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personajes Julio López

Desaparecer en la Argentina democrática

miércoles 05 de octubre de 2011 El 18 de septiembre de 2006, Julio López desapareció por primera vez. La gente en Argentina no desaparece: la desaparecen. Conoce el caso de este hombre valiente que se atrevió a testificar contra los torturadores y se convirtió en el primer desaparecido de la democracia argentina.

Por Iñaki Marqués Rodríguez

Según la definición de la Real Academia de la Lengua el silencio es la falta de ruido, uno modestamente se imagina que la Argentina  de finales de los setenta y principio de los ochenta era silencio, un silencio que se transformaba en miedo delante de las casi 30.000 desapariciones que se produjeron durante la dictadura militar comandada por el militar Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti.

Una de esas desapariciones fue la de un albañil platense Jorge Julio López, que fue detenido y llevado a distintos centros clandestinos de tortura. Julio López estuvo desparecido desde 21 de octubre de 1976 hasta el 25 de junio 1979. Lo que tendría que ser una cosa a festejar se convierte en más silencio: Julio López en 1979 ya no es un desparecido, pero la dictadura militar sigue con pie firme su andadura, y López solo puede intentar después de tres años de torturas en los centros de detención reconstruir su vida… en silencio.

El caso de Julio López no es más que un ejemplo de cómo se hacían las cosas en la Argentina de la época, la gente desparecía y nadie sabía nada, algunos podían considerarse afortunados porque aparecían de nuevo pero muchos de ellos, la mayoría, dejaron su vida en los centros de detención después, sepultados en fosas comunes, o en los tristemente famosos vuelos de la muerte, una práctica de extermino que consistía en arrojar al prisionero al mar desde los aviones.

Un ejemplo claro de lo que el general Rafael Videla pensaba sobre los desparecidos lo encontramos en el libro de la periodista María Seoane: “[…] Estuvimos todos de acuerdo. ¿Dar a conocer dónde están los restos? Pero ¿qué es lo que podíamos señalar? ¿El mar, el Río de la Plata, el Riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo […]”

El 4 de abril de 1977 Julio López es ‘blanqueado’ como preso político y es puesto en libertad en junio de 1979. Por aquel tiempo decide que el exilio es la solución. No será hasta mediados de los años 80 cuando vuelva a Argentina, un país en proceso de cambio, pero aún con reductos de ese pasado que atormenta a miles de familias.

Sigue el silencio, y  el miedo no ha desparecido, animado, sin duda, por leyes como La Ley de Punto Final (1986) y la Ley de Obediencia Debida (1987), dictadas bajo el gobierno de Ricardo Alfonsín y que eximían de juicio a los militares sobre las atrocidades ocurridas durante la dictadura.

 

La hora de hablar

No fue hasta 30 años después de la primera desaparición que Julio López que se iniciaron los primeros juicios contra los genocidas. El primero a principios de 2003 fue Miguel Etchecolatz, jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires y encargado de uno de los centros de detención donde López estuvo detenido. Los familiares y amigos de López cuentan las expectativas que él tenía puestas en ese juicio; el silencio después de 30 años se convertía en ilusión, una ilusión que iba mas allá de la personal… una ilusión colectiva. Parecía que Argentina se hacía grande, conseguía lo que muchos países no son capaces de hacer: revisar su propia historia y hacer justicia. En eso, Julio López era protagonista. Como era de esperar la declaración fue emotiva, no fue fácil mirar hacía atrás y recordar no solo su sufrimiento, sino el de sus compañeros.

Jorge López preguntó si al día siguiente podría encontrase cara a cara a Miguel Etchecolatz, quería volver a ver el rostro del torturador y asesino 

López es un testigo valiente, sabe lo que vio, y sabe quién lo hizo, y esto hace que su declaración sea un tesoro de recuerdos.  En palabras de Carlos Rozanski, titular del Tribunal Oral: “[…] En personas como López lo que se nota es que están más allá de las inhibiciones porque su convencimiento de lo que tienen que decir, por lo que han vivido y por lo que han callado durante toda una vida, supera ese estrés que produce el estrado […]”.

Una curiosidad que cuenta su hijo fue que al salir de la declaración, Jorge López preguntó si al día siguiente podría encontrase cara a cara a Miguel Etchecolatz, quería volver a ver el rostro del torturador y asesino que comandaba el centro de detención en el que él “desapareció”.

López volvió a su casa, preparó la ropa para el juicio del día siguiente y se acostó a dormir con su mujer. Cuando amaneció, estaba la ropa pero Julio no. Era 18 de septiembre de 2006, en La Plata.

Lo buscaron. Incluso se habló de que podía haber salido a dar un paseo antes del juicio, que se pudo desorientar a causa de la edad (77 años) . La familia sabía que la hipótesis era improbable: López era consciente del sufrimiento que había pasado su familia y nunca salía de casa sin avisar a dónde se dirigía.

El juicio siguió su cauce y Miguel Etchecolatz fue condenado a cadena perpetua gracias al importante testimonio de Julio López. Pero Julio no está. El gobierno de Néstor Kirchner se comprometió a investigar el hecho, se ofrecieron y aún se ofrecen cantidades de dinero muy grandes para quien pudiera decir algo sobre el paradero de López. Toda la buena disposición del gobierno es en vano: nadie sabe nada, las movilizaciones se multiplican en La Plata, y en todo el país, la gente sale a la calle ante un hecho tan grave.

El gobierno de Néstor Kirchner recibe un golpe fuerte con la desaparición de Julio López tras haber alzado la bandera de los derechos humanos en su carrera hacia la Presidencia. Se hablaba de que era el gobierno de los derechos humanos y así lo parecía al impulsar el enjuiciamiento de los responsables por crímenes durante los años 70.

 

¿Dónde está?

Se trata de un secuestro mafioso. Al mes de la desaparición de López aparecieron las llaves que tenía López, tiradas en el jardín de su casa. Sin duda, un argumento más de los secuestradores para recordar que siguen estando presentes, que lo único que quieren es seguir imponiendo el silencio en la sociedad. Pero la sociedad argentina sigue luchando por saber la verdad, los juicios contra militares no cesan, después de la condena de Etchecolatz le siguió la de Christian Von Wernich el conocido como el capellán de la dictadura, por su condición de religioso. La gente se sigue movilizando, y la militancia en este asunto en Argentina no es una moda sino una forma de vida.

Mientras, López sigue desparecido. Un desparecido en democracia. 

¿Y por qué es que se desaparecen?

Porque no todos somos iguales.

¿Y cuándo vuelve el desaparecido?

Cada vez que los trae el pensamiento.

Desaparecidos. Rubén Blades, interpretada por Los Fabulosos Cadillacs

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