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Honduras: el difícil sendero de los pueblos indígenas y negros

miércoles 15 de agosto de 2012 La condición de colonialidad ha calado demasiado hondo en Honduras. En la medida en que las y los colonizados, en este caso indígenas y negros, continúen asumiendo su condición de sometimiento y miseria como algo natural, y sigan ovacionando a las élites políticas tradicionales como a sus únicos redentores, la vigencia del colonialismo interno está garantizada para rato.

El presidente Lobo, en Copán, durante la 'celebración' oficial del Día de los Pueblos Indígenas.

El presidente Lobo, en Copán, durante la 'celebración' oficial del Día de los Pueblos Indígenas.

Por Ollantay Itzammá

Los registros históricos indican que en el siglo XVII, en el actual territorio hondureño, coexistían alrededor de 400 mil nativos dispersos en diferentes pueblos. Situación que le generó serias dificultades a Pedro Alvarado, enviado de Hernán Cortés, quien requirió de más de dos décadas para “someter” a los pueblos de Honduras. La civilizaciones azteca e inca cayeron casi de manera inmediata (en sólo meses) una vez aniquilados sus gobernantes principales. La única rebelión indígena en Honduras, aún poco conocida, es la del pueblo indígena Lenca, liderada por el legendario líder Lempira, que desafió a los invasores aprovechando de la topografía y del clima del lugar, hasta que fue vencido en 1573.

En la medida en que dichos pueblos eran vencidos, iban directamente a parar a los centros mineros de la región, e incluso de América del Sur. De esta manera, amortizaron la demanda de la mano de obra esclava para el funcionamiento del sistema colonial en el siglo XVII, hasta que fueron traídos las y los primeros africanos (siglo XVIII).

El saqueo de la población indígena en Honduras fue tan brutal que, cuando la Corona española, en su intento de proteger la mano de obra nativa, mediante la creación de pueblos indios, promulgó las Leyes de Indias (1542), en este país centroamericano ya no existían comunidades indígenas demográficamente significativas. En Guatemala se establecieron, bajo dichas leyes, más de 700 pueblos indios. En Honduras, no existe registro significativo de pueblos indios.

Ésta es quizás una de las razones fundamentales del por qué en Guatemala los pueblos indígenas preservan sus idiomas, vestimentas, espiritualidades, comidas, modos de producción, etc. Mientras que en Honduras, tan sólo a minutos de las y los indígenas de Guatemala, los pueblos indígenas, actualmente organizados, carecen de idiomas nativos, espiritualidades, vestimentas, modos de producción, etc.

La conmemoración del quinto centenario de la invasión española (1992) estimuló la rearticulación de los pueblos indígenas en Honduras, quienes amparados en el Convenio 169° de la OIT lograron ser reconocidos como tales por el Estado. En la actualidad, los pueblos indígenas reconocidos son: Lenca, Maya Chortí, Pech, Tolupanes, Tawakas y Nahua. Mientras los pueblos coloniales (fruto del encuentro de nativos con africanos e ingleses) son: Garífuna, Miskito y Creol. Con este reconocimiento de pueblos indígenas y negros, los gobiernos hondureños aparecieron en la comunidad internacional a tono con los vientos multiculturales que soplaban en décadas pasadas. Pero, ni tan siquiera este supuesto multiculturalismo es honesto en Honduras.

Diferentes gobiernos de turno fueron promoviendo y distribuyendo múltiples personerías jurídicas a un mismo pueblo indígena. Un ejemplo claro es el pueblo Lenca que tiene cinco registros de personería jurídica con estatus de pueblo indígena. ¿Cómo puede un Estado serio extender cinco identidades diferentes a una misma persona? Y esto ocurre con los otros pueblos indígenas y negros.

La finalidad de esta estrategia de la legalización de múltiples organizaciones paralelas fue mantener arrodillados a indígenas y negros, instrumentalizarlos políticamente, y utilizarlos para limpiar el rostro etnofágico del aparente Estado. Existen organizaciones como el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINNH) y la Organización Fraterna de Negros de Honduras (OFRANEH) que se resisten a estas manipulaciones, pero son organizaciones criminalizadas, perseguidas y reprimidas por los diferentes gobiernos de turno.

La celebración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, el pasado 9 de agosto, en Copán  Ruinas, retrata, de forma grotesca, la manipulación política que el actual régimen, como otros, hacen de estas organizaciones, con el consentimiento expreso de sus dirigentes. Diferentes delegaciones de indígenas y negros del país, fueron trasladados hacia el Santuario Arqueológico Maya Chortí, en Copán Ruinas, donde se realizó dicho acto celebrativo. Estuvieron representados todos los pueblos, pero mediante las organizaciones paralelas, y casi nadie conocía el motivo de la celebración. No hubo más de 500 personas. La mayoría, indígenas chortís del lugar. El acto se realizó al costado del Santuario Maya, pero los presentes no podían ingresar a dicho Santuario por ser un espacio reservado para gente con dinero, en especial extranjeros.

El saludo, las palabras de bienvenida, el discurso oficial, el cierre e incluso la moderación de la celebración del Día Internacional de Pueblos Indígenas estuvo a cargo de dirigentes políticos y funcionarios del Partido Nacional. Personas que duermen soñando con los EEUU, y viven escupiendo al indígena y negro en el país.

Indígenas carcomidos por la desnutrición y los parásitos, sin tierras, sumisos y providencialistas ovacionaron al Presidente de la República, Pepe Lobo, quien aterrizó en el lugar, en el único helicóptero operativo de la providencia norteamericana.

Una dirigenta chortí, revestida con su traje ritual, tomó de las manos al Presidente de la República y le llevó al imponente estrado, construido por los chortís en la víspera (donde indígenas no tenían espacio en la mesa principal), para que les hablara sobre la unidad y la obediencia en un país prácticamente inexistente. Las danzas, los actos rituales, los cantos, etc. todo era para rendir honores y pleitesía a los políticos, en función de gobierno, que prometieron y prometen el paraíso terrenal pero hacen de Honduras un país sin República, sin Estado, sin nación y sin dignidad.

Así transcurrió el evento. El Presidente se despidió anunciando las próximas fechas exactas para almorzar, por separado, en la casa presidencial con cada una de las organizaciones indígenas y negras presentes, mientras  los aplausos desesperados y las miradas tristes se confundían en el lugar. Al día siguiente, el gobierno central difundía desde sus espacios de información oficial: “Apoteósica celebración del Presidente de la República por el Día Internacional de Pueblos Indígenas en Honduras…”

La condición de colonialidad ha calado demasiado hondo en Honduras. En la medida en que las y los colonizados, en este caso indígenas y negros, continúen asumiendo su condición de sometimiento y miseria como algo natural, y sigan ovacionando a las élites políticas tradicionales (responsables de sus desgracias) como a sus únicos redentores, la vigencia del colonialismo interno está garantizada para rato. Aunque con esperanza también se ven esfuerzos sobrehumanos de sectores indígenas y negros que comienzan a cuestionar el colonialismo y el patriarcado interno y externo, pero estos esfuerzos encuentran serias dificultades para articular procesos de liberación por la fragmentación organizativa y la condición colonial de la gran mayoría de indígenas y negros de Honduras.

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