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Columnas de opinión Con los pies en la tierra

¿La economía mundial se hace el harakiri?

martes 12 de julio de 2011 Las presuntas soluciones a la crisis económica mundial no son más que una salida en falso –recortes fiscales brutales y un asalto inmisericorde sobre las condiciones de vida de la población- y tan solo garantizan un empeoramiento de la situación. Se pone así en marcha una espiral destructiva.

Por Luis Paulino Vargas Solís

Se ha hecho usual identificar el mes de agosto de 2007 como el momento en que empieza a manifestarse la crisis económica mundial del período reciente. Los acontecimientos actuales –particularmente en Europa y Estados Unidos- dejan en claro que la crisis sigue su curso y aún está lejos de haberse resuelto. Esto, que debería tener profundamente preocupada a la Presidenta Chinchilla y su equipo, parece, sin embargo, ser considerado un detalle irrelevante.

Hoy día, la atención tiende a concentrarse en la situación de virtual colapso de la economía griega y, a su lado, la caída de Irlanda y los densos nubarrones de tormenta que se proyectan sobre España y Portugal. Pero ya se hizo evidente que el “contagio” empieza a desestabilizar a Italia. Y, sin embargo, todo indica que la situación en Estados Unidos es de una gravedad comparable.

Se ha evidenciado que no todos los casos son idénticos, de modo que, por ejemplo, la relativa laxitud fiscal de Grecia no es atribuible en grado similar a España o Portugal, si bien, y por otra parte, España comparte con Irlanda dañinos efectos derivados de un auge especulativo alentado por flujos masivos de capitales especulativos. Y, sin embargo, cada uno de estos aspectos no deja de ser más que un elemento parcial dentro de un cuadro general que incorpora muchos otros elementos problemáticos, incluyendo el que esos países sean parte de la zona euro, lo que hoy les dificulta generar respuestas ante la crisis.

Esa mezcla de factores (que los enlisto solo parcialmente) influyó en que se dieran niveles de endeudamiento público que se volvieron explosivos, pero ello necesariamente debe ser visto en relación con un detonante que tuvo efectos generalizados: el derrumbe en 2007 de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos. Esa burbuja fue la base sobre la que se levantó un enorme edificio de especulación financiera. De ahí que el derrumbe de los precios de la vivienda en Estados Unidos desatara una espiral de destrucción que devastó los sistemas financieros, en un primer momento, y luego la producción y el empleo.

Entonces, y para empezar, digamos que la crisis griega –o la irlandesa o la española- en buena parte empezó en Estados Unidos.

A lo cual habría que agregar un dato obvio: los altos niveles de endeudamiento público no son privativos de estos países hoy sometidos a tan feroz asedio. Incluso en el caso de Estados Unidos, Francia o Gran Bretaña (a Alemania le ha ido algo mejor) -y ni se diga Japón- la deuda pública ha escalado alto y sigue en ascenso. Pero al mencionar esto último no queda si no ir de vuelta adonde decíamos hace un momento: es que esa espiral se disparó a partir del derrumbe inmobiliario y financiero estadounidense. Los datos en ese sentido son concluyentes.

Y, sin embargo, esto último sigue siendo solo una parte de la historia. Porque el auge especulativo inmobiliario-financiero que empujó hacia la crisis actual fue un fenómeno que también abarcó en grado considerable a Europa. Tales son las maravillas de la globalización: también España o Irlanda, entre otros, fueron parte del auge inmobiliario, pero –y quizá más importante aún- los grandes bancos franceses, alemanes o ingleses hicieron también su fiestón, en grado similar, y con similar ligereza e irresponsabilidad, como lo hicieron los gigantes bancarios neoyorkinos.

De donde va resultando que la crisis ha sido, como mínimo, un acontecimiento que pulveriza fronteras y salta sobre los océanos ¿Quiénes estuvieron detrás de esa orgía? Podríamos contestar en términos de categorías sociológicas abstractas (la “burguesía mundial” contestaría cierto marxismo proclive a las fórmulas totalizadoras y tranquilizantes). O bien podríamos intentar ser algo menos sofisticados pero ligeramente más precisos y decir que en la primera línea de responsabilidades aparecen los genios de las finanzas y la especulación que constituyen los cuadros sobrepagados de las transnacionales bancarias europeas y estadounidenses. Y, muy a su lado, las autoridades políticas que se prestaron gustosas al juego de la liberalización y desregulación financiera. En lo que a Estados Unidos se refiere, los nombres no son difíciles de recordar, e incluyen cuatro presidentes (Reagan, los dos Bush y Clinton) y, en sitio de privilegio, un míster de apellido Greespan, por casi dos decenios Presidente de la Reserva Federal estadounidense.

Bueno, pues es del caso que el derrumbe que empieza en agosto de 2007 y alcanza un punto de clímax hacia setiembre de 2008, hizo indispensable un altísimo nivel de intervención pública, en ausencia de lo cual la depresión económica subsecuente habría sido de alcances que mejor ni pensar. Pero una acción pública de tales dimensiones no es cosa anodina. Era de esperar –y no se ve por qué tanto asombro- que se darían niveles de endeudamiento público al alza.

Que ya algunos –podría ser el caso de Grecia- venían en una situación frágil, debería ser visto en este contexto como una predisposición desventajosa, pero no exactamente como el origen del problema. Por su parte, el fiestón bancario-especulativo que antecedió el derrumbe en Irlanda bien podría ser considerado un dato adicional, para ratificar lo inconveniente que resulta esa forma de gestión de la economía que el neoliberalismo mundial ha impuesto.

A estas alturas, resulta descabellado intentar negar que fue la intervención pública en gran escala lo que frenó el derrumbe económico generalizado. Ello lo admiten incluso estudiosos poco sospechosos de heterodoxia, como los economistas Moessner y Allen, vinculados al Banco de Pagos Internacionales (Bank for International Settlements, BIS). Su conclusión en un trabajo que publicaron en noviembre de 2010 (Banking Crises and the International Monetary System in the Great Depression and Now), es la siguiente: la liquidez provista por los bancos centrales con motivo de la crisis bancaria de 2008-2009 fue mayor, en una relación que oscila entre 5,5 y 7,5 veces, comparada con la que se proveyó con motivo de la crisis bancaria de 1931.

Entiéndase, pues, que, en este contexto, el endeudamiento público es un mal necesario. Y, sin embargo, observamos que el capitalismo, y en particular los sistemas financieros, se enredan en sus propios mecates y hace de aquel mal necesario un nuevo hervidero de crisis. Lo vemos claramente en el caso de Grecia y demás países atrapados en el problema de la deuda. Esta aumentó principalmente por pura necesidad, pero ahora los mercados financieros –y en particular ese engendro llamado “calificadoras de riesgo”- convierten esto en una trampa: tiran hacia abajo la “calificación” de esa deuda, lo que encarece brutalmente la posibilidad de obtener financiamiento que permita refinanciarla y pone a estos países al borde de la bancarrota.

Las presuntas soluciones no son más que una salida en falso –recortes fiscales brutales y un asalto inmisericorde sobre las condiciones de vida de la población- y tan solo garantizan un empeoramiento de la situación. Se pone así en marcha una espiral destructiva que empuja hacia la bancarrota y, con esto, al hundimiento del sistema financiero mundial.

Solo que Chinchilla y su gobierno aún no se dan cuenta…

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