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La segunda extirpación de las idolatrías

viernes 17 de mayo de 2013 "El entronque entre proyecto indígena y secta cristiana es tóxico". Así de claro lo ve María Galindo, que denuncia las intenciones coloniales del cristianismo fundamentalista en el reconocimiento masivo que le hicieron al presiente del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales, a finales de abril. Símbolos como ese esconden metáforas aterradoras.

Alberto Salcedo, pastor de Ekklesía, le entrega el reconocimiento a Morales en la sede de la secta.

Alberto Salcedo, pastor de Ekklesía, le entrega el reconocimiento a Morales en la sede de la secta.

Por María Galindo

Una de las armas más eficaces de la Conquista fue la extirpación de idolatrías que, además de quemar a mujeres acusadas de brujería, calificó las prácticas culturales propias como demoniacas con la finalidad de eliminarlas por la vía del temor al castigo divino.
En Bolivia, a través del gigante fenómeno de los cristianos fundamentalistas de secta, estamos asistiendo a la segunda extirpación de idolatrías. Son sectas que condenan a todos los santos de la Iglesia Católica, predican que hay un solo Dios bajo el precepto de que cada santo ha servido a lo largo de los tiempos como camuflaje para practicar una suerte de politeísmo y revivir visiones ancestrales del mundo. 
Condenan las entradas folklóricas, la ch’alla, el alcohol y el pijcheo de coca. Condenan la lectura de la hoja de coca y la condición sagrada de ésta como elemento ritual. Predican la sumisión de las mujeres, fomentan la violencia machista y declaran que deben ser las mujeres las guardianas y protectoras de la familia a costa de sus sueños y de su propia vida. Predican el diezmo para sostener la iglesia y en base a éste –con el cual según los y las pastoras literalmente te compras el amor de Dios– han montado un canal de televisión, radio y recintos millonarios de oración.
Esta proliferación es más fuerte a nivel de las zonas populares donde hay salones de oración en cada cuadra. 
Es una guerra ideológica imperialista comparable con los mormones y otras sectas que con la prédica realizan la segunda extirpación de idolatrías. Su propuesta no es combatir al enemigo, sino presentarlo como demoniaco para luego convertirlo.
Evo Morales, en su afán de ganar votos y en ese proceso desesperado de despersonalización que está viviendo, en ese proceso plagado de contradicciones hechas de la angurria de apoyo social para seguir encumbrándose en el poder, ha asistido a una premiación y bendición que Ekklesía le ha hecho
El arte manipulatorio de esa bendición ha tenido como contenido principal los hijos del Presidente y la autoridad de él, porque no dudan en penetrar los sentimientos del Presidente tocando sus fibras sensibles. 
El gesto era una masa fanática orando por Evo para quitarle lo más valioso que tiene y extirpar en él lo único que lo caracteriza como diferente. 
No tengo la menor duda de que se trató de un acto calculado por Ekklesía para buscar dentro del Gobierno espacios de poder, como lo hicieron otrora con el Gobierno de Carlos Mesa; ellos venden bendiciones a cambio de poder terrenal. 
El Presidente habló del Estado laico como el escenario que permite la presencia de todas las religiones, cuando Estado laico significa exactamente lo contrario: sacar a todas las religiones de los asuntos del Estado y no aceptar injerencia religiosa en política alguna, menos aun en educación y salud. 
La penetración de esta segunda extirpación de idolatrías colonialista ha cundido hace tiempo en el movimiento indígena campesino; la presidenta de la Asamblea Constituyente, Silvia Lazarte, es cristiana y por eso, como parte de su guerra personal, borró abusivamente de la Constitución el artículo que determinaba que el matrimonio era la unión de dos personas para cerrar el paso al reconocimiento de la convivencia homosexual. 
El entronque entre proyecto indígena y secta cristiana es tóxico porque convierte a un sujeto emancipatorio en un sujeto reaccionario. La obsesión es “convertir” al indígena, despojarle de sus propias concepciones de mundo y volverlo el principal extirpador de libertad.

*Publicado originalmente en Página Siete

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