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personajes NUESTRAMERICANAS / YOLANDA OREAMUNO

“En la penumbra”

martes 06 de septiembre de 2016 Graciela Azcárate recupera a Nuestramericanas invisibilizadas a los largo de la historia. La labor de borrado ha sido meticulosa y, de igual manera, Azcárate rastrea, reflexiona, indaga y va mezclando su propia historia con la de estas mujeres imprescindibles para entender Nuestra América. Comenzamos con Yolanda Oreamuno, una rupturista condenada al olvido.

Sólo en 2011, 55 años después de su muerte, la tumba de Oreamuno fue identificada.

Sólo en 2011, 55 años después de su muerte, la tumba de Oreamuno fue identificada.

Por Graciela Azcárate

“La insensibilidad hace al hombre un monstruo”

Dennis Diderot

Yo le tengo un miedo enorme al olvido…”

Anónimo

… “Y entonces fue cuando comprendí que todo estaba previsto para que no prevaleciera la edad por sobre el mensaje… pues tanto él como yo podíamos envejecer, pero el recado no”

 Juan Benet. “En la Penumbra”.

 

Hace unos años escribí una historia de vida titulada Cartas del pasado. Alguien me envió una carta que había permanecido oculta por más de diez años en un archivo privado y escribí una historia de vida en homenaje  a esa persona que escribió esa carta y que había muerto prematuramente. La misma persona que me envío la carta no quiso que se publicara el homenaje así que, a último momento, retiré la historia y envié de compromiso la vida de Yolanda Oreamuno. Y digo por compromiso porque como me suele pasar con mis textos yo los voy pensando y escribiendo de a poco. Y las voy escribiendo mientras vivo lo cotidiano, me pasan cosas, camino por la ciudad, miro lo que pasa en Santo Domingo y en  el mundo. O leo libros, como en ese caso La fugitiva de Sergio Ramírez Mercado. Me sorprendió la negativa y con mucha pena le pedí a los editores que no la publicaran. Para no faltar a mis lectores rápidamente escribí la historia de Yolanda Oreamuno y la mandé en reemplazo de la historia de vida abortada.

Me di cuenta que la carta del pasado era de una enorme vigencia, que esa carta y su escritor habían pedido ser contados y que en el fondo no era casualidad que fuera justamente Yolanda Oreamuno el  reemplazo porque ella misma escribía cartas del pasado.

Oreamundo fue borrada del mapa literario centroamericano, ninguneada en México y en Estados Unidos y encerrada a los 40 años en una tumba tanto en México como después en Costa Rica, con una lápida  marcada con un simple número. Fue olvidada. Paradójicamente, encontré el frondoso árbol genealógico de Yolanda Oreamuno en internet y la historia de su larga y aristocrática familia que explica eso que decía el escritor húngaro Sandor Marai en sus memorias escritas en San Diego, en 1986, antes de pegarse un tiro en la sien: “Les temo mucho más a los  imbéciles que a los hombres malos”.

¿No es una terrible alegoría,  la de sus orígenes familiares  tan extensos y ese olvido y silencio cuajado en un número en su tumba? Parece el destino de cualquier mujer que quiere expresarse, ser valiente, gallarda y decir las cosas como deben ser dichas.

Pensando en la vida de esa mujer nacida en Costa Rica en 1916, volví a releer La cabeza perdida de Damasceno Monteiro de Antonio Tabucchi porque  en esa novela el abogado portugués habla,  pensando en los jóvenes, en su futuro, en la responsabilidad de los adultos  y en la necesidad “de meter las manos en la mierda” para tratar de ayudar a que  esas generaciones nuevas  puedan vivir en plenitud.                       

“Todo lo que he conocido

Tú me lo escribirás

Para recordármelo,

Con cartas,

Y yo también lo haré,

Te diré todo tu pasado”

Es una hermosa cita del poeta alemán Holderlin, de un poema  titulado  “Si desde la lejanía”. El abogado Loton le pregunta a Firmino, el joven periodista  si sabe quién es Holderlin y cómo murió. Y agrega: “Era joven y murió loco. Lo mató la sociedad alemana de esa época”.

En esos días reflexionaba yo sobre el joven noruego Anders Behring Breivik que asesinó deliberadamente a noventa jóvenes en una isla de Noruega, en Adoboli, el joven informático nacido en Ghana y educado en Inglaterra que realizo una estafa colosal en un banco suizo, y en Camila Vallejo, la joven dirigente estudiantil chilena, hija de unos militantes comunistas exiliados en la época de Pinochet. Los tres pertenecen a esa generación de 1979 que me tiene absorta, la misma de Cicatrices, la historia de vida que escribí en Washington pensando en la generación de nuestros hijos.

 (…) Durante la Semana Santa del año 2010 estuve trabajando en Washington en una consultoría. Mi compañera de trabajo  era una joven colombiana, nacida en 1976 en Bogotá y exiliada en Buenos Aires. Mientras trabajamos en el proyecto, nos hicimos amigas, nos contamos  nuestras vidas,  compartimos impresiones entre una mujer mayor y una joven de la edad de mis hijos. Me despertó curiosidad,  me hizo reflexionar sobre esa generación nacida en los setenta en Latinoamérica. Pensé en mis dos hijos tan diferentes entre sí. Uno nacido en 1979, en Quito,  recién salidos sus padres de Argentina y el otro en 1982, en Costa Rica. Hijos de argentinos que se fueron de un país de horror,  pero no nos  fuimos perseguidos, no éramos militantes y fuimos privilegiados por el hecho de poder buscar trabajo en el extranjero, conseguirlo y podernos ir.  Mi hijo mayor nacido en 1979,  fue concebido en los peores momentos de nuestra salida, en un peregrinaje entre Chile, Colombia, Nicaragua, Panamá  y Ecuador. Siempre he pensado que parte de las grandes diferencias  y desinteligencias que existen entre él y yo se deben a esa época incierta y terrible para mí. Lo gesté  y di a luz en un  momento oscuro”.

Durante estos años escribí mucho, comprobé cosas que me dolían o intuía, viajé a Buenos Aires y a Cuba y, casi como si se tratara de un mandato comprobé, lo que había pasado con aquellos chiquillos nacidos en la década de los setenta.  Ya no son niños, han transcurrido treinta años y los  adultos, los grandes, somos los sobrevivientes de esos últimos cuarenta años oscuros y terribles. La vida ha transcurrido  y  ha dejado huellas en los chicos y en nosotros los grandes.

Al mismo tiempo que me pasaba todo esto, que escribía, leía y vivía la vida cotidiana empecé a soñar… es decir, en mi es habitual soñar lo que me pasa de día. Sueño todas las noches. A veces son sueños dolorosos, otros son amenos y divertidos, en otros me encuentro con gente del pasado, con muertos que me dicen que están bien. En mis sueños, lo que pasa durante el día se resuelve o no en las madrugadas, y hay algunos de ellos  que se reiteran y regresan distintos y enriquecidos. Son recurrentes pero evasivos porque al despertar no los recuerdo pero sé que alguien me escribe cartas del pasado.

Como una gran iluminación la carta que llegó a fin de la otra semana me llevó  a ese diálogo entre el abogado portugués y el joven periodista en La cabeza perdida de Damasceno Monteiro:

Hay personas que esperan cartas del pasado que nos expliquen  un tiempo de nuestras vidas que nunca entendimos, que nos den una explicación cualquiera que nos haga aprehender el significado de tantos años transcurridos, de aquello que entonces se nos escapo, usted es joven, usted espera cartas del futuro, pero suponga que existan personas que esperen cartas del pasado, y que quizás soy de esas personas, y que incluso me aventuro a imaginar que un día me llegarán…”

Como el abogado Lotton me di cuenta que yo esperaba cartas, cartas del pasado que primero llegaban en sueños… que me las escribía un chiquillo que le tiene miedo al olvido…

Llegarán (…) “en un paquetito atado con una cinta rosa, perfumado de violetas, como en las peores novelas de folletín. Y ese día yo acercare esta horrible narizota mía al paquetico, desharé el lazo rosa, abriré las cartas y comprenderé con claridad meridiana una historia que nunca antes pude comprender, una historia única y fundamental, repito, única y fundamental, algo que puede sucedernos solo una vez en la vida, que los dioses conceden que suceda una sola vez en nuestra vida y a lo cual no prestamos la debida atención en su momento precisamente porque éramos unos idiotas presuntuosos”

Yo también le tengo un miedo enorme al olvido, pero también tengo la secreta  convicción, como el viejo abogado portugués  que algo fundamental puede sucedernos, solo una vez en la vida… que los dioses pueden bendecirnos con cartas del pasado, como las que envían  desde el más allá, para decirnos todo nuestro pasado, para darnos las gracias o simplemente para revisar lo vivido.

Hace muchos años leí un novela de Juan Bennet titulada En la penumbra que me recordó a mi tía paterna Ángeles Azcárate. La hermana mayor de mi padre vivía en la provincia de Córdoba y era muy allegada a papá. La visité por última vez en 1969. Mi padre había muerto dos años antes y mi tía apenada y furiosa me sentó a su lado y me dijo muchas verdades dolorosas de porqué mi padre se había muerto de tan mala manera.

Como en la trama de la novela, la tía española desnudó las lacras y secretos de las familias, y sus oscuros e indescifrables designios.

La trama de la novela se desarrolla en una conversación entre la  sobrina y la tía que  recuerdan…

“Dos mujeres, tía y sobrina, esperan la llegada de un enigmático mensajero, portador de noticias que han de ser decisivas. Durante ese largo compás de espera, ambas protagonistas van lentamente desgranando los recuerdos de sus vidas en una conversación que evoca el retorno de fantasmas del pasado así como de frustraciones adheridas a distintos estratos de la memoria”, dice la contratapa.

Ese misterio que emergerá poco a poco desde la penumbra es como esas cartas del pasado que de pronto explican la vida, la sociedad, una vida privada y pública, las culpas de una  sociedad anestesiada e insensible, que se debate entre la imbecilidad y el amodorramiento o navega en eso que dice Yolanda Oreamuno de la sociedad costarricense y que parece común a todos: “…Esa inamovible indiferencia nacional”.

 

La fugitiva Yolanda Oreamuno

Cuando Sergio Ramírez Mercado publico su novela sobre la vida de la escritora costarricense Yolanda Oreamuno Unger, titulada La fugitiva, concedió  una entrevista en Página 12 donde reveló la historia de una escritora maldita y olvidada, nacida en Centroamérica, escritora de vanguardia en la década de los cuarenta  y que para él significó una obsesión de cincuenta años.

Cuando la entrevistadora le preguntó cuál había sido el pecado de Yolanda Oreamuno dijo: “Desafiar. Yo creo que desafiar lo establecido. Esto tiene un costo muchas veces. Cuando se desafía lo que ya está establecido, desde cualquier perspectiva, no sólo la literaria o de la condición de mujer. Cuando alguien desafía en voz alta al establecimiento termina pagando un precio”.

Para mí fue un descubrimiento porque ignoraba la existencia y la vida de la escritora costarricense nacida en San José de  Costa Rica el  8 de abril de 1916  y muerta en  ciudad de México el  8 de julio de 1956Fue hija única del hogar formado por Carlos Oreamuno Pacheco, natural de Cartago, y Margarita Únger Salazar, de origen francés y nórdico.

 

Su rebeldía, el amor a la libertad y la hidalguía para denunciar el sistema social patriarcal que tanto oprimía y oprime a la mujer le valió la censura, el silencio, la invisibilidad y tan solo un numero en su lapida.



Un año  después de haber nacido quedó huérfana de padre. Hizo sus primeros estudios en escuelas de la capital y a los 17 años terminó la secundaria en el Colegio Superior de Señoritas. Ese año ganó su primer premio: Mención de Honor por su ensayo ¿Qué hora es...? que había presentado en un concurso del colegio. En 1936 realizó estudios de mecanografía y secretaría, entrenamiento que le serviría después para escribir sus propias obras y mantenerse económicamente.

Ese mismo año contrajo matrimonio con el diplomático chileno Jorge Molina y se trasladó a vivir a Chile donde su marido enfermó y poco tiempo después se suicidó. Regresó a Costa Rica y un año después volvió a casarse, esta vez con Óscar Barahona Streber, conocido economista y político de  Costa Rica. Es en 1941 donde comienza realmente su carrera literaria con la presentación de su primera novela Por tierra firme al Concurso de Escritores  Hispanoamericanos  de la Editorial Farrar & Rinehart. La novela se extravió y hoy día sólo queda  el recuerdo.

Del segundo matrimonio nació su único hijo, Sergio Simeón Barahona Oreamuno, el 21 de septiembre de 1942. El 2 de julio de 1945 se divorció y perdió  la custodia de su hijo. Este hecho la entristeció de por vida y daría comienzo a un largo calvario debido a su enfermedad y constantes operaciones. Siguió  escribiendo, sobre todo novelas que nunca dio a conocer. En el año de 1948 participó  en un concurso en Guatemala con su novela La ruta de su evasión y ganó el premio 15 de septiembre. Se naturalizó  ciudadana guatemalteca muy desilusionada con la indiferencia de los costarricenses hacia los artistas nacionales innovadores y reconocida y agradecida a Guatemala por el cariño y el recibimiento a su persona y a su obra.

Es la primera mujer que rompió con el naturalismo de la última generación de la época moderna. 

De Guatemala viajó a Estados Unidos de Norte América, ya muy enferma, y permaneció  cuatro meses recluida en un hospital de caridad de Washington. Más  tarde viajó a  México y  vivió sus últimos días en  la casa de su amiga la poeta costarricense Eunice Odio, donde murió el 9 de julio. Era el año de 1956 y sus restos fueron enterrados en México, en una tumba sin nombre ni identificación,  tan solo un número.

Homenaje a Yolanda Oreamuno en Costa RicaRecién en 1961 sus restos son repatriados a Costa Rica y depositados en el Cementerio General,  también allí fueron depositados en otra tumba con tan solo un número. Es recién en julio del 2011,  que un grupo de jóvenes escritores desean reivindicarla y redimirla de alguna manera del olvido oficial de Costa Rica, país que ella abandonó y donde dejó testimonio de no querer volver, ni viva ni muerta,  y  con expresa indicación de que su nombre no quedara en las listas de escritores costarricenses, pues ella se consideraba guatemalteca. A inicitiva del escritor costarricense J. P. Morales, se puso una placa con su nombre y un epitafio en el 55 aniversario de su muerte, el 8 de julio de 2011.

Fue una mujer de extraordinaria belleza, tanto física como espiritual. Era de gran inteligencia y tal vez su rebeldía, el amor a la libertad y la hidalguía para denunciar el sistema social patriarcal que tanto oprimía y oprime a la mujer le valió la censura, el silencio, la invisibilidad y tan solo un numero en su lapida. 

Esa voz rebelde fue silenciada con el olvido y el silencio oficial de un pueblo hipócrita y unos habitantes que ella llamaba 'costarrisibles', también hipócritas y aldeanos

Su vida,  amores y vida privada alentaron el mito y la maldición. Se casó con el diplomático chileno Jorge Molina Wood quien aparentemente enfermo de sífilis la contagió y un año después se suicidó. Regresó a Costa Rica y fue cuando se casó con Óscar Barahona Streber. Fugitiva y olvidada en México fue enterrada en un panteón en San Joaquín, D.F. en el mojón 7 363. En 1961, sus restos mortales fueron trasladados a San José y yacen en el Cementerio General de San José en la fosa número 729 del cuadro Dolores.

Su novela más conocida es La Ruta de su evasión (1948), que para muchos críticos y estudiosos es la novela más adelantada de sus contemporáneos latinoamericanos en cuanto a técnicas narrativas. Algunas influencias de  esta novela pueden encontrarse  en Thomas Mann, Sudermann y Marcel Proust. Sobre su trabajo literario, el historiógrafo costarricense Abelardo Bonilla, al respecto de La ruta de su evasión dice: "En ésta como en todas las obras de Yolanda Oreamuno hay audacia de concepción y de forma, pero es evidente la falta de unidad interior”.

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