cuántas personas mataste?

― Hum... (silencio largo). Es... (otro silencio largo), bueno, es..., lo que podría decir es... que hice mucho daño.  

Ahora Juan no puede regresar a su barrio, tampoco visitar a sus familiares. Ya no tiene pinta de mara. Se borró todos los tatuajes. Parece un hijo de clase media. Vive aquí, en el proyecto Victoria.

En su tiempo libre acude a la escuela para recuperar los años que perdió mientras estaba en la MS. Tiene una mejor vida. Ya lleva cuatro años en este lugar, pero, siempre hay un pero: es casi un fantasma social, alguien que no existe, que no puede dejar ningún rastro de existencia: fotos, firmas, amistades, salidas.

― ¿Qué tan grave es el problema? 

― No te puedo decir. Es imposible medirlo.

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El estado hondureño ha decidido combatir el problema con represión y no con rehabilitación. Desde que el fenómeno marero llegó exportado de Estados Unidos en la década de los 80, las políticas públicas han sido muy claras: asesinatos selectivos y prisión para menores. Se pueden contar con los dedos de las manos los proyectos de resocialización.

Honduras tiene suficientes problemas sociales como para pensar en invertir en estos jóvenes. Al menos, así piensan sus dirigentes. Tienen un 80% de la población viviendo en la pobreza, un 63% de ella en pobreza extrema. El desempleo se estima en más de 2 millones de habitantes, y últimamente los fenómenos naturales (aderezados por los fenómenos humanos) están destruyendo comunidades enteras. 

A ello se añade su política, que es tan inestable como la vida de estos jóvenes. En el informe más reciente del “estado de la región” se advirtió que el país sufre un riesgo enorme de convertirse en un “estado fallido”, y sus indicadores económicos tampoco ayudan. 

Honduras es muy peligroso. Allí el delito queda impune. Y es precisamente este escenario de terror el que aprovechan estas organizaciones criminales para asentar sus operaciones. Están dispersas por todo el país y, según los comerciantes, los mareros bajan de las colonias, asentamientos pobres donde viven, los 13 y los 21 de cada mes para azotar las ciudades con sus impuestos de guerra. 

Durante mi visita al país, los medios de comunicación filtraron una carta de la embajada de Estados Unidos que alertaba a aquellos de sus ciudadanos que viajaran a Honduras a que tomaran muchas precauciones. Unos días antes, en el aeropuerto de San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante del país, un comando armado uniformado de supuestos policías masacró a 5 personas en la puerta de salida. Frente a todos los viajeros.

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Esto empezó en 1977. Mario Fumero compró esta finca y fundó lo que hoy se llama proyecto Victoria. Acababa de abandonar la revolución cubana, decepcionado con el rumbo que tomaba la isla y el asesinato de Camilo Cienfuegos. Llegó con su esposa a ayudar y compartir sus principios cristianos a los más afectados de los hondureños, centrándose inicialmente en alcohólicos y drogadictos.

El proyecto Victoria ya tiene dos extensiones, una en Tegucigalpa, en una zona muy pobre, de nombre Zecate, y otro en San Pedro Sula, mucho más pequeño. Aquí llegan quienes tocan fondo y no tienen salida. Ahora, mareros, más que todo, con antecedentes muy cruentos, que están más muertos que vivos. 

“El proceso es por etapas. En el nivel 5, no pueden tener visitas, no pueden tener contacto con nadie durante el primer mes. Es un periodo de adaptación. Después pasan al nivel 4 y pueden recibir una visita. Después, en el nivel 3, tienen derecho a una salida. En el nivel 2 se les permiten dos salidas y, en el nivel 1, además de las salidas se les ocupa internamente”.

Es un proceso de unos 6 meses, que puede llegar a extenderse por años, si es  necesario, como el caso de Juan*. Actualmente, hay 54 jóvenes de todo el país. Todos le llaman “tío”, y todos tienen una esperanza a prueba de balas. Ellos mismos crían los animales que les sirven de alimento, reconstruyen sus viviendas, hacen las paces interiormente y juegan al fútbol casi a diario. Unos tienen ocho años, otros tienen más de treinta.

Cuando los ves de cerca, lucen tan inocentes que es casi imposible adivinar su pasado. “Esto es voluntario, no puedes entrar por la fuerza”, me explica Mario en la casa donde vive, donde tiene fotos con Zelaya, con Lobo y con Maduro, que a su juicio es el mejor presidente que ha tenido Honduras en la etapa reciente. 

El proyecto se guía por normas autoritarias porque “el toro se tiene que tomar por los cuernos”. No se puede tener dinero, hacerlo se castiga con soledad, y en su lugar circula una moneda del proyecto. Y todos saben claramente que para tener derechos deben tener deberes. Mario dice que allí radica la clave de su éxito: “Aquí hay leyes demasiado humanistas, han desarmado a los padres. Eso de los derechos del niño es el disparate más grande”.

Lo cierto es que esto no sale gratis y sobrellevarlo tiene costos que no se pueden afrontar con tranquilidad. No todos los laboratorios operan (el de soldadura está cancelado), han reducido la participación de sicólogos a medio tiempo. Los familiares tienen que pagar una cuota diaria de 3.75 dólares para contribuir a su existencia, y el gobierno ha reducido su cooperación de un 60 a un 10%. Esto lo entiende Mario, más o menos, pero cuando los recursos se agotan “pego el grito al cielo y siempre alguien ayuda”.

Es una batalla pírrica, lastimosamente. Se gana, pero se pierde mucho. De cada diez jóvenes que entran, solamente dos sobreviven. Unos desertan, otros regresan a la calle, y lo más común es que cuando se reinsertan a la sociedad terminen muertos, porque las maras no perdonan a los desertores. Sus palabras suenan a veneno, porque he conocido a casi todos los muchachos, a los 54 que actualmente quieren salir adelante. Me reí con ellos, me pidieron consejos, y me dijeron que Panamá juega muy bien al fútbol.

Lo que duele es que, si sus palabras son ciertas, muy pocos de ellos vivirán para contarlo. El resto tiene un futuro tan incierto como el de su país. Ellos lo saben, al parecer, pero no se amilanan, porque la oportunidad de mejorar ya se les cumplió.

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