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El ama de casa

miércoles 08 de febrero de 2012 ¿Por qué le tiene tanta manía María Galindo a las amas de casa? ¿Qué han hecho estas mujeres que están, aún, en el espíritu de otras mujeres aparentemente emancipadas?

Por María Galindo

En un mundo en el que vemos a las mujeres como vendedoras en los mercados, como estudiantes en las universidades, como abogadas en los juzgados, como policías en las calles, como obreras en las fábricas, como albañilas y como choferas de taxi. De todo menos amas de casa, el ama de casa es un personaje en extinción dentro del universo de las mujeres, pero al mismo tiempo el ama de casa es una mujer que de manera muy extraña llevamos dentro muchísimas mujeres. 

Mujeres hijas de amas de casa la mayor parte de nosotras, mujeres que fuimos educadas para ser amas de casa también muchísimas de nosotras mujeres domesticadas para ser amas de casa que terminamos por llevar dentro de nuestro corazón y dentro de nuestro imaginario un ama de casa. Ya mayoritariamente las mujeres hemos roto con el papel clásico de ser amas de casa, pero somos mujeres en las cuales el ama de casa habita de manera inconsciente.

El ama de casa es una mujer con un dolor de espalda mudo con el que convive, le duele la espalda por los años de agacharse a recoger la ropa sucia de todos, por mover los muebles para barrer donde sólo sus ojos ven, le duele la espalda por exprimir la ropa como quien quiere sacarle confesiones a la camisa y al pantalón. Le duele la espalda por hacer todo el tiempo y sin pausa un esfuerzo físico del que no se puede hablar porque todo lo que ella hace no es trabajo; si limpia no es trabajo, si barre no es trabajo, si ordena no es trabajo, si cocina no es trabajo tampoco. 

Se levanta antes que todos y se acuesta también después de todos, pero se queda dormida sobre la mesa en la silla, en el sillón o en el patio. Es una mujer de sueño ligero porque es una especie de vigía de la casa; escucha cuando abren o cierran la puerta los otros, los hijos, el marido, la sobrina. Terminará de completar sus horas de sueño sólo cuando esté muerta.

Está también caracterizada por un espíritu práctico, sabe organizarse porque tiene muchas tareas minúsculas y dispersas que hacer cada día; así que, mientras hierve en la cocina todo lo que tiene que hervir, ella limpia los baños y cuando tiende las camas aprovecha de sacar la ropa sucia. Es la mejor administradora del mundo; su destreza es mayor que la de cualquier académico, calcula el índice de inflación mentalmente y sabe que el índice de inflación de este año no fue del 6% sino del 30%. 

El ama de casa es la mejor y más brillante administradora del tiempo y del dinero, pero es en el fondo algo mezquina consigo misma. Es ahorrativa, avara, regateadora y bien miserable con todo ser que le resulte ajeno a su núcleo familiar. 

Es una mujer familista, reparte la comida a base del aprecio y valor que tiene cada uno de los seres que ocupan la casa; la mejor parte para el padre, la segunda mejor parte para el hijo, la primera peor parte para la hija y las sobras de la olla para ella. En ese sentido es una mujer profundamente injusta consigo misma y con su hija; es una mujer heredera, a su vez, de su propia madre del criterio de valor de las personas donde un hombre valdrá dos veces una mujer y un hijo valdrá dos veces una hija y un extraño o una extraña no valdrá nada en relación a un familiar. 

En ese sentido, el ama de casa ha puesto todas sus ilusiones y todos sus sueños en los que hacen los otros y no ella misma, en lo que es y hace el marido; eso sí es importante y relevante, aunque el marido sea policía o chofer es importante también en lo que hace el hijo y todo el menosprecio en lo que hace ella y en lo que es y representa la hija que tan sólo representará una sustituta, una suplente, otra futura ama de casa; por eso, no la apoya cuando quiere estudiar ni la estimula ni se ilusiona con lo que la hija es. 

Ajena al mundo público el ama de casa es prisionera de su paraíso, prisionera de su casa, prisionera de sus quehaceres cotidianos que ha llegado a sacralizar. Para ella es imposible no dejar de lustrar todos los lunes y no dejar de surcir todos los martes y no dejar de desempolvar todos los miércoles y no dejar de lavar la ropa los sábados; es prisionera de un mandato de servicio y de sumisión más perverso y más invisible que el de un esclavo.

Por eso nosotras hemos roto con ella; no la queremos ni apreciamos, aunque la llevamos todavía muy dentro del corazón y bien debajo de la piel de abogada, de vendedora o de secretaria.

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