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Honduras

Los Indignados de Intibucá

sábado 15 de octubre de 2011 A unos 300 kilómetros de Tegucigalpa, Honduras, unos indignados invisibles defienden a sus comunidades de la ambición capital. Aquí llegamos para conocer los rostros de la dignidad.

Por Victor Alejandro Mojica Páez

Llueve. Llueve como casi todos los días. Lodo, piedras, miseria, turismo. Todo revuelto. Aquí llegamos después de unas 6 horas de viaje desde la capital de Honduras, Tegucigalpa. Es el occidente, es un municipio que paradójicamente se llama La Esperanza, donde no se comenten los delitos que observé en el periódico esta mañana (23 muertos tan sólo el viernes). Aquí no es así, la violencia no se esconde en escopetas y narcos, tiene carácter privado.

Este sábado me recibió un indignado de Intibucá, uno invisible, que nada tiene que ver con la ola mundial de ciudadanos que protestan en plazas públicas. Pelea por otros, sin medios, o con los suyos. Llegó a esta comunidad, hace unos 4 meses, huyendo de la miseria que lo vio nacer y, ahora, a sus 21 años, es encargado de la comunicación de una de las organizaciones con mayor beligerancia de la zona.
Me explica que el problema son represas, hidroeléctricas, que justifican su existencia con la explotación de los municipios más pobres de la zona. Se han instalado acá por la abundancia de recursos naturales que mantienen y él, así como la organización que representa, están moviendo cielo y tierra para que se les respete.
Este Honduras ni se escucha, ni se conoce, es invisible al mundo occidental. Y aquí, donde parece que la tierra lo es todo, es donde ocurren las violaciones menos éticas.
No son políticos, ni ambientalistas famosos, pero su lecho, o su techo, donde esta tarde ha llegado una familia sin ningún tipo de recursos a buscar alojamiento, no deja de recibir amenazas de bombas y muerte. 
Este Honduras ni se escucha, ni se conoce, es invisible al mundo occidental. Y aquí, donde parece que la tierra lo es todo, es donde ocurren las violaciones menos éticas. Porque los recursos naturales, aunque parezcan de ellos, están vendiéndose a capitales sin pudor.
Lo que no saben, o rehúsan saber, es que estos indignados, que se alimentan de café y pan, tienen casi dos décadas de existencia.  Y aunque no siempre ganan, siempre continuan...   (mañana los acompañaremos a los lugares en conflicto).

 

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