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Pedro González del Campo

De Paraguay a Bolivia haciendo parada en cientos de vidas

domingo 09 de diciembre de 2012 Pedro González del Campo ha terminado su ruta por las Tierras Bajas de Suramérica. Una ruta tan política como de conexión con el alma de los humanos, de embarrarse los pies y de mojarse las manos con el agua de la vida. Queremos agradecerle que lo haya compartido con todxs nosotrxs. Un viaje alucinante... una gozada de esa Otra América tan poco narrada como imprescindible… un relato de las pequeñas grandes historias de Nuestra América.

Por Paco Gómez Nadal

Viajes como el emprendido por Pedro González del Campo suelen comenzar con una desazón. Esa sensación de que anclado en el predio de tu propia vida, hay demasiadas cosas que se escapan de tu comprensión. Así ha sido siempre.

El sentimiento de incomodidad provoca un movimiento. Un atisbo de juicio, le diría el comerciante Melchione Baldi al protagonista de El viaje de Baldassare, escrito por Amin Maalouf. “Nunca he sido bastante juicioso como para partir”, se queja Baldi y Baldassare le replica: “Lo bastante loco, querrá decir vuestra merced”. “No, he dicho lo bastante juicioso. Entre los ingredientes que componen la verdadera sensatez, olvidamos a menudo un destello de locura”.

La Ruta de Pedro es razonable, aunque peque de irracional. Los griegos tenían clara esta distinción entre racional y razonable. Lo primero, cálculo mental lógico que mide los riesgos y toma siempre el camino más prudente. Lo segundo, aquel razonamiento que, aunque pueda parecer aventurado, busca lo mejor para quien lo produce. Es decir, que lo razonable, a veces, puede ser abandonar por un tiempo comodidad, clima controlado, amor y ducha caliente y embarcarse en un viaje que no tiene por objeto ver no más, comprender, o tratar de comprender este mundo y sus gentes.

En el siglo XVI o XVII, incluso en el XIX parecía razonable esta actitud. Numerosos viajeros pavimentaron con sus huellas los caminos por el sólo hecho de conocer, de comprender, de tratar de retratar su tiempo histórico. Eran minoría y eran héroes en tiempos en que viajar era privilegio o condena, pero no costumbre.

Lo razonable, a veces, puede ser abandonar por un tiempo comodidad, clima controlado, amor y ducha caliente y embarcarse en un viaje que no tiene por objeto ver no más, comprender, o tratar de comprender este mundo y sus gentes

Hoy viajar se ha vulgarizado. El todo incluido, el low cost, los cruceros en oferta… la democratización del viaje y de la cámara de fotos ha hecho del viaje un paréntesis retratado, un ir para simplemente volver, casi ninguna afectación, casi ninguna consecuencia. Como diría Bauman: "Los turistas viajan porque quieren; los vagabundos porque no tienen otra elección soportable". Pero hay un tercer tipo de movilidad, la imprescindible. De esa hablamos hoy.

El relato que ha construido Pedro González del Campo por las Tierras Bajas de Suramérica es, pues, un viaje en su sentido más clásico. Interior, porque lo ha hecho desde dentro, sin el asidero del temor o el entusiasmo colectivo; de comprensión, porque no ha querido viajar a la postal sino a la vida misma, trabajando con sus habitantes, sudando, compartiendo con ellos, abrazándose a ellos; de sorpresa, porque se ha permitido conmoverse ante la excepción y así ha quitado el manto de vulgaridad que los canales de televisión de viajes han tendido sobre culturas diferentes y lugares remotos.

La Ruta de Pedro se ha visto interrumpida por la burocracia y la no globalización de esas fronteras tan permeables al dinero y tan sólidas cuando los humanos pretendemos traspasarlas. Pero la Ruta de Pedro no ha terminado, porque es una ruta vital. No ha viajado para contarlo, aunque lo haya contado. Ha viajado para vivir (lo)… y escribir lo vivido es una forma de darle su lugar a cada instante del tiempo.

Aquí tienen el acceso directo a las 19 crónicas que nos ha regalado desde que arrancara en Paraguay en los primeros días de mayo, hasta la última nota publicada hoy mismo y que relata el fin de viaje en Bolivia. Disfrútenlas lentito porque así se viaja, sin prisa y con los sentimientos bien abiertos. Gracias Pedro; gracias agüita de la vida.

 

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