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Extractivismo

Tu anillo de oro mata en Surinam

martes 23 de agosto de 2011 Gold, goud, oro, ouro… conjúguelo como quiera pero provoca fiebre. Los gobiernos del Sur entregan sus tierras a las empresas del norte y los buscavidas hacen su agosto en la minería ilegal. El oro puede acabar con Surinam. De momento ya la está socavando.

El reclamo de uno de los establecimientos de compra de oro

El reclamo de uno de los establecimientos de compra de oro PGN

Por Paco Gómez Nadal

Esta es tierra de fiebres. Si la primera calentura –la del algodón, el azúcar y el café- provocó el drama inconmensurable de la esclavitud (aún sin solución) y del colonialismo; y la segunda –la del caucho- confirmó que los humanos nos podemos deshumanizar a cambio de plata, de dinero… la de ahora no es diferente.

El precio internacional del oro se ha multiplicado por seis en la última década (de los 300 dólares que se pagaba la onza en 2011 a los 1.900 dólares por onza de ahora) y esto ha excitado a los buscadores legales e ilegales.

En Surinam están todos. El Gobierno, de dudosa credibilidad, entrega concesiones sin control a empresas canadienses, chinas o estadounidenses, mientras los garimpeiros brasileiros inundan el país para buscar su onza mágica.

El Basia (asistente de la máxima autoridad tradicional maroon –cimarrón-) de la comunidad de Lebidoti me cuenta cómo los garimpeiros han “construido algo parecido a una ciudad en Stonkampoe”, en la montañas al sur del inmenso lago Blommestein (creado, precisamente, para dar energía a un megadesarrollo minero en los años sesenta).

Los mineros “ilegales” vienen luego a Paramaribo a vender el oro en pequeñas cantidades y se genera un círculo de lavado de dinero que es palpable en toda la ciudad: casinos en cada esquina, unas inmensas casas de cambio de divisas en un país que, en teoría, es una isla económicamente hablando, tráfico ilegal de combustible hacia la selva, comercio para esos campamentos conocidos pero no reconocidos…

El oro ilegal es comprado en establecimientos supuestamente legales que terminan de procesarlo en pequeñas “cocinas” ilegales que utilizan mercurio y contaminan la ciudad. Si no se sabe, se pasa de largo, pero, en cuanto se conoce el sistema, insultan  las decenas las chimeneas que escupen mercurio al aire para mandar el oro a los dedos de los recién casados o a los cuellos de los y las consumidores.

“Todo se trata de dinero”, reza uno de los carteles que veo en un autobús… y así es. El mercado suntuoso del oro arruina la salud y la vida de los pueblos del Sur. Aquí, en Surinam, las comunidades maroons y los indígenas son desplazados del oro, el país, de algún modo es un rehén de la minería (al oro hay que sumar el aluminio).

Antonhy, un joven creole que me invita a una cerveza, define la selva que cubre el 90% de este país como “un gran centro comercial”. “Si uno ve el mapa, es todo verde, pero, si uno se interna, está llena de caminos ilegales, de gente llevando y trayendo cosas, de comerciantes ilegales, de garimpeiros… Es un desastre”.

Renatha Simson, de la organización maroon Moiwana (el nombre de la población donde 35 civiles murieron en una masacre perpetrada por el Ejército en 1986), explica que las consecuencias de esta “fiebre del oro” serán para siempre: “la ambición, el dinero, el modelo de vida que está introduciendo esta locura del oro está acabando con las comunidades maroons, los jóvenes ya no ven la naturaleza como sus mayores, ahora sólo quieren sacarle provecho”.

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