Donar

Otramérica es posible gracias a tu aporte solidario

personajes Uruguay

José ‘Pepe’ Mújica en la chacra de la política

miércoles 02 de febrero de 2011 Es fácil deslizarse por la loma de los tópicos con José ‘Pepe’ Mújica: el ex guerillero, el agricultor, el impertinente… Pero Mujica ha consolidado una forma de hacer política que matiza la tradicional mirada de la izquierda latinoamericana.

Pepe Mujica

Pepe Mujica

Por Equipo Otramérica

¿Cómo gestionar el poder cuando no se cree en él? Esa debe ser una pregunta habitual en la huerta del pensamiento de Pepe Mujica (Montevideo, 1934). A sus 77 años, este anarquista de convicción y de corazón, es el presidente de la República Oriental de Uruguay confirmando el espacio de la izquierda en este país pequeño y con fama de acartonado, donde las luchas sociales han permitido la presencia de dos presidentes de izquierda (Tabaré Vásquez y el propio Mujica) en este periodo postdictadura que comenzó en 1985.

Pero la historia política y activista de Mujica es mucho anterior. Primero, respirando en su casa la formación política que lo llevaría en los años sesenta a integrarse al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, a participar de la lucha violenta contra la oligarquía y la dictadura militar (1973-1985), y a perder parte de su vida (15 años) en celda de aislamiento. Después, beneficiado con la ley de amnistía de 1985, tratando de adaptarse al rejuego de la democracia occidental donde se sentía “como un florero” tras ganar las elecciones como diputado por Montevideo en 1994 por el Movimiento de Participación Popular (MPP) pero en el que supo moverse hasta ser senador en 1999 y presidente de la República 10 años después al ganar las elecciones de noviembre de 2009.

Mujica es famoso por su mirada peculiar sobre la política o la gestión pública que lo lleva a rechazar las visiones estatistas tradicionales de los gobiernos de izquierda –“la receta perfecta para desarrollar una burocracia opresora”-, a apostar por el diálogo –“el largo camino de las negociaciones entre los diferentes sectores de la sociedad es el camino más corto para lograr un país más justo”-, pero a criticar fuertemente el modelo de democracia occidental -“Esa es una plantita que hay que revitalizar porque tiene problemas con la demagogia y las trampas, con la concentración del poder”- o a cuestionar el sistema legal  -“A mi la Justicia me importa un carajo”-.

En sus primeros meses de gobierno ha debido jugara un reformismo moderado, a manejar las fuerzas internas del frente Amplio, la coalición donde el MPP es mayoritario, y a lidiar con una oligarquía que lo rechaza de forma visceral y a unos sindicatos que tampoco lo comprenden cuando defiende a los campesinos y exige a los empleados públicos.

Probablemente, si pudiera, el Gobierno de Pepe Mujica sería el antigobierno. Lo que él cree profundamente está barnizado de cierto primitivismo y, desde luego, de anticapitalismo. Sus críticos se mofan de él por la defensa que hace de la vida de pueblos aborígenes como los bosquimanos de Africa: “Esta gente labura dos horas. Esta gente trabaja muy poco y tiene una vida espléndida. Tiene una apariencia de pobreza, pero tienen una vida notable, lo que descubrí fue que es mentira que el hombre es un animal trabajador”. Sin embargo, la experiencia política de Mujica le permite jugar en este mundo mientras se prepara el siguiente. Aunque se negó a abandonar su chacra (huerta) donde cultiva flores y vive con su compañera Lucía Topolansky, la senadora del MPP (la más votada en las pasadas elecciones); aceptó el consejo de Inacio Lula da Silva de vestir traje de chaqueta y abandonar las ropas humildes de campesino; aunque habla de la madre tierra y de una vida no consagrada a la productividad, sabe que la mejora del sistema de educación en Uruguay es clave para el futuro de sus gentes; aunque suele fustigar a los ricos, habla todo el tiempo de “aumentar la riqueza del país, para repartir más riqueza”; aliado estratégico de Cristina Fernández en Argentina y de Dilma Rousseff en Brasil, mantiene fuertes lazos con matices con Hugo Chávez en Venezuela.

Las tensiones con la oposición y con los sindicatos y el deterioro de la seguridad pública han debilitado la popularidad de Mujica, quien mantiene una mezcla peculiar de firmeza y diálogo. El último ejemplo de esta fórmula de gobierno se dio en enero de 2011 cuando, ante las presiones de la opinión pública para endurecer las leyes contra los menores infractores, el presidente convenció al líder de la oposición, Jorge Larrañaga, de no bajar la edad de imputabilidad penal a los menores y de poner en marcha un programa de rehabilitación que evite que los menores vayan a cárceles de adultos. “Creemos que no se puede partir de la base de la criminalización de menores. Acá hay problemas de drogas, de alcohol, de desestructuración familiar, que tenemos que enfrentar con medidas concretas, y no con parches que no van a ayudar a la solución de los problemas”. Lo dijo a los medios Larrañaga. Lo podría haber firmado Mujica.

Ir arriba

¿Qué puedes hacer en Otramérica?

×