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2 años del terremoto (I de IV)

Haití, mister Clinton tiene un plan para ti

jueves 12 de enero de 2012 No hay olvidos casuales. Si han desaparecido de la memoria las dos últimas invasiones estadounidenses a Haití (1994 y 2004), ahora son invisibles las iniciativas de la “reconstrucción” del país tras el terremoto del 12 de enero de 2010, comandadas por el ex presidente estadounidense Bill Clinton. Dependencia y colonialismo del siglo XXI camuflado de caridad.

Por Paco Gómez Nadal

(Primero de cuatro reportajes especiales a dos años del terremoto que arrasó Haití el 12 de enero de 2010)

En septiembre de 1994 Bill Clinton tomó una decisión ‘humanitaria’. No quería más humanos migrantes hatianos en sus costas y quería controlar un país rebelde y molesto con un predicador que estaba mandando demasiados mensajes anticapitalistas y anti-estadounidenses. Por eso, invadió Haití. Su país, Estados Unidos, volvió a intervenir en la mitad invisible de una isla colonial, en 2004. Lo hizo con la ayuda de Francia, la antigua metrópoli.

Hoy Bill Clinton es el co-presidente de la llamada Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití(CIRH). El mismo que invadió el país; el mismo consultor que en 2009 recomendó lo que Estados Unidos ha recomendado para Haití desde los tiempos del dictador Papa Doc Duvalier: una gran maquila que aproveche la “competitividad” de sus salarios de miseria; el mismo que lleva de gira a Haití a diseñadores de moda, actores y presentadores de televisión en una especie de “humanitarian washing” de máxima rentabilidad (como la escandalosa campaña de la diseñadora de moda Donna Karan, que ha visitado 6 veces Haití en compañía de Clinton). Por Haití han pasado todas las caras del "famoseo solidario" pero el efecto ha sido mínimo (Por ejemplo: el actor Sean Penn, con ayuda del ejército de EEUU, trasladó a 5.000 personas de un campo de golf convertido en campamento de refugiados a la zona de Corail-Cesselesse, para construir una nueva ciudad para ellos y otras 250.000 personas. Eso no ha ocurrido en dos años y el hecho es que, simplemente, el campemento cambió de ubicación).

La figura de Clinton puede ser el símbolo de la intervención extranjera en Haití, esa que no cesa, esa que no permite la autoderteminación del país caribeño. Si Francia o Estados Unidos habían hecho todo lo posible por ‘castigar’ a los haitianos por su aventura libertaria, el terremoto de 2010 terminó de complicar todo y abrió la puerta a la colonización camuflada.

¿Qué ha pasado dos años después del terremoto que mató a un cuarto de millón de haitianos y que conmovió al mundo? Lo primero es el olvido y el silencio mediático. La mayoría de grandes medios sólo regresa a Haití para los grandes eventos o para hacer contenidos melodramáticos que hablan de coraje, esfuerzo y ayuda humanitaria. Pero esto nos lleva al segundo efecto: una ayuda humanitaria desastrosa, una baja eficiencia y una ‘animalización’ de los haitianos que se suma a las décadas de oprobio que ya ha sufrido este pueblo.

 El 30% de los ‘beneficiarios’ de Dinero por Trabajo, denuncia que ha tenido que “pagar” por el trabajo, un 10% dice que consiguió el empleo a cambio de favores sexuales.

Cooperación fallida

Ejemplos hay demasiados. Como las 128 casas que construyó Venezuela en tiempo récord –estaban listas en marzo de 2010- y que no fueron usadas hasta septiembre de 2011, pero en su mayoría por ‘okupas’ desesperados por la falta de vivienda. O cómo los programas de Dinero por Trabajo (CFW, en sus siglas en inglés) que impulsan Naciones Unidas u organizaciones no gubernamentales como Oxfam, Acció contra el Hambre, Mercy Corps o el Tear Fund. Según relata el espacio alterno de información Haití Grassroots Watch (HGW), estos programas pagan 5 dólares al día a personas que trabajan removiendo escombros o reparando infraestructuras básicas. Y 10 dólares el día a los jefes de equipo, que se convierten en auténticos caciques. Una investigación del funcionamiento del programa en el barrio Ravine Pintade, de Puerto Príncipe, desvela que el 30% de los ‘beneficiarios’ denuncia que ha tenido que “pagar” por el trabajo, un 10% dice que consiguió el empleo a cambio de favores sexuales, la mayoría explica que los programas CFW generan disputas entre vecinos.

Hay organizaciones trabajando de forma honesta, sin duda, pero el programa de reconstrucción de Haití es, en general un catálogo del despropósito. Los organismos internacionales acusan con la boca pequeña a las “fallidas” instituciones haitianas de la poca eficacia de la ayuda humanitaria. Pero la plataforma informativa Disident Voice ha realizado una completa investigación que demuestra como de los 2.000 millones de dólares que los países del Norte Global han destinado a Haití, sólo el 1% es gestionado por el Gobierno haitiano, el 34% es manejado por los propios donantes o por las ONGs y el 28% llega a las agencias y programas de Naciones Unidas. El resto es pagado a los mismos que lo donan. Es decir, por ejemplo, Washington se ha pagado a sí mismo, según la Oficina de Investigaciones del Congreso de Estados Unidos, 655 millones de dólares por los “servicios” de sus propios soldados y otros 220 millones por servicios de salud.

 

Caridad y negocio

Si la cooperación para atender el desastre es fallida… ¿qué se está haciendo para construir un futuro para el país? El diseño es externo y el efecto escaso o pernicioso. El mediático presidente de Haití, Michel Martelly, tomó el poder en mayo de 2011 y necesitó seis meses para nombrar primer ministro. El presupuesto anual del gobierno de Martelly es la mitad que el que manejan en 12 meses los militares y policías internacionales de la Misión de Estabilización  de la ONU para Haití (Minustah). Y el cantante presidente reconoce que no sabe “dónde han ido a parar los 4.000 millones de dólares que han llegado al país desde el terremoto”.

No lo debe saber porque transparencia no es una palabra que se conjugue en toda esta operación que, mientras ha sido incapaz de levantar soluciones de habitación para el medio millón de haitianos que siguen en las calles, sí ha podido levantar el Parque Industrial Caracol, donde han invertido unos 200 millones de dólares. El Gobierno de Martellu, que defiende la inversión por encima de la cooperación, ha declarado el país “abierto a los negocios”. Y los negocios, como el del Parque Caracol, instalado lejos de la zona del terremoto, son inmensas maquilas donde ya trabajan unos 30.000 hatianos a cambio de salarios de risa. El Gobierno quiere 200.000 trabajadores más bajo este sistema de servidumbre. La prisa en levantar Parques Industriales quizá tenga que ver con la ley que aprobó Washington tras el terremoto y que permite importar ropa a Estados Unidos sin pagar aranceles desde Haití. Los coreanos de SAE-E lo entendió rápido y esta empresa que fabrica ropa para marcas estadounidenses como GAP, Wal-Mart o K-Mart, ya produce en sus 20 maquilas de Haití 1.4 millones de piezas al día.

El Parque Caracaol, como denuncia HGW, ha sido instalado donde indicó la consultora estadounidense Koios Associates, en 243 hectáreas que, según los expertos, estaban vacíos. No repararon en las 300 parcelas agrícolas, ni hicieron estudios de impacto ambiental, ni calcularon la repercusión de la gran movilización humana que significará el gigante centro de maquilas. “el proceso del estudio y la selección de sitios no fue acompañado de una investigación ambiental, hidrológica o topográfica amplia”, reconoce Koios.

Haití gasta el 80% de sus ingresos en importar 550 millones de dólares de alimentos al año, principalmente, arroz, azúcar y aves de corral que llegan desde Estados Unidos. 

Hambre y dependencia

Los problemas para conseguir alimentación en Haití no son –sólo- consecuencia del terremoto. En abril de 2010, el mismísimo Bill Clinton reconoció, casi llorando, que la política agraria de su Administración quebró a los arroceros haitianos y acabó con la soberanía alimentaria de ese país. De hecho, USAID fue utilizada también para eliminar el cerdo criollo, el 50% de la producción alimenticia nacional. Todas las fuentes coinciden que Haití era autosuficiente en materia alimentaria hace 30 años. El Gobierno de Estados Unidos, según las “confesiones” de Clinton –“pensábamos que estábamos ayudando a Haití y, en realidad, hicimos un pacto con el demonio”-, acabó con esa soberanía y hoy Haití importa el 60% de lo que sus ciudadanos malcomen. ¿Adivinen  desde dónde? Según Regine Barjon, de la Cámara de Comercio Haitiana-estadounidense, Haití gasta el 80% de sus ingresos en importar 550 millones de dólares de alimentos al año, principalmente, arroz, azúcar y aves de corral que llegan desde Estados Unidos.

El terremoto arrasó también con la memoria del porqué de la inseguridad alimentaria de Haití. Mientras la FAO y otras organizaciones pedían fondos para entregar semillas y herramientas a la nueva población rural que había huido de Puerto Príncipe y de otros núcleos urbanos afectados por el terremoto, la temible empresa Monsanto y el Gobierno de Estados Unidos idearon algo mejor: inundar el país de semillas transgénicas y, de paso, asegurar un buen negocio para los viejos amigos. Es decir, Monsanto donó 550 toneladas (4 millones de dólares) en semillas transgénicas de maíz y otros vegetales y la agencia de cooperación estadounidense, USAID, se inventó un programa de “desarrollo agrícola sostenible” con esas semillas. Winner, que ese es el acrónimo del proyecto, le cuesta a EEUU 126 millones de dólares en 5 años y fue concedido en gestión a la empresa privada Chemonics International que en Haití es representada por Jean Robert Estimé, quien fuera ministro de Exteriores con el dictador Duvalier.

Lo que se ve y no se cuenta

Describir la situación de Haití requiere de mucho espacio. Este es sólo un adelanto de la realidad que ocurre mientras los grandes medios se entretienen en publicar tópicos. El día 12 habrá muchos de esos reportajes. Nosotros volveremos a hablar de Haití mañana martes 10 de enero a propósito del vergonzoso y cuestionable papel de la Minustah, y el miércoles 11 sobre la voz acallada de las y los haitianos. Mientras, vamos aprovechando para abriros la ventana a algunas fuentes de información.

 

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