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Columnas de opinión Ecuador

Apuesta por la democracia

lunes 13 de agosto de 2012 Ante la debilidad institucional, los escándalos por las falsificaciones de firmas en la inscripción de partidos y el personalismo de Correa.... ¿Qué hacer en Ecuador? El autor le apuesta a la democracia, aunque se salga perdiendo.

Por Fernando Vega

El escándalo desatado en el seno del Consejo Electoral en torno a una supuesta o real falsificación de firmas para la inscripción de los partidos y movimientos políticos revela a la par que tras el fracaso de la partidocracia las nuevas estructuras partidarias no logran consolidarse pero también la profunda debilidad de la naciente institucionalización del nuevo estado a partir de la Constitución del 98. Cabría la tentación del desespero pesimista ante el presente y futuro democrático del Ecuador. Sin embargo aún ante un panorama tan sombrío hay que continuar apostándole a la democracia, aunque corramos el riesgo, dadas las circunstancias, de salir perdiendo. Bien vale desarrollar un poco estas ideas.

Por lo que se refiere a la debilidad de la participación ciudadana políticamente organizada, no debemos olvidar las décadas pasadas de convirtieron a los partidos políticos en empresas electorales, comandadas por dueños pertenecientes a los grupos de poder económico que utilizaron por un lado liderazgos forjados mediáticamente y los consolidaron con prácticas populistas. En ese contexto los partidos políticos se anquilosaron, desidelogizaron  y pervirtieron llevándonos a las graves consecuencias de una década de rapiña y desmantelamiento del Estado y de la consecuente  inestabilidad política.

En medio de la crisis producida por el fracaso de los partidos y ante la ausencia de nuevas fuerzas políticas organizadas, los ecuatorianos hemos venido apostándole al surgimiento de un mesías político para que resuelva la situación. La unción de Lucio Gutierres,  no dio otro resultado que el intento de crear una nueva fuerza política con las peores prácticas del pasado y la desarticulación desde el poder de las pocas fuerzas todavía organizadas en crecimiento como los espacios surgidos del movimiento indígena. A rey muerto, rey puesto, los ecuatorianos elegimos a Rafael Correa para que llevara a cabo lo que Gutiérrez no pudo ni quiso hacer.

Desgraciadamente y a pesar de que habían mejores condiciones para el empeño de recrear la política partidista ecuatoriana, el gobierno de la Revolución Ciudadana ha hecho poco por reconstruir el tejido político de los ecuatorianos, todo lo contrario, en la línea de su predecesor, ha continuado en el empeño de desmantelar lo poco que había quedado después de  los anteriores sunamis electorales y golpistas. Desde el comienzo se vieron las dificultades para construir un verdadero “Movimiento PAIS” que fuera la expresión de una base social que sustentara el proceso de cambio. En su lugar se ha construido una “Burocracia PAIS” sumisa y obediente a la estructura vertical y autoritaria al líder carismático de turno.

Más aún, tras la renuncia a construir un verdadero movimiento de base, las estrategias para consolidar y mantener el poder por parte de una  naciente clase política de recambio generacional y económico, han implementado un régimen clientelar que al tiempo que anula la importancia de los gobiernos territoriales a quienes domestica, repite el esquema de la vieja partidocracia de manera radical, ya que del clientelismo multipartidista hemos pasado al clientelismo monocromático verde limón, que ha convertido al “partido” de gobierno casi en un monopolio que filtra toda posibilidad de acceso al trabajo en el sector público y condiciona la participación de los gobiernos intermedios en el reparto de los recursos del Estado.

Como base que sostiene y  cereza que adorna la torta, el gobierno de Correa, después de deshacerse de las bases, movimiento y partidos que le llevaron al poder ha desarrollado un constante lucha contra ellas mediante campañas de división, creación de organizaciones paralelas,  desprestigio de legítimos liderazgos y aún la persecución y criminalización de los luchadores sociales que en su derecho a la resistencia contestan el modelo de desarrollo y los proyectos extractivistas inconsultos impuestos desde Carondelet. Como es obvio este clima no es el mejor caldo de cultivo para el surgimiento de una nueva democracia.

En lo tocante al tema de la debilidad de la naciente institucionalidad del Estado nacido de la Constitución del 2008 y que se expresa de manera escandalosa en la ventilada crisis del Consejo Electoral, el mismo Consejo es consciente de que se corre el riesgo de perder la esperanza en la democracia, basta escuchar los spots publicitarios que se están pasando por los medios. Como no podría ser así, cuando la ciudadanía atenta y no atontada por la publicidad y el doble discurso, se da cuenta de que a las puertas de un período electoral, el Consejo electoral carece de toda credibilidad y solvencia para afrontar los retos y responsabilidades asignados por la Constitución.

Entre los antecedentes que hay que registrar para entender el fracaso del Consejo Electoral hay que tomar en cuenta la sistemática cooptación del Ejecutivo de todos los poderes del Estado, empezando por el Consejo de Participación y Control Social, hasta la metida de la mano en la Justicia. Al controlar todos los procesos de concurso y calificación, el Ejecutivo ha podido captar también el control del Consejo Electoral, sacrificando, como ocurre en otros espacios, la calidad y la capacidad a la fidelidad y alineación de los funcionarios a las directrices del régimen. Así una mediocridad obediente se ha instalado en el corazón de la institucionalidad del Estado, salvo honrosas excepciones, que las debe haber.

Pruebas al canto, baste recordar como el Ejecutivo, en este último año ha hecho tabla raza de las competencias de la Asamblea Legislativa, ha prostituido a la Corte Constitucional y con sus respectivos consentimientos ha preparado el terreno para la actuación del Consejo Electoral en las próximas elecciones con cancha inclinada, árbitros comprados y reglamentos amañados. No debemos olvidar que es en este contexto y hoja de ruta donde surge el escándalo del caso bien o mal llamado de la falsificación de firmas. Parece, según rumores que se filtran de lo alto, que el gobierno para impedir la inscripción del movimiento del Gran Hermano ordenó levantar la tapa de la olla y se armó la grande. Explotó la olla de grillos y se abrió la Caja de Pandora.

Al desnudo ha quedado un Consejo Electoral que no puede dar cuenta de lo que ha sucedido, que es incapaz de hacer un diagnóstico de sus males, peor de encontrar y dar soluciones a sus problemas. Ya nada se puede salvar, desde la corrupción de los procesos de recolección de firmas vía contratación de empresas, filtraciones corruptas de las bases de datos del propio Consejo, errores y corruptelas en la digitación y validación de firmas, inconsistencia de las herramientas tecnológicas. Resulta que a partir de las propias declaraciones e informaciones del Consejo Electoral se muestra su ineptitud e incapacidad.

La ridícula comparecencia ante la silenciosa Asamblea Legislativa –no sabemos si es en sentido de duelo o de obediencia- solo deja en claro que existe ya un rankin de corrupción en los movimientos políticos encabezado no precisamente por aquellos a quienes el Presi apostrofa de corruptos en sus cadenas sabatinas, ya que a partir del informe el PSP podrá lanzar al viento que es el partido con menor índice de corrupción, según los datos del Consejo. Sin embargo gracias al poder mediático de los poderes fácticos, que incluyen a la Secretaría de Comunicación y a la capacidad hermenéutica de su majestad tonante, el terreno está abonado para la discrecionalidad y para que a río revuelto hagan buena pesca las estrategias y los intereses electorales de los nuevos dueños del país.

Lo sucedido es, como dicen las abuelitas de por acá “para llorar a gritos”, de indignación, pena e impotencia, ante la tragicomedia democrática de nuestro querido Ecuador. Con amargo cinismo alguien proponía que para los próximos juegos olímpicos en Brasil, el presidente vuelva a insistir en desfilar al frente de una delegación del Consejo Electoral, representante de un nuevo deporte, en el cual seguramente podremos ganar la medalla de oro sin contrincantes: la medalla de la falsificación de firmas y del despelote de la democracia. Sin embargo creemos que el amor a la patria y la responsabilidad política de cada ciudadano nos ha de llevar a continuarle apostando a la democracia: el gran reto de crear una ciudadanía crítica y participativa, organizada y activa.

A pesar de todo, coincido con el mensaje del Consejo Electoral, la única y última opción es apostarle a la democracia, uno de cuyos elementos han sido socavados por el propio Consejo, el de las elecciones. Más allá hay que seguir trabajando por crearla desde las bases, desde la familia, la escuela, el barrio, la comuna y el municipio. Aprender a luchar por el bien, la verdad y la justicia en democracia, en diálogo, en disenso y en consenso, con respeto a las reglas acordadas y sin chanchullos, mañoserías ni imposiciones, vengan de donde vengan, bien sea de un grupo de iluminados, de poderosos o de la chusma inconsciente y enardecida. Ello exige un nuevo proceso, porque el actual está agotado.

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