Donar

Otramérica es posible gracias a tu aporte solidario

Columnas de opinión Con rostro

La invasión a Panamá: así la recuerdo yo

martes 20 de diciembre de 2011 Dolores nos transporta al día de la invasión de Panamá. Sus recuerdos son una herida abierta: "No puedo quedarme callada cuando otro se burla de los 'cuatro gatos' que cada año marcha y recuerda. No puedo dejar de contarle a mis hijos, aunque a veces temo que les estoy sembrando odio".

Por Dolores Flores Babilonia

 

Tenía 17 y acababa de acostarme. En quinto de secundaria y a punto de graduarme, la cantidad de trabajos finales era enorme.
Recuerdo que estaba casi dormida cuando escuché sonar el teléfono. Me puse nerviosa; nadie llama casi a medianoche para saludar. Mi hermana mayor se levantó, caminó hasta la sala y escuché que decía: “Está bien, Anita”. Escuché sus pasos de vuelta, llegó hasta el cuarto de mis papás y les dijo, casi en susurros: “Papá, mamá… Dice Anita que Estados Unidos nos invadió”.
Anita es mi tía y entonces vivía en Hato Pintado, hacia el centro de la ciudad. Nosotros, en Cerro Viento, en las afueras.  Al principio no escuchamos nada y en algunas casas de la calle empezaron a encenderse las luces. Lo que recuerdo después es ese rugido. Un ruido inmenso pasando sobre los techos, de ida y de vuelta. Y entonces, los bummm…. Largos, seguidos, muy graves.
Cerro Viento es un barrio del distrito de San Miguelito y en San Miguelito quedaba el cuartel de Tinajitas. Pues bien, las bombas estaban cayendo sobre Tinajitas. Primero lejanas, el sonido fue recogiéndonos el alma. Las luces de las casas se apagaron. Los bombazos se hicieron más frecuentes y luego ya no solo fue el sonido: una o dos veces, no recuerdo bien, la casa tembló entera. Recuerdo que sentí miedo de que los vidrios de las ventanas se reventaran. Recuerdo que me sorprendí con el sonido sordo que venía de la tierra y hacía vibrar las paredes de la casa. Recuerdo que papá nos dijo: “aléjense de los muebles”.
No recuerdo mucho más de esa noche pero sí de los vecinos que salieron con armas, para “cuidar” el barrio de los batalloneros. Yo sé que papá y mamá estaban preocupados. Hacía meses que a mamá le pagaban con pagarés (era funcionaria de gobierno) y papá era jubilado del Canal, de un puesto modesto. Para decirlo corto, en casa no abundaba la comida. En los últimos tiempos creo haber visto a mamá llorar porque, como desayuno, apenas si había unas tortitas de harina insípidas, horribles. Los almuerzos, con suerte, eran arroz con huevo. Yo no me daba cuenta del tamaño de la crisis tal vez por mi inconsciencia…
Papá y mamá no nos dejaron salir. Por las ventanas de la casa comenzamos a ver el desfile inmenso de vecinos cargando las cosas más increíbles: televisores, cajas registradoras, tamugas de ropa, zapatos, ganchos de ropa… Algunos pasaban con carretillas repletas. Ahora que lo pienso me parece hasta audaz porque entonces Cerro Viento estaba rodeado de potreros y para participara del saqueo había que ir hasta la avenida Central.
Pasados los días, mamá decidió salir. Mi hermana y yo la acompañamos a ese recorrido por las tiendas del barrio, con la esperanza todavía de encontrar algo. No sé si tuvimos suerte. Sí sé, sin embargo, que practicamos el trueque: si el vecino consiguió arroz y yo frijoles, se intercambió.
Lo siguiente que recuerdo es  que regresé a la escuela. Creo que ya era enero de 1990 y aunque el año lectivo se había suspendido, había que ir al colegio a terminar el proceso de graduación.
Lo siguiente que veo es ir caminando con varias compañeras de la escuela hacia la parada de buses, en Plaza Porras. La ciudad entera estaba llena de soldados gringos, de tanquetas, de alambre de púas. No se podía caminar cerca de, por ejemplo, la embajada de Cuba. Había una tanqueta y varios soldados frente al edificio del Tribunal Electoral.
Papá me había dicho que no estuviera sola, que caminara siempre en grupo. Pues bien, ahí íbamos todas (la escuela era mayoritariamente femenina). De pronto, cuando vamos pasando frente a las oficinas del Tribunal, a alguna se le ocurre que quiere ir donde los gringos. Comienzan las risitas, las miraditas. Yo pensé que era chiste pero no. Avancé unos pasos. Pero entonces los miré a los ojos y comencé a sentirme rara, fastidiada… Mis compañeras empezaron a practicar el inglés aprendido en la escuela, a coquetearles, a tomarse fotos. Yo no pude. Las esperé, para no estar sola, pero me sentí humillada.
Algunos sectores de este país en el que me tocó vivir no han parado de decir que lo del 20 fue una liberación. Algunos, incluso, me han dicho que para qué seguir hablando de un tema que no lleva a ninguna parte. Muchos me han dicho: pasemos la página. Varios se han burlado o a varios he desesperado por esta necedad mía de recordar.
Tal vez quede en loca o tal vez sea yo una exagerada porque, después de todo, a mí no se me murió nadie en la invasión. Es decir, “no tengo” heridas. Y pido perdón aquí por quienes sí perdieron…
Pero yo no puedo aceptar, aunque se cansen de darme “razones”, que un país venga y bombardee y mate a panameños. No puedo aceptar de buen humor que alguien decida hacer su fiesta de Navidad un 20 de Diciembre. No puedo quedarme callada cuando otro se burla de los “cuatro gatos” que cada año marcha y recuerda. No puedo dejar de contarle a mis hijos, aunque a veces temo que les estoy sembrando odio.
Es sencillo: es mentira buena parte de lo que nos han dicho y es mentira algo fundamental: yo sí tengo heridas.

 

 

Ir arriba

¿Qué puedes hacer en Otramérica?

×