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Minería

Míster Woudman o lo difícil que es pelear contra el dinero

sábado 27 de agosto de 2011 Si quieres saber cómo se arranca el oro de la tierra en un campamento de mineros ilegales... ven con Ruta Otramérica y descubre la historia de Niew Koffekamp, una comunidad cimarrón que quedó atrapada en una concesión minera de 17.000 hectáreas.

Por Paco Gómez Nadal

Míster Woudman tiene 89 años y una piel ya resquebrajada y pegada a los huesos como si pudiera romperse en cualquier momento. Está entero: razona y habla con claridad, conoce su historia, cuenta su historia.

Míster Woudman sabe lo que es sobrevivir. Es descendiente de los Aluku, uno de los seis grupos de maroons (cimarrones) que escaparon de la esclavitud antes de que la abolición fuera una tema de debate y que en las selvas de Surinam supieron mantener viva África y mantenerse vivos ellos. Como Aluku habla una mezcla –para mi incomprensible- de Taki-Taki (la lengua maroon), términos africanos y algo de holandés. Si su gente sobrevivió a la esclavitud, él lo hizo a la represa de Affobaka, que creo el inmenso lago Blommestein para solaz de los turistas y para la generación eléctrica que alimenta a una gran explotación minera cerca de Brokopondo. Todo el mundo salió ganando, excepto miles de maroons que vieron como sus comunidades eran anegadas al cerrar la represa y tuvieron que migrar de forma obligatoria a otras zonas.

200 de los vecinos de míster Woudman, y él mismo, dejaron su comunidad, Koffekamp, y fundaron Nieuw Koffekamp. Eso fue en 1969 y a vida tomaba otra vez aliento a pesar de lo que aquí llaman “transmigración”. Pero en el año 2000 la compañía multinacional IAM Gold consiguió una concesión de explotación del Gobierno de Surinam en la Mina Rosabel, un lugar donde el oro no es novedad desde mitad del siglo XIX. Desde la capital le dieron a IAM Gold 170 kilómetros cuadrados (17.000 hectáreas) de concesión pero se olvidaron de que en medio quedaba Niew Koffekamp. O no lo olvidaron, pero les importó poco.

 

Una isla rodeada por una mina

Un vecino de la comunidad nos cuenta que, en ese momento, este lugar del mundo en medio de la selva “se convirtió en una isla”. La comunidad quedó rodeada, les prohibieron seguir con sus cultivos de supervivencia y los dejaron  aislados. “Para sobrevivir tocó buscar oro”.

Así que mister Woudman sobrevivió al segundo acoso minero de su vida y al tercer reto de su pueblo. Ahora que no se podía cultivar hacía falta dinero y los jóvenes de la comunidad, con la ‘gentil’ ayuda de garimpeiros brasileños comenzaron a buscar el dichoso oro.

Ahora hay unos 400 hombres en el negocio ilegal que convive dentro de los terrenos de la concesión. La última vez que la empresa trató de echarlos, con la ayuda de la Policía, la cosa terminó a bala y con heridos. El negocio es bueno como para dejarlo.

Con la ayuda de mis anfitriones, logro entrar en uno de los campamentos de los mineros ilegales. Para llegar allí, tomamos un camino cerrado de la selva que después de unos 800 metros se convierte en el suburbio de algo que aún no hemos podido ver. Los mineros no están felices con nuestra presencia. “Seguro que ven lo que quieren y luego mienten por ahí”. El ambiente no es como para sacar una cámara y mis compañeros coyunturales de ruta me hacen prometer que no sacaré ninguna cámara porque “nos jugamos algo más que una discusión”, me espeta una de ellas.

Así hago, solo miro. Unas veinte chozas con techo plástico ocultan hamacas y hombres dormitando con un ojo abierto, con muy poca ropa, con ninguna sonrisa. En el cambuche mejor hecho hay varias mujeres, me explican que unas mantienen la tienda (donde todo, hasta los cigarros, se paga con oro), otras… otras han venido a cobrar en oro su cuerpo. Es el universo de los campamentos. Nada para asutarse, nada de lo que alegrarse.

Aquí hay incluso tres palas mecánicas que arrancan la tierra de los montículos para luego encharcarla y procesarla. A partir de ahí.. todo artesanal, las bateas, las manos, el mercurio, la contaminación de todo. De todos.

No llevamos más de 10 minutos en el campamento, pero todas las miradas que se ven (y las que no se ven) aconsejan que nos vayamos. El ambiente no es para visitas. En el camino de vuelta nos topamos con varios jóvenes que acarrean combustible (también ilegal, por supuesto), y al entrar al pueblo, cuatro muchachos que hoy no trabajan tiene  prendido a todo volumen un equipo de sonido que vale bastante más que la mínima casa de madera en la que lo alojan.

En un país donde un trabajo no cualificado se paga a 70 euros al mes (90 dólares), recibir 44 euros (50 dólares) por cada gramo de oro te puede hacer un pequeño triunfador. Aunque cada gramo se lleve parte de tu vida.

 

Pocas voces para este silencio

Míster Woudman dice que la cosa es así, que ni tan mal están. Las autoridades tradicionales maroons han convencido a los jóvenes de la comunidad que trabajan en la minería ilegal que pongan un pequeño porcentaje para el procomún y ese dinero ya ha permitido construir una sala de reuniones, un centro deportivo y algunas otras mejoras. La compañía IAM Gold, mientras, trata de comprar a la comunidad con la construcción de un dispensario en el que no hay médico y una nueva escuela. El Estado, sólo recoge las regalías (el 30% de los ingresos de Surinam proviene de la minería).

Menos mal que míster Woudman habla y pone su nombre. Puedo hablar con dos o tres vecinos más, amables, pero en general hay la tendencia a no ventilar demasiado de los problemas. El silencio siempre es protector. Tampoco gustan de fotos o grabaciones, pero algo conseguimos.

Dicen en Niew Koffekamp que la compañía va  a intentar sacar a los ilegales otra vez. Que les va a ofrecer otros sitios donde seguir arañando la tierra, pero fuera e su concesión. Parece imposible. La fiebre del oro seguirá alta mientras el precio de la onza del mineral esté reventado en el mercado internacional.

De salida, voy hablando con Renetha Simson, una de las activistas de la organización de derechos humanos  maroon Moiwana. “Los muchachos son también víctimas”, le digo. “Ya, ya lo sé, pero cómo los convencemos de que son víctimas. Aquí no tiene  ninguna otra opción. Es difícil pelear contra el dinero”.

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