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Columnas de opinión Colombia

El confuso regreso del general Alzate

martes 02 de diciembre de 2014 El hermetismo con el que el Ejército de Colombia manejó el regreso del General Alzate y el de sus acompañantes, es una clara muestra de desconfianza frente a una prensa bogotana que, a pesar de ser afecta al régimen, no goza de la plena confianza de la cúpula militar. Las sombras de la liberación del ya conocido como "general Papaya".

El negociador de las FARC 'Pastor Alape' y el general Alzate.

El negociador de las FARC 'Pastor Alape' y el general Alzate.

Por Germán Ayala Osorio

Son tantas las preguntas, dudas y las infaltables especulaciones que giraron y que aún giran en torno al  desplazamiento del General Alzate a una zona roja, vestido de civil, desarmado, sin escoltas y la posterior retención por parte de miembros del Frente 34 de las Farc, que la declaración leída anoche 01 de diciembre, dejó más interrogantes.

Forzado por el Presidente y muy seguramente por la propia cúpula militar, Alzate Mora entregó una versión de los hechos que en lugar de despejar y responder interrogantes, dejó más dudas frente a lo que realmente pasó ese día en el caserío Las Mercedes.  Hasta el Procurador Ordóñez dijo que en este caso hay extrañas circunstancias.

El país mediático estaba reclamando respuestas. Se esperaba, eso sí, una rueda de prensa y unos periodistas acuciosos por saber qué fue lo que realmente pasó. De la lectura del comunicado quedan claros varios asuntos: el primero, falló la inteligencia militar. Se cometieron errores protuberantes en la interpretación de los hechos y de la información de orden público y de los movimientos del enemigo en la zona; el segundo, el General se equivocó al no seguir los protocolos de seguridad,  y por eso pidió la baja, con  voz entrecortada. El tercero, la renuncia del alto oficial debilitará aún más las relaciones entre la cúpula militar y el Gobierno de Santos, en particular con el Presidente y su ministro de la Defensa. El cuarto asunto tiene que ver con la rapidez con la que la baja o solicitud de retiro de la fuerza fue aceptada por el Presidente. Sin duda, estaba ‘pactada’ la salida del alto oficial. No se trató de una decisión autónoma y repentina del oficial. Intentaron, eso sí, darle una salida digna, permitiéndole dar unas explicaciones que a nadie convencieron.

El proceso de La Habana

Los primeros efectos de la retención o secuestro de Alzate ya el país los conoce: Santos, presionado por la cúpula militar, dejó de lado sus dudas y su molestia frente a la desaparición del General y suspendió las conversaciones con las Farc[1]. Violó las reglas con las que se pactó negociar en La Habana.

En estos momentos, la confianza entre los equipos  negociadores está debilitada. Y será difícil recuperarla ahora que se sabe que el General cometió errores que por su rango y experiencia, no podía cometer. Es decir, por la incompetencia de un alto oficial el proceso de paz se puso en riesgo. Menos mal no se trató de una ruptura definitiva.

Muy seguramente los máximos voceros de las Farc exigirán al Gobierno continuar con los diálogos, sobre la base de respetar lo acordado. Es decir, que lo que pase en Colombia no afecte la mesa de conversaciones. O por el contrario, insistirán en la declaración de un cese bilateral del fuego o por lo menos, la discusión del desescalamiento de los actos y hechos de guerra. Y ello incluye, que las Farc no ataquen infraestructura económica y abandonen otras prácticas de guerra y por el lado de  la fuerza pública,  un cese bombardeos hasta que se firme el fin del conflicto.

Santos deberá dar claras muestras de que la unidad de mando de las tropas estatales está en sus manos y que él, como comandante y jefe supremo de las fuerzas armadas, tiene total control de las decisiones operacionales de las distintas fuerzas. No es bueno y mucho menos resulta presentable que la cúpula fariana termine dando mejores muestras de unidad de mando que el propio jefe del Estado. El operativo dispuesto para devolver al General Alzate da muestras de unidad de mando al interior de las Farc. Por lo delicada de la situación, el máximo jefe de las Farc envió al comandante Pastor Álape para que asumiera la entrega del militar.

Por ello, y de cara a la continuidad del proceso de paz, Santos deberá mandar mensajes claros a la Mesa instalada en Cuba, en el sentido en que sobre él descansa la unidad del mando de la tropa y el sometimiento de la misma al poder civil. Y la mejor forma de hacerlo es sacudir la cúpula militar y llamar a calificar servicios a todos aquellos oficiales que no lo acompañen en su idea de firmar el fin del conflicto con las Farc. En especial, aquellos que aún mantienen contacto y guardan afecto por aquel que por ocho años debilitó la institución castrense, creando mecanismos paralelos o formas de operar por fuera de la ortodoxia militar. Es más, la figura del ministro de la Defensa, Juan Carlos Pinzón, deviene desgastada tanto para el país político, como hacia el interior de las fuerzas armadas.

El proceso de paz necesita con urgencia que la cúpula militar se apersone de los temas militares que los une con las Farc. Temas como el desescalamiento del conflicto, la entrega de armas, la concentración de las Farc ante un eventual cese bilateral  y el desminado, entre otros asuntos, necesitan ser discutidos por militares y policías activos. Es conveniente que los combatientes discutan esos y otros asuntos, cara a cara. Finalmente, son ellos los que aún están en pie de guerra.

Nuevamente saldrán a señalar los enemigos del proceso de La Habana que la moral se verá afectada por la presencia de militares activos en la Mesa de Diálogo. No se trata de que el fin del conflicto lo pacten los combatientes. De lo que se trata es de aceptar que hay asuntos de la guerra que solo pueden ser discutidos por quienes participan de las hostilidades en su calidad de “guerreros”.

Horas después de la liberación

Una vez entregado el General Alzate Mora, el suboficial Contreras y la abogada Gloria Urrego a funcionarios del Comité Internacional de la  Cruz Roja, el Ejército corrió con total diligencia y hermetismo a hacer dos tareas: una, vestir al “desnudo” General y la segunda, a pedirle explicaciones al militar y presionar que diera una declaración que confirmara que se trató de un secuestro.

El Ejército quiso convertir la liberación del General Alzate Mora en una suerte de operativo de reivindicación del nombre del alto oficial, así como de la fuerza a la que pertenece, mancillados por la retención y/o secuestro, perpetrada por miembros del Frente 34 de las Farc y además, por las versiones ultrajantes que circularon en los medios masivos y redes sociales, con las que se indicaba que se trataría de un error imperdonable de un oficial de tan alta graduación. Pero los hechos narrados por Alzate en la reunión privada con el Ministro de la Defensa y la cúpula militar y la presión de Santos, no pudieron evitar el desenlace que hoy el país conoce, así persistan muchas  dudas sobre lo que realmente hacía el General en la zona en donde fue retenido o secuestrado.

Y es que se trató del secuestro de un General. Y eso siempre lo tuvieron claro la prensa, el Gobierno y la cúpula militar; mientras que los voceros de las Farc hablaban de un prisionero de guerra y de lujo. Por 14 días, las Farc  tuvieron prisionero,  retenido o secuestrado a un alto oficial. Sin duda, un hecho político y militar con el que las Farc mandaron un claro mensaje: a pesar de ocho años de seguridad democrática, parte del Chocó sigue sin consolidarse por parte del Estado, de allí que  aún mantengan la capacidad de  hacer daño. Pero ese mismo hecho político y militar para las Fuerzas Militares,  significó un golpe a la moral,  a la dignidad y al honor militar de sus hombres y una inesperada afrenta de la que tardarán en reponerse. La única forma de resarcir ese golpe será asesinando o capturando a un miembro de la cúpula fariana.

Por ello y ante las reacciones negativas de sectores de la opinión pública por las confusas circunstancias en las que el General, la abogada Gloria Urrego y el Cabo Contreras fueron privados de la libertad, el comando del Ejército decidió evitar que  Alzate Mora se enfrentara a un interrogatorio periodístico en donde esas dudas y las versiones que intentaban explicar su presencia de civil y sin escoltas, en Las Mercedes, territorio fariano, salieran a flote y sirvieran para develar lo que el 01 de diciembre el General aceptó:  que se trató de un error (¡todo un papayazo!) que los guerrilleros del Frente 34 no esperaban y que aprovecharon para exhibir al General Alzate como un trofeo de guerra.

Lo cierto es que el hermetismo con el que el Ejército manejó el regreso del General  y el de sus acompañantes, es una clara muestra de desconfianza frente a una prensa bogotana que, a pesar de ser afecta al régimen, no goza de la plena confianza de la cúpula militar.

Escolio 1. El General Alzate habló en su declaración que fue obligado a posar y a hacer parte de un show mediático, en referencia a las fotografías tomadas y divulgadas por las Farc antes de ser liberado. Baste con recordar la digna actitud de Ingrid Betancur que no quiso hablar ante la grabación de una prueba de supervivencia. Guardó silencio. El General bien pudo negarse a hacer parte de las imágenes, en especial aquella en la que aparece con el guerrillero Pastor Álape.

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