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Columnas de opinión Ecuador

El presidente y su excelencia

miércoles 25 de enero de 2012 Fernando Vega analiza el cambio en el discurso del presidente de Ecuador, Rafael Correa, y como, tras éste, "se esconde el mono paradigma centroeuropeo y colonial". Un texto crítico de uno de los ex asambleístas que cuestionan la deriva de la llamada Revolución Ciudadana.

Por Fernando Vega

De un tiempo a esta parte el Presidente ha ido cambiando el vocabulario de sus discursos, tanto por lo que dice como por lo que deja de decir, como también por los énfasis y las insistencias. Esto es más significativo dependiendo de los auditorios a los que se dirige y de los tiempos políticos que marcan sus intervenciones. En tiempos electorales, vuelven a florecer las consignas marchitas de los primeros días de la Revolución Ciudadana, pero es claro que no tienen otra función que reavivar la memoria del tiempo mítico de los orígenes. En el lenguaje cotidiano y en momentos de mayor espontaneidad, el presidente se explaya sobre lo que realmente siente y piensa.

Quizá lo que menos resuena en los oídos de sus devotos, en estos últimos tiempos es la referencia a la constituyente y a la constitución del 2008, en cambio hoy le oímos a cada rato hablar de la “excelencia” y de la “cultura de la excelencia”. Parece ser que el mayor enemigo real que ha encontrado en su ejercicio de gobierno es la “mediocridad” de los ecuatorianos, empezando por sus propios colaboradores, que le impiden lograr los objetivos de su “revolución rápida, profunda y en democracia”. “¡Cuánta mediocridad!” Le escuchamos decir a cada paso para apostrofar a sus enemigos. Pero, cada vez más, el presidente parece estar convencido que los ecuatorianos en su mayoría son mediocres, en contraste con las virtudes anglosajonas que se solaza en encomiar.

Para iniciar nuestra reflexión sobre la excelencia podemos recurrir al diccionario y encontraremos que excelencia, es históricamente un título atribuido a personajes importantes como papas, emperadores y tiranos, y cuyos sinónimos son “alteza”, “eminencia”, ilustrísima”, “grandiosidad”, “magnificencia”, “sublimidad”, “hermosura”, “singularidad” y “virtud”. Estos calificativos hacen pues referencia a la majestad y calidad humana de la que se suponen están investidos algunos seres privilegiados por el destino, para regir la vida de los pueblos sometidos a su gobierno.  No cabe duda que estas acepciones bien le cuadran a nuestro presidente, ya que más de una vez, el mismo ha reclamado el respeto para “la majestad” del cargo del que está investido.

Sin embargo, el diccionario también contempla entre los sinónimos uno que a propósito no lo hemos mencionado: “la calidad”. Parece que es desde esta entrada, de donde la “excelencia” ha emigrado al lenguaje empresarial. Sin lugar a equivocarnos, podemos decir, que superados los usos anticuados de los títulos honoríficos, el término se ha convertido en patrimonio del lenguaje capitalista, cuya máxima expresión es la empresa. Hablamos entonces de “Excelencia Empresarial”. Sin necesidad de recurrir a grandes tratados, encontramos divulgados, en cualquier manual,  definiciones de lo que significa el concepto, objeto de conferencistas del desarrollo y de la gerencia empresarial y de liderazgo. He aquí una muestra:

“Excelencia empresarial, es el conjunto de prácticas sobresalientes en la gestión de una organización y el logro de resultados, basados en conceptos fundamentales que incluyen: orientación hacia los resultados, orientación al cliente, liderazgo y perseverancia, procesos y hechos, implicación de las personas, mejora continua e innovación, alianzas mutuamente beneficiosas y responsabilidad social”.  “Cultura empresarial, identifica la forma de ser de una empresa y se manifiesta en la forma de actuar ante los problemas y oportunidades de gestión y adaptación a los cambios externos e internos que son interiorizados en forma de creencias y talentos colectivos que se trasmiten y enseñan e los nuevos miembros, como manera de pensar, vivir y actuar”.

No pasará desapercibido a una escucha atenta, que estos conceptos resuenan en cada uno de los discursos y cadenas sabatinas del presidente. No cabe duda, que el presidente atribuye a esta filosofía ultramoderna del capitalismo, el exitoso desarrollo de los países asiáticos, como Japón y los Tigres de Malasia, y de empresas lideradas por jóvenes profesionales de las empresas informáticas como las patentes de Google o el Twiter, que el propio presidente usa como medio, para su permanente comunicación bajo el nombre de “mashicorrea”. Es notoria la asociación que el presidente hace del éxito empresarial con la tecnología digital de procesamiento de datos y de comunicación. El presidente no solo habla, lo vive y lo practica, hay que reconocer su coherencia.

Para el presidente está sumamente claro que la brecha tecnológica entre los viejos y los jóvenes es un asunto insalvable. Empezando por la dinámica que imponen las nuevas tecnologías. Los viejos caminan a paso de tortuga, los jóvenes vuelan en los corceles del ciberespacio. Nuestras culturas ancestrales sirven para el folklore pero no para el desarrollo. Incluso la apuesta desarrollista y extractivista sopesa en su justo precio, la necesidad de minerales para sostener el desarrollo tecnológico del planeta. El futuro prometedor del Ecuador va por allí y todo el que lo ponga en duda no es más que un “infantil”, un trasnochado, incapaz de no ver por dónde va el desarrollo. Ello explica también, que la única opción de los viejos es jubilarse. Hay que meter sangre joven.

Si continuamos investigando la doctrina de la excelencia, nos topamos también con  otra entrada, que no procede tanto del ámbito de la economía y de la gestión empresarial, sino más bien de la filosofía y la psicología del desarrollo y del crecimiento personal y del ámbito de la espiritualidad. En esta vertiente más que ser exitosos en el mundo competitivo del mercado, la excelencia apunta a la formación, desarrollo y crecimiento de las personas. Se trata es de tomar la decisión de llegar a ser excelentes seres humanos  y poder contribuir a la generación de sociedades de alta calidad de vida, de ser felices y vivir en armonía con la comunidad y el entorno, de cambiar nuestros modos de relación con el entorno, con la comunidad y hasta con Dios. Aunque para algunos, los fundamentalistas empresariales, no parezca muy obvio, esta entrada exige colocar en las ecuaciones otras variables que no se miden ni se pueden medir.

Desgraciadamente, no parece ser que esta versión de la excelencia sea la que más le preocupa a nuestro mandatario, ya que las mediciones de la SENPLADES están atoradas en el laberinto de los indicadores del buen vivir, que a la postre no reflejan otra cosa que la salud de un Estado de bienestar, de aquellos que ya está en crisis y desmantelamiento en los países desarrollados, que tanto admira nuestro presidente. Una planificación vertical y centralista que no soporta las contingencias propias de la incertidumbre de un mundo complejo, dinámico e interrelacionado. Basta constatar cómo el portal de compras, creado con las mejores intenciones, se ha convertido, en muchísimos casos, en el escollo más grande para el cumplimiento de los presupuestos, desde los ministerios, hasta las juntas parroquiales.

El presidente es un creyente convencido en las ilimitadas posibilidades de la ciencia y en la técnica como todo profesional moderno. En el afán de levantar la autoestima proclama que todo es posible y que si le dan unos cien años de gobierno logrará hasta lo imposible. Por ello proclama que se puede hacer minería en Quimsacocha y en la Cordillera del Cóndor y está dispuesto a sacrificar la biodiversidad del Yasuní con el plan B, porque los ecuatorianos saludables y poseedores de los phds serán imparables y sacarán al Ecuador adelante, aunque sea sobre las ruinas de los ecosistemas y las culturas.

En aras de la modernización reformista, este gobierno, rinde culto al paradigma mecanicista y competitivo propio de la cultura industrial y de mercado. Como el Estado es una máquina que bien aceitada debe funcionar a la perfección, los ciudadanos y funcionarios “son necesarios, pero no indispensables”, porque como en las máquinas, las piezas son desechables y sustituibles, así también las personas. Cuando ya no le sirven para sus propósitos, se les cambia y punto; el único insustituible es el líder, porque al decir del propio presidente, no se ve en el horizonte quien pueda hacer las cosas mejor que él y con razón los devotos ciudadanos claman “¡reelección, reelección!”.

Pero además de que el Estado debe ser una máquina centralizada y avasalladora en términos administrativos. En términos políticos, debe competir en el mercado, considerado como un conjunto de arenas en las que se lucha para vencer y mantenerse siempre a la cabeza del campeonato, desde el ring de la política internacional, pasando por los enfrentamientos con todos los enemigos reales y virtuales de la prensa y la oposición, hasta los espacios del propio buró político donde sus áulicos pugnan por destronar al que está más arriba para saborear  las mieles del poder. El presidente está en lucha permanente, incluso consigo mismo, enredado en la propia telaraña de su carácter violento e intemperante.

Y es precisamente por allí, por donde empieza a hacer agua la cacareada “excelencia”, porque según la doctrina empresarial, neoliberal y competitiva, más avanzada, se ha comprobado que “más moscas se cazan con una gota de miel que con un barril de hiel”, cuando se dice que “la excelencia es el arte, logrado con el ejercicio, de liderar, gestionar, basado entre otras cosas en la capacidad de hacer participar a los otros, en la motivación para lograrlo y no en el uso de la fuerza, la amenaza, el autoritarismo y el creerse dueño de la verdad”.  De lo contrario las reformas y las innovaciones duran lo que dura la imposición y se desvanecen como el rocío de la mañana cuando cambian las circunstancias. Una revolución de calidad, necita de la participación de los actores involucrados y para arraigar requiere de tiempo, cosas que ésta revolución parece no tener.

Ello explica que, y el presidente está consciente de ello, que el gran reto de las próximas elecciones no será tanto la reelección presidencial,  cuanto el conseguir una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. El problema es que no es tan fácil endosar su popularidad a los asambleístas de PAIS, venidos a menos en el patio trasero y sucursal del supremo legislador de Carondelet. Porque resulta que cuanto más alineados y alza manos, más mediocres y menos excelentes. Y algo parecido pasa con los liderazgos locales. A tanto llegó la cosa que el presidente llegó a reconocer por dos veces en el discurso de aniversario que ha tenido que depender del chantaje de los comodines de la asamblea para que pasen de agache sus vetos.

Esto explica también las últimas reformas al Código de la Democracia para preparar la cancha inclinada, las reglas de juego y los árbitros vendidos de la próxima gesta electoral. De otra manera el proyecto RC está en riesgo. Y es que, a pesar de que ya tenemos en el Ecuador un “gobierno homogéneo” –El general Franco llegó a tener un gobierno con todos sus ministros del Opus Dei- en el que todos los poderes del Estado están cooptados por el partido único: Corte Constitucional, Asamblea Nacional, Consejo Electoral, Consejo de Participación Ciudadana, Corte Nacional de Justicia, medios de comunicación. Sin embargo, el temor a perder el poder absoluto, ronda los sueños del mandatario, porque aunque en el “espejito, espejito” de cada mañana, no aparece ningún contendor más excelente y bello, sus propios fantasmas no le dejan en paz.

Y como ya pasaron cinco años y ya no hay a quien echarle la culpa, hay que resucitar a cada rato el cadáver de la partidocracia y levantar los molinos de viento de la prensa corrupta, pero como esto no es suficiente la culpable de que el proyecto RC no avance al ritmo deseado y no de los frutos apetecidos es la cultura de los ecuatorianos, -algo nos suena, a las tesis del inventor de la democracia más aburrida del mundo, a decir del Pájaro Febres Cordero, Oswaldo Hurtado-. Y tiene razón el presidente, porque a pesar de tanta inversión salud las cosas no marchan y el Baca Carbo sigue siendo una calamidad y aunque el gobierno no se preste para las payasadas de los juicios políticos, el ministro tuvo que renunciar.

Pero es que no puede ser de otra manera. Einstein decía que cuando se hacen las cosas de la misma manera, no se pueden obtener sino los mismos resultados. Si este gobierno está volviendo a las viejas prácticas de la política ecuatoriana, cómo podremos esperar otros resultados. Cuando no existe libertad y estímulo para la creatividad y la iniciativa, cuando las órdenes bajan de arriba y el que no se alinea va fuera, entonces la mediocridad también, pese a la excelencia del mandatario, baja de arriba y crea la cultura de la sumisión y el agache y a la postre de la ineficiencia y la mediocridad, tan denostada por el propio autor de la cascada. El contar con mucho dinero y gastarlo, no asegura la calidad del gasto, más bien estimula el derroche y la ineficiencia.

Basta ver la calidad de algunos asambleístas, que ya se han aprendido de memoria el nuevo catecismo de RC para defender lo indefendible, traicionando sus conciencias y los principios que los llevaron a participar en los inicios del proceso. Basta acercarse a algunos municipios y juntas parroquiales para ver la prepotencia de noveles improvisados imitando en todo a su maestro, en todo lo inimitable, y pero sin su inteligencia y capacidad. A los muchachos de PAIS que trabajan para el movimiento en todos los espacios de la burocracia pública, sin aportar nada al gobierno local y aún en contra de sus propios alcaldes y prefectos. Se explica porque los gobiernos locales de la propia y renovada movimientocracia pueden ver reducidos sus presupuestos por incumplimiento.

Es de vergüenza la calidad de los jueces que hemos visto desfilar en los casos de la “honrra” vs. La prensa y los periodistas. Las sentencias, resoluciones, irresoluciones y lavadas de manos de la Corte Constitucional. La metida de mano en la justicia, aprobado por el pueblo ecuatoriano, ha sido hasta el hombro. Tanta indecencia, es vociferada como un triunfo. ¿Cómo pude el Ecuador llegar a la excelencia por semejantes caminos? Se practica en el más acendrado maquiavelismo de que el fin justifica los medios y los medios oficiales no dudan en maquillar los acontecimientos para dividir el planeta y la sociedad ecuatoriana en buenos y puros y malos y perversos. Y lo peor de todo, cuando se analizan los fines, estos no parecen tan santos.

En sus entrevistas distendidas el presidente admite que la RC no ha logrado cambiar las estructuras injustas del Ecuador, pero más todavía, tal parece que ha renunciado definitivamente a hacerlo. En el clima de la excelencia que gobierna el país está claro que las mejores oportunidades están de parte de las empresas y bancos excelentes que manejan tecnología de punta. Los grandes perdedores son los pobres, pobres, que ahora son más pobres. Basta ver, en el último censo los indicadores de las parroquias y cantones más pobres del país, casi todos en las zonas indígenas de la sierra y de los campesinos de la costa. Por ejemplo, mientras Cuenca, hablando de tecnología, tiene un 36% de acceso a internet, hay parroquias de la provincia que tienen 0% . ¿Cuándo para superar esta brecha?

A pesar de su formación, cristiana, gustavina y salesiana, ahora el presidente echa también la culpa de la pobreza a la religión que “ofrece sufrimiento en esta vida y bienaventuranza en la otra”. Pero el presidente parece haber olvidado uno de los puntales de la doctrina social de la Iglesia que proclama la dignidad inalienable de la persona humana y no digo nada del evangélico precepto del amor a los enemigos, pero por lo menos algún respeto. Parece que solo cuentan los números y las estadísticas, donde las personas desaparecen en el anonimato. Y el ejemplo cunde porque cualquiera de corazón verde se cree autorizado a tratar de la misma manera a sus críticos u opositores.

Tras el discurso de la excelencia se esconde el mono paradigma centroeuropeo y colonial, de en quién, a pesar de su paso por Sumbagua, pesa más su extracción de clase y su educación universitaria. Con razón, la crítica que hoy se hace a las izquierdas, si algo de izquierda queda en el gobierno, es que fueron y son sufragáneas de una ideología que nunca entendió el mundo andino y selvático de América Latina y en consecuencia el Buen Vivir, aunque sea en broma, puede ser reducido a las proporciones de pachanga y más o menos centímetros de tela. Durante todo una noche tratábamos de explicar a un asambleísta constituyente de Manabí lo que era el Buen Vivir pero resultó imposible. Cerveza, jolgorio, carro último modelo, tecnología de punta, eran sus referentes irrenunciables.

Las declaraciones de plurinacionalidad y pluriculturalidad de la Constitución del 2008 son por eso letra muerta, porque exigen el manejo de múltiples paradigmas y del pensamiento lateral y complejo y exige un ejercicio de descolonización mental radical y no de medio camino. De nada vale la proclamación de la soberanía cuando lo que hacemos es cambiar de amos y arrodillarnos ante el capital transnacional minero y al poder económico de China. De paso, alguien que ha trabajado seis años con los indígenas de Venezuela, cuenta la situación calamitosa de esta población en la tierra de Bolívar, el grado de dependencia generada por los subsidios y la incapacidad productiva del país, que ahora y más que antes todo lo importa.

Aunque parezca pretencioso decirlo el “Sumak Kawsay”  expresa un nuevo concepto de la excelencia, que sin renegar lo valioso que pueda tener el aporte occidental, en términos de tecnología y eficiencia, incorpora otros valores alternativos como respuesta a la crisis civilizatoria que vive el planeta. Porque el fin del mundo y del Ecuador no coincidirá seguramente con la finalización de la era RC y necesitamos ser responsables no solo del presente, sino también del futuro. Se quiere cambiar el presente, urgentemente, a presión, forzando los límites de la democracia, pero ya percibe el presidente que el peso del pasado es el que ha modelado el presente que vivimos y eso no se puede cambiar.

Dicen, por eso, que el presente es el pasado del futuro y solo sentando ahora las bases, haciendo las cosas con cordura y paciencia, con hondura y tiempo podremos construir un edificio que sobreviva a los vientos y tempestades del porvenir. Sería prudente escuchar al viejo guerrillero que gobierna el Uruguay: “hay que ir despacio para llegar lejos”, “no se puede hacer una revolución con un pueblo que es un analfabeto político”, “hemos gastado mucho dinero en inversión social y todavía no hemos hecho ninguna revolución”. “Me he negado a gobernar con el veto, porque la Asamblea es el espacio privilegiado del debate democrático”. “Ciertas radicalidades son infantiles” –también las del bisoño político que gobierna el Ecuador-. Escuchar a los viejos es sabiduría. La pasión obnubila las mentes lúcidas, endurece los corazones ardientes y a la postre, también puede ensuciar las manos limpias.

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