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Honduras

Los Indignados de Intibucá: Salvador Zúñiga

domingo 16 de octubre de 2011 Ser un dirigente social en Intibucá, La Esperanza, es algo parecido a un atentado suicida. Viven bajo el constante asedio y cuando éste cesa pueden estar muertos.

Salvador Zúñiga y su nieta en su casa en La Esperanza

Salvador Zúñiga y su nieta en su casa en La Esperanza

Por Víctor Alejandro Mojica Páez

Para llegar a la casa de Salvador Zúñiga, uno de los principales dirigentes del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), hay que atravesar un portón de hierro con apariencia de cárcel. Es una protección para amedrentar a los agresores, aunque funciona muy poco realmente. Ya se la han metido como en 3 ocasiones a su residencia, le han hurgado todo, y se han marchado con una estela de amenazas. Así es su vida.

Zúñiga fue uno de los primeros que acudió el 18 de mayo del año pasado (2010) a la comunidad Los Quebrachitos para confirmar la noticia más cruenta de la organización: Olayo Hernández Sorto, otro dirigente del COPINH, había sido ejecutado por un grupo de sicarios encapuchados. Tenía 3 disparos. Uno en la pierna, otro en el abdomen, y uno mortal en la nuca. El cuerpo además presentaba heridas de arma blanca, como cortadas de un “machete”. Era la amenaza más directa que recibían por apoyar el Frente de Resistencia Popular que se oponía al golpe de Estado contra Mel Zelaya.

Olayo tenía 37 años, cinco hijos y una esposa muy valiente, que se fue ese mismo día a un juzgado cercano a denunciar el caso (el juzgado nunca acudió al lugar de los hechos por temor). Las versiones más claras establecen que el dirigente recibió una llamada a eso de las 6 de la tarde y fue emboscado saliendo de su casa en Llano Grande, Colomoncagua. Este caso fue incluido entre las numerosas desapariciones reportadas a la Comisión de la Verdad.

Tenía 3 disparos. Uno en la pierna, otro en el abdomen, y uno mortal en la nuca. El cuerpo además presentaba heridas de arma blanca, como cortadas de un “machete”. Era la amenaza más directa que recibían por apoyar el Frente de Resistencia Popular que se oponía al golpe de estado contra Mel Zelaya.

Zúñiga sostiene que este grupo de asesinos encapuchados lo secuestró de su humilde vivienda y lo llevó al territorio boscoso donde lo silenciaron para siempre. Zúñiga me comenta el crimen con una tranquilidad que atemoriza, quizás por la costumbre de lidiar cotidianamente con la intolerancia.

Desde que forma parte del COPINH, ésta es su vida. Al poder establecido le incomoda que esta organización, con más de 42 mil familias apoyando, defienda la naturaleza, eduque a sus ciudadanos, conforme municipios indígenas de naturaleza colectiva, pulgue contra-información en radios alternativas comunitarias o detenga, en el mejor de los casos, los proyectos de desarrollo energético, como la represa hidroeléctrica, El Tigre, valorado en más de 3 mil millones de dólares. Este proyecto está ubicado en la frontera con El Salvador y prometía “unos mil megavatios de energía diaria y agua saludable”, según las autoridades.

Nuestro problema más grande es la aplicación del capitalismo salvaje, que tiene su base en la explotación brutal de los recursos naturales”, me comenta en su casa.  Zúñiga tiene 46 años y vive con su hija y su nieta.

Empezó muy temprano esto del activismo, antes que se fundara el COPINH, por allá en 1993. Y no ha parado de trabajar en la defensa de las comunidades indígenas y la defensa ambiental desde entonces. Esto le ha conllevado arrestos y muchas amenazas, pero continua, porque “es nuestro compromiso de luchar por la vida. Si no vamos a perderlo todo”.

Honduras tiene indicadores terribles. Más del 60% de la población viviendo en extrema pobreza (sin agua, sin electricidad, sin servicios sanitarios), casi un cuarto de su población total (más de 8 millones) es analfabeta. Conviven con altas tasas de mortalidad materna y un incremento sustancial en femicidios por años. De allí el surgimiento de movimientos sociales a lo largo y ancho del país con figuras como Salvador Zúñiga.

“Estamos en peligro”.  Según el dirigente, la persecución no se ha detenido desde el golpe de junio de 2009. El país está polarizado, entre quienes apoyan el gobierno de Porfirio Lobo, y quienes lo ven como un presidente de facto. Estos últimos, son los que más problemas afrontan.  “Hay una oligarquía agresiva, con una tendencia clara a la militarización”…  A esto habría que añadir el silencio de los medios, la lucha contra el narcotráfico que fomenta violaciones de todo tipo. 

Más del 60% de la población vive en extrema pobreza (sin agua, sin electricidad, sin servicios sanitarios), casi un cuarto de su población (más de 8 millones) es analfabeta. Conviven con altas tasas de mortalidad materna y un incremento sustancial en femicidios.

Ellos lo han experimentado en carne propia y con sangre como fue el caso de Olayo. A la radio comunitaria de La Esperanza han intentado cerrarla con descargas eléctricas y amenazas de bombas. El asedio es continuo, y según Zúñiga, es sólo el inicio de una etapa de “agudización de la represión contra los movimientos sociales”.

No le teme a la muerte y muchos menos a la represión.  

Me confirma que seguirá apoyando la “refundación” del Estado hondureño, que a su juicio, solo puede lograrse con una “asamblea constituyente incluyente” y un cambio en el modelo económico que impulsa el país “que está caducado y en su nivel más agresivo”. 

Mientras tanto convivirá con las amenazas, con el conocimiento a priori de que una desaparición en Honduras, es una desaparición más, y que ni Olayo, ni los otros miembros de la resistencia popular acribillados, torturados y masacrados con el golpe recibirán justicia por sus crímenes.  Eso lo sabe muy bien Zúñiga, pero le vale... 

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