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Columnas de opinión Muerto (de la risa)

De héroes y pueblos

viernes 10 de febrero de 2012 El nombre de la caica Silvia Carrera anda en boca de todo el mundo en Panamá en estos días. La mayoría para elogiar el papel que ha jugado como lideresa de su pueblo, los racistas para echar vinagre sobre su ya profunda herida machista. Pero… la lucha Ngäbe y Buglé va más allá de Carrera y la del resto de pueblos en resistencia en América Latina, también..

Por Paco Gómez Nadal

"... y miren lo que son las cosas porque, para que nos vieran nos tapamos la cara, para que nos nombraran nos negamos el nombre, apostamos el presente para tener futuro, y para vivir morimos".

Todos necesitamos héroes, personas ejemplares que nos proporcionen esperanza en los seres humanos, estos animales de dos pata más violentos que las pirañas y con menos ternura que un vegetal. Sin embargo, hay que llevar cuidado de no invisibilizar a miles de personas anónimas que son las que luchan en la calle, las que no salen en los medios a pesar de que sus historias deberían ser materia obligatoria en las aulas.

Estos días me ha dado por revisar las fotos del épico cierre de la Interamericana por los Ngäbe y los Buglé y de la brutal represión de los gorilas. Miro los rostros y me cuesta evitar la emoción. A algunas personas las conozco de 2011, cuando pude compartir con ellas 48 horas de los cierres de ese febrero que me sacó de sus vida para obligarme al hermanamiento cibernético. Son miles de compañeros y compañeras que bajan a las manifestaciones desde sus comunidades. No hay ‘nanas’ que cuiden de los bebés, ni Metrobus que los deje cerca. Bajan con todo, con la paila para el arroz y con los bebés a cuestas. Lo suyo es compromiso de verdad, no borreguismo lustrado con la plata de la politiquería.

Ayer, desde el Parque Legislativo, me llamaron algunos de los compañeros con los que compartí mugriento cuarto y detención en la subestación policial del Chorrillo. “Muchos estamos perdiendo el trabajo por estar acá, en la vigilia, pero ni confiamos… no confiamos”. Y pierden el trabajo y no duermen y tienen que pedir un café solidario o un plástico para la lluvia. Pero siguen, siguen convencidos de que la justicia debería estar de su lado, aunque esté secuestrada (esa SÍ que está secuestrada) por las élites que se permiten el lujo de criticarlos desde sus cómodas oficinas.

Pero no sólo pienso en los miles de Ngäbe y de Buglés que están detrás, al lado, junto a Silvia Carrera. También conozco a Kunas que están dejándose la piel en esta lucha porque saben que la madre tierra es una y que ya se ha derramado demasiada sangre originaria en esta grotesca pesadilla colonial que dura 520 infinitos años. En este artículo no leerán nombres (porque el anonimato es lo único que los protege del racismo laboral, de la exclusión social, del hostigamiento policial). Es difícil imaginar los peligros de esta lucha si no forman parte de la vida cotidiana de uno.

Los manifestantes indígenas saben de sobra lo que supone enfrentarse al Poder con mayúsculas, al de la plata, al de los insensibles ejecutivos que miden el planeta en tablas de beneficios y no en vidas o esperanzas. Y lo asumen… ¿será que el resto también lo asumimos?

Hay algunas y algunos que sí. Igual que viendo las fotos reivindico la lucha de los indígenas sin nombre, también recuerdo a los activistas que ustedes no conocen. Hombres y mujeres occidentales que están apoyando las luchas desde los laditos, prestando la ayuda solidaria cuando hace falta, jugándose también la vida por documentar los abusos, por contarle al mundo lo que ocurre en esa esquina de Centroamérica que ya parece no importar a casi nadie. Y veo a los panameños y panameñas que me han escrito estos días desde Alemania, desde Estados Unidos, desde diversas ciudades de España. Panameñas y panameños blancos, afrodescendientes, criollos, seres humanos que ya no se tragan el cuento de las razas y que entienden que la sangre de Jerónimo Rodríguez o de Mauricio Méndez es sangre de hermanos, sangre digna que alimenta nuestra rabia. Nuestra tarea es articular esa rabia para convertirla en acciones.

Alguna vez he dicho que las luchas por la madre tierra en América Latina y El Caribe es la última trinchera, la última esperanza para esta especie. Si la perdemos, es posible que se esfumen las posibilidades de un cambio civilizatorio que permita construir sociedades más dignas, más equitativas, más respetuosas (y digo respeto porque de ‘tolerancia’ ya están l@s herman@s originari@s hasta la tapa). Ayer llegó la Marcha Nacional de Agua a Lima (Perú), hoy hay pueblos en resistencia en Wallmapu, Catamarca, La Rioja, en el Aguán, en el TIPNIS, en Oaxaca, en Dominicana, en Haití o en Surinam… América tiene razones para levantarse con dignidad y personas como Silvia Carrera (o Camila Vallejo en Chile, o Javier Sicilia o el subcomandante Marcos en México, o Hugo Blanco en Perú, o María Galindo en Bolivia, o René y Calle 13 en Puerto Rico, o….) son la punta del iceberg… detrás, al lado, junto a ellas están los pueblos y los pueblos (como se ha demostrado en los países árabes) son los que ponen y quitan gobiernos, son los que deciden qué quieren para su futuro, son los que tienen la razón. Con ellos, hasta la victoria.

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