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Venezuela

La sifrina gobernada por ignorantes

sábado 13 de octubre de 2012 Las profundas brechas que explican la sociedad venezolana se pueden manifestar de muchas formas. En este viaje lo encuentros y algunos encontronazos explican la “profunda confrontación de clases” que vive el país.

Por Paco Gómez Nadal

12 horas pueden permitir un cambio de planetas sin necesidad de tomar un transbordador. En la noche estoy en Caracas, cerca del Boulevard Sabana Grande, hablando con uno de los revolucionarios purgados por el chavismo burocrático y aún hiperactivo en el trabajo de base con las clases populares de la ciudad. Me hace un análisis más que interesante sobre la situación del país en este momento, pero ese se los compartiré en otro momento. Sólo recupero una frase: “Hay una tensión brutal en el país, las cosas se están tensando al extremo y eso ocurre porque lo que hay aquí es una profunda confrontación de clases”. Una confrontación ineludible si uno hace, por ejemplo, el recorrido por el abismo que separa al este y al oeste de la capital.

El este es una burbuja de élite, amurallada, pujante, que cuenta sus ganancias en cifras astronómicas y que alimenta un odio absoluto a Hugo Chávez y a los pobres que se identifican con él. Aclaro que cuando me refiero a pobres es a excluidos históricos, no sólo a pobres económicos. Los pobres que conforman la clase obrera o popular que ha comenzado a existir gracias a la revolución bolivariana (aunque tenga esta todos los defectos que usted el quiera atribuir). En el este es incomprensible que negros, pardos o zambos tengan poder, estén en las instituciones, decidan aspectos fundamentales para el país. Las mujeres y hombres de esa élite del este es identificada por el resto de país como sifrinos (ya saben: gomelos, rosas, pijos, etcétera).

Al oeste, las clases populares, encaramadas en los cerros, conectadas ahora a la ciudad por el MetroCable y por una sutil identificación psicológica con una revolución que les ha proporcionado los espejos políticos y culturales para que se puedan ver y (re) conocerse. Y una vez que alguien se reconoce ya no quiere diluirse de nuevo en las etiquetas que los otros le ponen.

Al día siguiente cambio de planeta. Visito una hermosa playa a unas tres horas y media de la capital, llena de gente por aquello del puente que permite el Día de la Resistencia Indígena (sí, el 12 de octubre se celebra eso en este país de re-significación de la historia y del lenguaje). No molesto a nadie, sólo veo el mar después de cinco días muy intensos, de decenas de entrevistas, de mucha caminata, de una cantidad ingente de información y unas ideas que me desbordan. El mar y su horizonte me debería ayudar a poner las cosas en orden.

También me encuentro, acá, en Puerto Colombia (Estado Aragua), con la gente normal, con los pescadores, con Javier el lanchero, con Nata, sus sombrillas y el relato de cómo combina trabajo y estudio (les aseguro que es heroico), con los que beben hasta perder la conciencia, con los niños y niñas que quieren ser croquetas marinas o tiburones cósmicos… Comentamos con los compañeros lo difícil que es ser gente normal, la épica oculta en sus historias. Son días de fiesta para los cientos de venezolanos que abarrotan esta hermosa zona de Choroní y días de mucho trabajo para los locales que hacen un permanente agosto.

Cuando la jornada en el paraíso arenoso de Uricao está a punto de acabarse, se acerca una chica de unos 22 años, blanca, toda full style, y se dirige a nosotros para preguntarnos si nos gusta esta playa. La respuesta es un “por supuesto” a coro que no necesita de impostura. De ahí al… “qué linda es Venezuela  y los venezolanos ¿verdad?”. Otra vez, consenso. Lo siguiente: “Lástima que estemos gobernados por ‘esa’ gente”. Uno de mis amigos le responde con el tino que yo jamás encontraría en esas ocasiones: “Bueno… son gobernados por venezolanos también y los apoya más de 50% de venezolanos que también serán linda gente ¿no?”.

- “Uy sí, qué pena [lástima] me da todo eso, es que esa ‘gente’ que los apoya son ignorantes, esa ‘gente’  no tiene educación”.

La conversación termina ahí por razones obvias, pero yo me quedo rumiando durante horas ese desprecio por una buena parte de la sociedad venezolana. Y entonces pienso en los artículos de Vargas Llosa o de tantos otros que al arremeter sin matices ni compasión contra todo lo que significa el proceso bolivariano se están cagando en, como mínimo, más de la mitad de un país. Eso es lo que ocurre cuando creemos tener la razón, cuando entramos en la lógica de que el que no piensa como nosotros es el enemigo (por malo o por tonto). Y también pienso que sí, que hay una profunda confrontación de clases, porque la mayoría de venezolanos (que, aunque quisiera, no pueden autodenominarse como sifrinos) está cansada del desprecio, del asco que producen a esa parte minoritaria del este mental y económico. Y creo que acá se ha dado un paso más que en otros puntos del planeta en evidenciar esas brechas de clase y esos códigos de desprecio que se camuflan normalmente con políticas públicas caritativas, muros que nos aíslan y filtros económicos para que los más jamás entren al perfecto entorno de los menos. Esta sifrina gobernada por ignorantes es tan ignorante que no sé si merece ser gobernada.

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