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Venezuela

El árbol de la (buena) vida (pública)

miércoles 10 de octubre de 2012 La ciudad encubre semillas de comunidad. Pasamos un buen rato en el "picnic urbano" de Caracas, un encuentro para sembrar “la vida buena pública”. Nuestro objetivo, compartir la Venezuela que no será contada.

Por Paco Gómez Nadal

Los barrios lujosos de cualquier ciudad son extraños. Burbujas (también inmobiliarias) que se cocinan a fuego lento detrás de muros, líneas electrificadas, algún centro comercial que es igual que cualquier otro centro comercial de un bario lujoso de otra ciudad del mundo… Las nuevas ‘comunidades’ viven -un mucho- al margen de su realidad local para criticarla con fiereza cuando los intereses propios se ven perjudicados.

En Caracas es igual. O peor. Lo digo porque se supone, según he leído en algunos medios internacionales, que este país es socialista, vive en dictadura y es presidido por un señor que odia a la burguesía tanto o más que al azufre.

Camino en busca del “árbol del Country Club”. No encuentro el árbol, pero es evidente que estoy en el Country Club. Camino entre muros que ocultan lujosas casas en un barrio rico en vegetación y pobre en vida. El problema no es que haya árboles, sino encontrar uno que esté en espacio público. Me encuentro con Hans Christian. Nada de acento danés, ni de cuentos de sirenas. Acento venezolano y un par de barras de pan bajo el brazo. Pero a sus padres le gustaba el escritor nórdico.

“¿Tú también vas al picnic?”. Sí, ambos vamos al picnic. Después de caminar con dificultad en un barrio sin aceras para el peatón, seguimos la estela de una bicicletas parpadeantes en la noche y “el árbol del Country” se rinde a la terquedad de unos cuantos jóvenes.

Los “picnics urbanos” llevan dos años salpicando parques y plazas de “buena vida pública”. Los organiza un colectivo que se hace llamar Ser Urbano y llevan casi 100 de ellos. “Todos los martes, sin casi fallas, durante dos años…  a mi me parece eso bien importante en un país donde las cosas no suelen suceder”. José Orozco es uno de los organizadores. Y se le nota orgulloso de la iniciativa que funciona “por su sencillez”. Este es el planteamiento: en una ciudad pensada para carros, en una ciudad atemorizada por la inseguridad (y por su multiplicación mediática), en un planeta donde le individualismo nos fragmenta y nos aísla, los picnics son una oportunidad de construir comunidad. Las y los participantes suelen llegar en bicicleta, traen comida y bebida hecha por ellos y comparten la noche y las palabras en un desafío sencillo, barato y muy simbólico ante el estado de las cosas.

“De alguna manera queremos decir que se puede hacer ciudad y que queremos ser ciudad. Pero no de cualquier manera. En este modelo que gira en torno a la idea de comunidad, se comparte comida, amistad, conocimiento… Aunque no participamos de la política convencional.. sí lo nuestros es bien político”, me explica Orozco en esta penumbra luminosa.

Estamos en el Country Club, un lugar de rezuma plata, pero me cuentan que han convocado picnics en el centro de la ciudad, en diferentes zonas de la “ciudad pública”. Algunas veces son temáticos (yoga, agroecología, trueque y regalo…). Otras veces, como hoy, el nexo de la comida sigue sembrando lazos.

Hans viene por segunda vez y se nota que lo disfruta. “Son buena gente, aquí no hay un tema de dinero por en medio, o de tu aspecto físico,o de si perteneces o no a uno u otro grupo o si piensas de una u otra manera políticamente”. El perfil de los participantes es evidentemente de clase media, pero la clase media en Venezuela tiene muchos matices. Quizá, podría decir que se trata de una clase-media-urbana-contemporánea en lo cultural, pero se aprecian evidentes diferencias de ingresos y, por lo que aprendo en la conversa, hay diversidad ideológica. Uno de los participantes me dice  en voz baja que “entre nosotros, la mayoría es mucho más cercana a las ideas del chavismo que a las de la oposición”.

Aquí viene gente cada martes a título individual, pero también hay algunos otros colectivos involucrados, como la Cicloguerrilla Urbana o las Bicimamis. Movimientos que apuestan a un modo de vida urbano no motorizado y que hablan de los derechos del ciudadano a la velocidad de ese vehículo “de tracción de sangre”. En algunos momentos de la noche el parte es médico. “No compa, no vine en bici porque sigo con la clavícula rota de la caída”. “Uy has quedado mejor después del accidente”. “Me arrolló una señora en el carro y ni se dio cuenta, me dejó la pelvis fracturada…”. Pero ese parte de incidencias es mínimo porque la mayoría habla de la bici y del estilo de vida que les mueve sobre las dos ruedas con un buen rollo que contagia.

Esta forma de retar a la vida isleña occidental, esta tarea de construcción de archipiélagos interconectados va prendiendo y ya en Maracay o en Valencia hay otros colectivos que hacen los picnics. Me parece que les falta el paso de la mezcla… todavía hay una cierta uniformidad entre las personas que ‘militan’ desde la vida en este pequeño movimiento tan grande en medio de la nada. Orozco me confirma que también es uno de sus retos, pero ese es de los imprescindibles-difíciles. Pienso, caminando de salida, que las ciudades tienen sus propios laberintos en los que acontecen hechos ciudadanos emocionantes. Lo pienso con mayor intensidad al cruzar a través del Centro Comercial San Ignacio, uno de los símbolos del universo sifrino de Chacao, lo barrunto después de muchas horas previas más centradas en los grandes proyectos políticos, en la revolución, en discutir sobre Bolívar o sobre la polarización de este país, o sobre la geopolítica regional.

Una de las participantes en el picnic baja esas discusiones a pie de tierra y cuenta algunas cosas que han cambiado en el país. Cosas tan sencillas como que la educación pública sea totalmente gratuita o cómo la brecha se estrecha cuando los niños y niñas de cualquier barrio reciben un computador Canaima de los que distribuye el gobierno con software libre y todo un proyecto escolar asociado… Sencillo y revolucionario. De esas cosas que los corresponsales no suelen contar. Aquí, como en cualquier lugar, la epidermis es engañosa. Pasan más cosas de las que se cuentan y se cuentan demasiadas pocas de las que realmente están produciéndose. Un ciclista me da más pistas, reconstruye un poquito más mientras compartimos un brownie de cacao vegano bien casero y rico. “Podemos hacer muchas cosas, fíjate que por ejemplo la policía jamás nos ha jodido en los picnics. Yo no estoy de acuerdo con los que dicen que vivimos en dictadura, pero sí es cierto que hay una deriva autoritaria y eso se siente en muchos gestos cotidianos del poder y de la propia estructura social”. Se cumple lo que me había pronosticado José Orozco, se empieza compartiendo una ensalada y se avanza debatiendo, pensando, construyendo…

Hoy, me voy a hacia otras zonas de la ciudad y luego, más tardecito, si les parece, nos encontramos en “el árbol de Otramérica” y lo compartimos. ¡Vayan preparando el jugo!

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