Donar

Otramérica es posible gracias a tu aporte solidario

Choques étnicos

La herencia envenenada del imperialismo

sábado 03 de septiembre de 2011 La historia marca el presente, aunque los presentes sepamos tan poco de historia. Los choques étnicos en Guayana son fruto de las semillas podridas del imperialismo británico y consecuencia de una historia de exclusión.

Por Paco Gómez Nadal

Odiarse es fácil. Odiar al otro, más. El Otro siempre es peor, más idiota, más violento, más egoísta que nosotros. Aunque, en realidad, ese Otro sólo sea nuestra imagen en el espejo de la mañana.

En Guayana la historia reciente, desde la independencia –en realidad desde mucho antes-, es la del enfrentamiento entre los denominados criollos (afrodescendientes) y la inmensa comunidad de indios (tanto hindúes como musulmanes). Hay racismo y hay prejuicios de profundas raíces. ¿Por qué este odio entre similares? ¿Por qué cuando ambos fueron traídos a la fuerza y explotados por el mismo enemigo colonial? ¿Por qué se repite el modelo de otros lugares de la región donde el choque es entre afrodescendientes e indígenas?

La historia lo explica casi todo. Los indios llegan a esta parte del mundo a  trabajar en arrozales y plantaciones de azúcar para sustituir a los esclavos tras la abolición del vergonzoso comercio de carne. Llegan, en teoría, por voluntad propia, tras firmar un contrato, pero confirmar esa tesis sería tanto como decir que un inmigrante latinoamericano o africano que trabaja en los campos españoles o italianos lo hace porque le apetece.

El odio comienza ahí. Los procedentes de la India, que aceptan la migración ante la pobreza brutal que sufren en la otra colonia, trabajan por poco en unas condiciones muy similares a las de los anteriores esclavos, que ya liberados, están dispuestos a volver a las plantaciones pero en condiciones dignas. Los ingleses, en todo caso, no permitieron que esos indios fueran a las escuelas hasta bien pasada la Segunda Guerra Mundial, los aislaron en poblaciones hechas ad hoc para que no tuvieran contacto con los afrodescendientes y alimentaron entre los indios una imagen de los liberados cercana a la animalización (eso llevó a muchos de los hindúes a catalogar a los afro en una de las castas más bajas por su ‘falta de pureza’).

Mientras, entre los afrodescendientes se instaló la idea de que los indios hacían cualquier cosa por plata y que eran violentos y egoístas.

Hoy, 150 años después, los prejuicios son similares y el choque ha pasado del terreno individual al político. Es difícil entender este país si no se profundiza en estas diferencias. Así, Georgetown, la capital, es una ciudad fundamentalmente de afrodescendientes que, una vez liberados de la esclavitud, no querían saber nada del campo y buscaron los trabajos urbanos y los puestos en la administración de la nueva República. El interior, la riqueza rural, está en manos de los descendientes de aquellos primeros trabajadores indios que, como si no hubiera pasado el tiempo, guardan con celosa insistencia las constantes culturales, como si no hubiera trasvase (que lo hay), como si el tiempo estuviera congelado (aunque acá la temperatura y la realidad lo derrita todo).

La herencia envenenada del imperialismo es, hoy, tan patente como el asalto a las riquezas de este país (petróleo, minería…) que vuelven a practicar los nuevos representantes del capital (antes dueños de plantaciones, ahora ejecutivos de empresas multinacionales). Lugares como Guayana, Trinidad y Tobago o Jamaica financiaron la Revolución Industrial inglesa (eso no aparece en los libros de texto), el Caribe, en general, fue el granero y el germen de la riqueza española, francesa, británica u holandesa. Hoy son rincones olvidados donde solo se viene a seguir explotando o a tomar el sol en un resort todo incluido.

 

Ir arriba

¿Qué puedes hacer en Otramérica?

×