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Resistencias

La pequeña e imprescindible historia del señor Pamari

jueves 01 de septiembre de 2011 La pequeña historia de la vida vale poco para el capital. Cuando se trata de explotar los recursos naturales y hacer negocio, las pequeñas historias, como la de Edgar Pamari, pesan muy poco. Son éstas, las batallas mínimas, las que relatan la batalla entre las diversas formas de entender la vida.

Por Paco Gómez Nadal

Nieuw Aurora está arriba del río Surinam, un lugar remoto elegido por los antecesores de Edgar Pamari para protegerse de los colonizadores holandeses que los habían traído de África como esclavos para trabajar en las plantaciones.

Nieuw Aurora estaba demasiado lejos para que el señor Pamari pudiera garantizar el sustento de sus padres, su esposa, y sus 11 hijos. Por eso, allá por 1960 decidió moverse hacia un lugar más accesible. Trabajó cerca del kilómetro 140 de la carretera que discurre paralela al río Surinam desde la capital sacando madera. Y ese lugar le pareció bueno para cultivar. Para vivir.

Así eran (son) las cosas en Surinam y en buena parte de Suramérica: vasta extensiones de terreno si ocupar que han sido vividas por la gente. En algunas partes de Suramérica y Centroamérica se reconoce esa vida y existe una forma de propiedad llamada ‘derecho posesorio’. Es decir, la tierra para quien la vive. En Surinam no es así y por eso los casi 60 años de vida del señor Pamari en su pequeñísima casa tradicional valen de poco.

En 2008, Jaydiespersad Nankoe, dueño de una concesión de cantera distante algunos kilómetros de la carretera principal, decidió que era mejor procesar la piedra justo al lado del terreno del señor Pamari. Para ser más exactos: en la zona de cultivo de Edgar Pamari.

A partir de ahí empezó el calvario. Las máquinas comenzaron a empujar la montaña, la arena comenzó a tapar el riachuelo que daba agua y riego a Pamari, los cultivos comenzaron  a ser escombros y la vida de este cimarrón se volvió insufrible.

Pamari, que tiene ahora 70 años, vive de una pequeña pensión por los últimos años trabajados en el mantenimiento de la carretera. Unos 400 dólares de Surinam que equivalen a 120 dólares de Estados Unidos y hasta que llegó la cantera de Nankoe, aguantaba porque él cultivaba su comida y tenía el agua de la quebrada. Ahora no alcanza para comprar agua embotellada y comida en la ciudad.

La batalla del señor Pamari es desigual. La organización de derechos humanos Moiwna le está ayudando, pero la ley no reconoce a tenencia tradicional de la tierra y el gobernador del distrito está del lado de la empresa. El Departamento de Minería del Estado ha reconocido que la empresa está trabajando, al menos, 400 metros fuera de la concesión. 400 metros que para Pamari son toda la vida, el espacio junto a la quebrada donde cultivaba y de donde bebía.

El problema con el derecho sobre la tierra de este hombre es el mismo que tienen, en general, indígenas y cimarrones (maroons) en Surinam. Hasta hace unos años, éste no era un problema porque nadie estaba interesado en las zonas donde habitan. Pero, ahora, la fiebre de la minería los ha convertido en personas non gratas en su propio territorio.

La sentencia de la Corte Interamericana sobre el caso de los maroons de Saramacca (grupo del que forma parte Pamari) da la razón los pueblos originarios y a los afrodescendientes, pero los sucesivos gobiernos no se han dado mucha prisa (ninguna) por poner en práctica los consejos de la Corte.

¿Hasta cuando luchará Edgar Pamari? "Hasta el final... no puedo hacer otra cosa, es mi casa, es mi lugar, no se me ocurre qué otra cosa puedo hacer que pelear y resistir".

En los próximos días publicaremos la forma en la que se puede ayudar al señor Pamari, enviando correos electrónicos a las instituciones de Guayana para que, al menos, este hombre invisible para su propio Estado comience a existir.

 

 

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