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Columnas de opinión Reflexión

De lo inexorable

viernes 05 de agosto de 2016 Contra lo inexorable, lo posible; contra el ruido, el pensamiento; contra la soledad del individualismo, la construcción colectiva. El columnista duda y se atormenta, pero le apuesta a “ser parte de esa construcción eterna y laberíntica de la libertad”.

Por César Baeza Hidalgo

La primera vez que escuché la palabra “inexorable” fue asociada al paso del tiempo. Y me fui dando cuenta con el paso del mismo, que su significado hacía relación con lo inevitable, también con lo irreductible. Pero el tiempo siempre corre, siempre pasa, siempre sigue adelante en un eterno presente, dejando atrás el pasado y en busca de un futuro que no existe pero, paradójicamente, se puede construir.

Las divagaciones que no dejan de atormentarme, inexorablemente, a veces me desvelan las neuronas y sigo acá, estático, mirando mis sueños y convencido de que la vida es más que eso, aunque no es nada sin ellos.

Este mundo que habitamos, esta sociedad indolente que me duele más que la injusticia a veces, me trastorna, me mantiene en un estado de alerta y de inquietud, me sostiene mirando el techo de la habitación o las hojas cargadas de tinta en el libro de turno. Una sensación permanente me impulsa a agruparme, me convoca a construir colectivos cuando me siento huérfano de militancias, cuando entre los más justos vislumbro ese dejo individualista que privilegia tres cervezas y el ruido, dos cuetes y la charla fácil, antes que la construcción consciente de una transformación verdadera, sistemática, estratégica.

Estoy en el borde de la cornisa, siento miedo, y gasto mis fuerzas en comprender, contrario al consejo de los Soda, porque no puedo seguir adelante sin mis convicciones. El necio, el terco, el inmaduro, el que no crece porque le dicen que en eso consiste someterse, sigue vivo en mi pecho, en mi corazón, en mi espíritu.

Miro la pantalla, el escritorio lleno de papeles, 15 libros sin leer, mi espalda pidiendo reposo, y mi mente dando vueltas maratónicas alrededor de mi corazón. ¿Dónde estás corazón? ¿Dónde está la vida sino en esa lucha constante que me invita a ser feliz derrochando adrenalina? La inexorable demanda del tipo que no se conforma y se siente total y completamente seducido por ser parte de esa construcción eterna y laberíntica de la libertad. 

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