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Columnas de opinión Con los pies en la tierra

Control democrático sobre las finanzas

domingo 24 de julio de 2011 ¿QUé hacer ante la crisis económica mundial? Descartando las tesis utopistas, Luis Paulino Vargas plantea un movimiento ciudadano planetario...

Por Luis Paulino Vargas Solís

El agudo entrampamiento en que está sumida la economía mundial en estos momentos, paradójicamente es político y cultural más que propiamente económico. Es una situación donde un orden institucional, normativo e ideológico –en último término político- imposibilita tomar decisiones que tengan una razonabilidad mínima, cuando más bien empuja hacia una crisis que podrían tener gravísimas repercusiones a escala planetaria.

Ya en sus orígenes esta crisis económica aparecía vinculada –al menos en una cuota significativa- con una cierta institucionalidad que propició que se gestaran y maduraran las condiciones que condujeron a la crisis financiera que empieza en 2007 y a la recesión global de 2008-2009. 

Esto último puede ser ilustrado por referencia a una gama de decisiones, acciones y procesos conectados entre sí. Son, en breve, los siguientes: a) la laxitud de las políticas monetarias en Estados Unidos y otras grandes economías ricas en el período posterior al año 2001, visibilizadas en tasas de interés muy bajas y liquidez sobreabundante; b) la generalizada desregulación de los sistemas financieros (proceso que inicia en los ochentas); c) la permisividad –ideológicamente motivada- de los reguladores; d) todo el aparato, en parte de orden público-estatal, que promovió la burbuja inmobiliaria, la que, a su vez, alimentó el inmenso engranaje global de especulación dominado por los grandes bancos estadounidenses y europeos. Sin duda a todo esto subyace una determinada correlación de fuerzas y poderes, y, en particular, la hegemonía de ciertos actores e intereses.

Puede válidamente discutirse acerca de los movimientos estructurales de la economía que empujan hacia la crisis, pero ello no niega que estos procesos –institucionales, normativos, culturales, ideológicos y, finalmente, políticos- jugaron un papel de crucial importancia. Ello da para pensar que el capitalismo mundial, en su actual estadio evolutivo, ha tendido a generar –y, lo que es peor, a generalizar- un cierto orden institucional que promueve el surgimiento de perturbaciones financieras y económicas sumamente violentas y de alcance planetario.

El derrumbe del banco Lehman Brothers (setiembre 2008) marcó un punto culminante en el devenir de la crisis financiera. Ello empujó a una aguda profundización de la recesión económica. Impedir el colapso generalizado de los sistemas financieros, frenar la recesión e impedir que esta pudiera degradar en depresión, trajo de vuelta a Keynes: aparte la acción excepcionalmente agresiva de los bancos centrales, se generalizaron políticas fiscales expansivas que, como era de esperar, generaron voluminosos déficits fiscales y abultaron el endeudamiento público.

Esas políticas resultaron relativamente eficaces: cortaron el colapso financiero cuando este estaba a punto de desbordarse al abismo e hicieron que la recesión no se degradara en depresión. No se hizo de forma particularmente democrática y equitativa, puesto se dieron muchas decisiones en la penumbra y a menudo en beneficio directo de quienes eran directos responsables de la debacle. Pero, con todo, sí se logró impedir la catástrofe.

Sin embargo, y a poco andar, el marco institucional vigente –aquel construido tras varios decenios de hegemonía del fundamentalismo neoliberal- ha terminado por agarrar del pescuezo a todos los poderes públicos a escala planetaria reeditando nuevos y amenazantes episodios de crisis.

La institucionalidad que lleva a cabo esta operación de asfixia es la misma construida y consolidada durante el período de hegemonía neoliberal, articulada a escala planetaria como un tejido denso de transacciones instantáneas, cuya cotidiana ejecutoria da testimonio de uno de los usos más perversos que se podría haber hecho de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Tal es, seguramente, uno de los rasgos distintivos del momento actual. Está bien demostrado que las fiebres especulativas y los consecuentes derrumbes catastróficos no tienen nada de nuevo, cuando en realidad son fenómenos que han acompañado al capitalismo durante toda su historia (algunas obras de Galbraith lo ilustran con didáctica elocuencia). Lo novedoso, entre otras cosas, es que ahora han adquirido un alcance planetario instantáneo, lo que los vuelve mucho más peligrosos.

Pues bien, esa institucionalidad de los mercados financieros globales gira centralmente alrededor de la especulación desenfrenada, la cual se alimenta e hiperboliza gracias a la instantaneidad y el alcance global que les concede las redes informacionales. En los últimos meses ese juego especulativo se dedicó a atacar, con infinita fiereza, a las deudas públicas, empezando por las economías europeas tenidas como más débiles.

Esta masacre es alimentada, con deliberación y alevosía, por esas cosas nefastas llamadas “calificadoras de riesgos”. Son las mismas que, en la cresta de la burbuja especulativa, daban las mejores calificaciones a instrumentos de inversión que, al cabo de poco tiempo, se demostraron absolutamente letales. Entonces, y de repente, empezaron a poner las peores notas rojas a lo que poco tiempo antes premiaban con bombos y ditirambos. Todos sus “pronósticos” y “dictámenes” se limitan a reforzar la moda dominante: cuando el jolgorio y la orgía se extienden, las agencias se encargan de que más y más gente se apunte a la borrachera. Cuando la fiebre especulativa se quiebra y empieza el desplome, las agencias ayudan con denuedo a que un vientillo se convierta en un huracán categoría 5. Es harto cuestionable su ética y su independencia técnica (puesto que recibe pago justo de aquellos bancos y especuladores a quienes se supone evalúan), pero, además, están investidas de una capacidad destructiva realmente siniestra, ya que, en su comprobada ineptitud técnica, una y otra vez contribuyen poderosamente a agudizar las peores tendencias en curso.

Justo eso ha venido ocurriendo con motivo de la actual crisis de la deuda. Con consecuencias nefastas, no se diga para las economías en abstracto, sino para los pueblos en concreto: el griego, el irlandés, el español, el portugués y ahora el italiano. Pero lo asombroso, que raya en la demencia absoluta, es que estos mercados especulativos –y en particular esas agencias calificadoras- tienen bajo asedio nada menos que al gobierno y congreso estadounidenses (de por sí atrapados en la intransigencia dogmática de la extrema derecha republicana), y por esa vía, y de forma indirecta, al gobierno chino.

El proceso desatado deberá ser puesto bajo control –y un control desde la política democrática- o de otra forma producirá terribles devastaciones económicas y sociales.

Primero, debe reconocerse que el problema –real o ficticio- que plantean las deudas públicas no puede enfrentarse satisfactoriamente desde una política de recortes brutales.  En lo inmediato, ello hará que se desplomen las tasas de crecimiento de las economías y dificultará mucho más el manejo de las deudas. A mediano y largo plazo, ello podría conducir a dislocaciones sociales y políticas cuyas consecuencias son imprevisibles. Baste recordar, a título ilustrativo, lo que significó el duro castigo que las potencias triunfadoras le impusieron a Alemania tras la Primera Guerra Mundial. En su momento, tan solo Keynes supo advertir esos peligros en su obra “Las consecuencias económicas de la paz”. Luego vino, como sabemos, el triste ascenso del nazismo.

Pero recuperar las economías pasa, necesariamente, como ya dije, por restablecer el control político democrático sobre los mercados financieros: los bancos y especuladores, en general, y las agencias calificadoras en lo particular.  Ese inmenso aparato de destrucción masiva tiene que ser desarmado o, como mínimo, domesticado, y ello solo puede hacerse desde la generalización del control democrático sobre las finanzas. Pero ello también implica, como paso ineludible, una repartición de los costos que cuanto menos cumpla con algunos elementales requisitos de equidad. O sea: la banca y los especuladores tendrá que asumir su cuota de pérdidas.

Algunas izquierdas esperan ilusionadas que todo esto traiga consigo el desplome del capitalismo y, con ello, el nacimiento milagroso de alguna suerte de paraíso socialista. Sin embargo, y ante las realidades pedestres de nuestra irremediable imperfección humana, lo que seguramente tendremos será mucho dolor para millones de seres humanos alrededor del mundo, con el riesgo nada descabellado de una involución anti-democrática. La única salida racional y relativamente viable, está en el fortalecimiento de un movimiento ciudadano planetario que someta los mercados al control democrático.

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