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Honduras

Y me volví sicario

jueves 20 de octubre de 2011 Honduras es el país más violento del mundo, por encima de El Salvador y Costa de Marfil. Las Naciones Unidas calculan una tasa de más de 80 homicidios por cada 100 mil habitantes. Parte de esta tenebrosa cfira la aportan niños sicarios. Uno de ellos conversó con Otramérica este jueves templado...

Por Victor Alejandro Mojica Páez

Aquella tarde, Mario* ingresaría formalmente a la mara Salvatrucha. La "organización transnacional" de pandillas criminales asociadas que se originaron en Los Angeles y se han expandido a otras regiones de Estados Unidos, Canadá, México y Centroamérica, y que, por cierto, aplican la crueldad excesiva. Tenía 9 años.  

Un líder de la zona donde vivía y cuatro pandilleros más lo trasladaron en dos vehículos a un lugar alejado en Choluteca. Lo bajaron finalmente del automóvil y caminaron cuesta arriba de una montaña. En la cima estaba su primera víctima, un joven de una pandilla rival, amarrado de pies y brazos, y con una lona negra cubriendo su rostro.

“Parecía un perro”, me comenta Mario, en una colonia donde he llegado este jueves después de un largo viaje en un bus urbano y una caminata de terror. Es una zona muy pobre límite con Tegucigalpa donde se erigen casas de cartón que se conectan con caminos de piedras. El lugar parece tranquilo de día, pocos asoman el rostro. Las viviendas se caracterizan por sus puertas de telas y abunda basura en cada rincón.

Aquella tarde, Mario, cerró los ojos. Tenía una UZI en la mano y una orden por cumplir. “Si se la pegas, solo te faltaría un paso”, le dijeron los otros pandilleros. Este niño apretó más fuerte los ojos, quería llorar allí mismo, pero no lo hizo. Un fuerte nudo le surgió en la garganta. Ya era demasiado tarde para meditar.

La víctima de rodillas, murmuraba, recuerda, y escuchó a sus compañeros gritar: “jala el gatillo”.  Así ocurrió. Mario disparó, “a la nuca”. El cuerpo se desplomó en el acampado. Este niño, que se parece a mi sobrino, era un asesino, pero todavía faltaba más.

Los integrantes de la mara Salvatrucha lo sometieron a 13 segundos de tortura. Un ritual tradicional de esta organización para ingresar a sus filas. Lo patearon, lo golpearon, lo escupieron, pero no lo violaron, por suerte, como suele ocurrir en otros casos. Ya de noche lo abandonaron cerca de casa. Estaba solo, como casi siempre, adolorido y arrepentido. Sus dedos le temblaban. Durmió casi un día entero.

La víctima de rodillas, murmuraba, recuerda, y escuchó a sus compañeros gritar: “jala el gatillo”.  Así ocurrió. Mario disparó, “a la nuca”. El cuerpo se desplomó en el acampado. Este niño, que se parece a mi sobrino, era un asesino.

Mario ya era un mara Salvatrucha x 13, o sea, era capaz de matar y de soportar 13 segundos de violaciones.  Pero su destino, para su desdicha, lo habían escrito otros. “Si te retiras te matamos” se cercioraron en informarle los otros pandilleros después de la ejecución.

Un año antes había empezado esta vida loca. Un viernes, dice, fue que inició todo. Ese día, con 8 años, consumió crack con unos amigos en la escuela y comenzó una seguidilla de adicción que lo llevó a esta pandilla. Ellos le vendían, y luego se ofrecieron a ayudarlo “cuando me vieron todo loco”.

Mario no tenía muchas cosas que perder. Su madre vivía en Estados Unidos porque quería alcanzar el sueño americano, su hermano mayor era drogadicto, y su otra hermana era cristiana, así que pasaba poco tiempo en casa. Su papá, como que no era su padre realmente. Tenía otra familia, y una vez lo escuchó decir esto: “ese niño no es mi hijo”..  “Desde allí no me importa” me aclara.  

He llegado aquí, vale mencionar, por unos contactos que me solicitaron mucha cautela. Mario está refugiado en esta colonia desde hace unos 20 días. Es la primera vez que habla sobre su vida con alguien desconocido, y aunque tiene una edad tan corta, se expresa como todo un hombre.

Su papá, como que no era su padre realmente. Tenía otra familia, y una vez lo escuchó decir esto: “ese niño no es mi hijo”..  “Desde allí no me importa” me aclara.

Luego mató a un taxista que se opuso a pagar “el impuesto de guerra”.  A otro joven le metió varios disparos en el pecho con la UZI que le regaló la pandilla. Cuando no mataba, ayudaba a los otros sicarios. Le disparaba a sus rivales en las piernas para que sus compañeros lo agarraran, lo encapucharan y lo llevaran al acampado donde empezó su vida de matón para que otros niños como él aprendieran el oficio de sicario.

Lo que más recuerda de este episodio violento de su vida, son las reuniones con el “mero mero”.  El líder supremo los convocaba cada cierto tiempo a reuniones extraordinarias, donde asistían, unos “5 mil jóvenes”.  El “mero mero” se subía a un tronco y llamaba por regiones. Cada zona y sus niños tenían que ir hasta donde él, depositar el dinero que ganaban con sus crímenes, para recibir comida, armas y drogas. Si no llevabas nada, asegura Mario, te mataban allí mismo. El “mero mero” siempre estaba de mal humor, drogado, y con un arma en la mano para castigar a los irresponsables sicarios.

Mario, como les comenté, tiene unos 20 días en este colonia. No tiene ningún tatuaje porque se “adaptó al sistema” para sobrevivir. Ya cumplió 13 años. Aprovechó que la policía lo capturó con una droga, que le robaron por cierto, luego de torturarlo y abandonarlo en una cuneta, para escapar momentáneamente de la MS. Aquí lo cuida una organización que atiende estos casos que me puso en contacto con él.  Ya no tiene los labios rotos, ni le sangra la nariz de inhalar tanta cocaína. Ha recuperado libras, y es capaz de analizar por qué tomó este camino: “Hay muchas veces que nosotros nos sentimos así, porque nos sentimos solos.. Parece mentira pero hice todo esto por puro sentimiento”...  Lo que no sabe es cuanto tiempo le queda de vida.

* nombre ficticio

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