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Honduras

Los garífunas resisten a los 'inversores'

martes 25 de octubre de 2011 Los garífuna hablan: "hinsieñeguti hamua". Los garífunas repiten: "tierras codiciadas". Son palabras que se repiten en este pueblo ubicado en el golfo de Honduras llamada Samboo Creek. Tal como hace dos siglos atrás, los Garífunas enfrentan una nueva amenaza, ahora con rostro de turismo de lujo.

Por Víctor Alejandro Mojica Páez

Samboo Creek la fundó Valerio. Era un Garinagu que buscaba un lugar para su familia. Tenía que ser fértil y alejado de las persecuciones cotidianas que sufrían en las islas vecinas al golfo de Honduras donde se habían asentado hasta que los ingleses llegaron a sacarlos con armas y despojarlos de sus tierras.

Valerio caminó por mucho tiempo hasta que llegó a este lugar y se enamoró de sus playas. Aquí conoció a un poblador Miskito, que, según la leyenda, se entusiasmó con su llegada, al punto que decidieron ponerle el nombre de Samboo Creek, por el pelo y el color de la piel de Valerio.  Eso fue hace unos 160 años, y hoy día, Samboo Creek ya tiene unos 7 mil habitantes.

Samboo Creek es una de las 53 aldeas Garífunas que sobreviven en Honduras de este pueblo regado también por otros países de Centroamérica, incluyendo Guatemala. Son originarios de África y llegaron como esclavos a la Isla de San Vicente, donde fueron sometidos a enormes jornadas de servidumbre y por último obligados a migrar en el siglo XVIII. Para su dicha, esta migración incluyó las zonas de Honduras más preciosas de la región, y cuentan, pese a su pobreza feroz, con un sistema comunitario de vida que les ha permitido resistir el flagelo de la violencia que azota el país.

Este miércoles llegué a Samboo Creek. Es un viaje corto, que se puede realizar en taxi desde La Ceiba, y no tarda más de 15 minutos en carretera abierta. La población es casi en su totalidad afrodescendiente, aunque estos comparten espacios con ladinos (criollos).  Son pescadores artesanales y atienden a turistas, pero su mayor ingreso llega de remesas de Estados Unidos que envían los hijos de la comunidad que buscaron otra vida en ese país. Las casas son de barro y cemento, estructuras muy artesanales que alojan a numerosos niños. El lugar, pese a su pobreza, era una maravilla para todos hasta que empezó nuevamente la codicia de tierras.

Desde hace un par de años la zona es un foco de atención permanente de inversionistas del turismo.  Saben muy bien que el área es un paraíso y hacen lo imposible para tomarse sus tierras. Se las compran engañándolos o, si no, con el apoyo de políticas del Estado que fomentan la 'inversión' en estas áreas. De hecho, según me informaron sus pobladores, su territorio cada vez es más reducido.

La Organización  Fraternal Negro Hondureña (OFRANEH) es quien los defiende. Investiga los casos que conocen de ventas de tierra ilegal (estas tierras tienen títulos comunitarios), los lleva a los tribunales y, en el mejor de los casos, logra condenas importantes. Los han apoyado con una radio comunitaria para que la población se entere de lo que pasa en su país y estén alertas ante las amenazas de inversionistas inescrupulosos, capacita a los pescadores artesanales y lucha para que su lengua nativa (Garinagu) no se pierda.

Es una lucha muy símbolica que se ha extendido a todas las comunidades que están siendo acosadas.  Este miércoles, un "poblador empresario" de la zona, me confesó que su mayor problema es que “no están listos para el sistema”. Son muy pobres materialmente y escasos de educación occidental. Se han organizado en redes sociales para evitar el flagelo de la violencia, para mantener sus tradiciones y evitar que el turismo de lujo se tome toda la comunidad, pero la ambición es mayor. He escuchado que en los hoteles cercanos no los dejan hablar su lengua, que los usan para fomentar el turismo de Honduras, pero son marginados, que elementos mareros han intentado involucrar a la comunidad en sus delitos, que tienen campañas internas para evitar que los niños terminen siendo alcoholicos, y que fueron los primeros en llegar y que serán los últimos en salir, aunque les duela a muchos inversionistas...  

Este miércoles he conocido otro rostro digno, en medio del caos, que resiste como puede, aunque sea con un viejo balón de fútbol a orillas del mar...

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