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Honduras

Narco Party

lunes 24 de octubre de 2011 Los narcos no son narcos en Honduras. Ese arquetipo del hombre maligno, indeseable, que nadie voltea a ver es una quimera acá. Este fin de semana me he tomado varios tragos con ellos, como si estuviera con mis amigos de Aguadulce (Panamá).

Por Victor Alejandro Mojica Páez

Todo marchaba muy bien: tragos, Soda Estereo, cigarros. El mar golpeaba con caricias la costa. Era una noche relajante. Pero, poco a poco, se fue llenando el bar, se fue poblando de narcos, guardaespaldas, sicarios, 9 mm y sus mujeres, y sus carros cuatro x cuatro.  Las conversaciones se fueron ocultando, bajando, para dar paso a sus charlas, a sus “business”.
Repentinamente todo estaba junto: la legalidad y la ilegalidad, que aquí, en esta parte costera de Honduras, ya es costumbre. Es habitual que los narcos se mezclen, se junten, se tomen los tragos con desconocidos. Nadie los mira mal - no lo hace visible-, nadie se mete con ellos tampoco. Existe un código muy tácito como el de esta noche: dan buenas propinas y son  gente conocida. Uno de ellos estaba molesto porque un colombiano recién salido de la cárcel, especialista en traslado de mercancía, le había tumbado 500 mil billetes.  El narco decía, mientras unas mujeres le acariciaban la cabeza y fumaban marihuana, que lo andaban buscando por Panamá, Costa Rica y El Salvador.  “Y si tenemos que ir a Colombia lo vamos a hacer”.  
Como de (tele) novelas: con  chamarras de cuero negro, bien peinadito y elegante. Un tipo guapo, que es muy conocido en la casa. Le gustaba Maná, y, cada vez que se acordaba del grupo, interrumpía todo, para que le pusieran algún tema de Maná. Y todos -me incluyo- teníamos que atender su demanda, en silencio, sin molestarnos. Del otro lado de la barra estaba otro.  Este era mucho más jóven. Lo detecté porque la camarera que atiende la barra me había susurrado: “ese es otro narquito”.  Igual de bonito.
Es inverosímil pensar que las cosas ocurren así. Aquí, como en muchas partes de Honduras, el narcotráfico es parte de su vidas. Es una alternativa altamente rentable que llena los vacíos que este Estado ausente no ha podido llenar y que ha dejado a la deriva durante mucho tiempo a grandes zonas y grupos del país.  La joven de la barra me ha asegurado que se ha aprendido a tolerarlos. Antes existían barreras, pero ya no. Son familia, es “como tomar un vaso de agua”, me explicó, antes de servirle un trago de vodka al narco que está a mi lado.

_ ¿Y quién soluciona esto?, le pregunto  

- Será Dios...

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