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Colombia: un ganador en la sombra y una segunda vuelta incierta

miércoles 28 de mayo de 2014 ¿Qué pasará en Colombia con ese casi 50 por ciento de los votos que no fueron por Zuluaga ni por Santos? ¿Qué pasará en la Costa y en Bogotá? Examen del panorama político tras una jornada que deja más preguntas que respuestas y donde la noticia volvió a ser Uribe.

Por Andrés Dávlia L. / Razón Pública

En menos de una hora y media la Registraduría Nacional del Estado Civil, que había sido criticada de modo soterrado por el ex presidente Uribe y algunos de sus seguidores durante la última semana, entregó cerca del 99 por ciento de las mesas reportadas y dio cifras definitivas sobre lo sucedido en la primera vuelta de las presidenciales. Con esto consiguió un reconocimiento unánime de los candidatos y de quienes adelantaron la observación electoral.

Con una abstención cercana al 60 por ciento, cifra que se mantiene dentro del rango histórico, a segunda vuelta pasaron el candidato del Centro Democrático, Oscar Iván Zuluaga, con algo más del 29 por ciento de los votos, y Juan Manuel Santos, el presidente-candidato por el partido de la U, el Partido Liberal y Cambio Radical, con un 25,5 por ciento de los votos.

Detrás de ellos, y con cifras muy cercanas, las dos candidatas presidenciales, Marta Lucía Ramírez por el Partido Conservador y Clara López por el Polo Democrático Alternativo- Unión Patriótica sumaron cerca del 31 por ciento de los votos. En último lugar, y un poco por encima del voto en blanco, Enrique Peñalosa, de la Alianza Verde, obtuvo poco más del 8 por ciento de los votos.

La pregunta y las alianzas

De entrada el resultado ofrece una dificultad para el análisis: es la primera vez que el presidente-candidato es derrotado en un proceso electoral con reelección inmediata. No hay pues un referente histórico realmente comparable. Pero en las elecciones donde se dio segunda vuelta, solo en 1998 el candidato que obtuvo el segundo lugar en la primera pudo ganar en la segunda.

Esta es también la primera vez en que la votación por los candidatos que pasan a la segunda vuelta resultó ser muy escasa, pues entre ambos no alcanzaron al 55 por ciento de los votos: por eso la segunda vuelta es un completo albur.

La pregunta va a ser cómo, en apenas tres semanas, los candidatos conquistan los votos tan numerosos de los tres perdedores. 

En principio, parecería más fácil que los electores de Marta Lucía Ramírez se fueran con Oscar Iván Zuluaga. Y hacia allí parecería inclinarse el expresidente Andrés Pastrana, que tan pronto ha olvidado sus profundas diferencias con el expresidente Uribe.

Sin embargo, parte de la cuestión estriba en el discurso institucional del Partido Conservador y en el de la candidata, que no parecen encajar con la trayectoria, el estilo, las acciones y opiniones de Uribe, del candidato Zuluaga y, en general, de la campaña del Centro Democrático.

La hábil estrategia del conservatismo de elevar el precio de adherir a la coalición de gobierno enfrenta hoy una dramática disyuntiva: acertar en la escogencia del candidato triunfador para no perder el valor de sus acciones.

Del otro lado, y pese a que el tema de la paz podría acercar a la Unidad Nacional con el Polo Democrático, nada asegura que haya una decisión contundente en tal sentido. Basta con registrar las “flexibles” posiciones del senador Robledo para imaginar lo que podría ocurrir.

Suponiendo que el Partido Conservador y el Polo deciden apoyar respectivamente a Zuluaga y a Santos, queda la duda de cuánto logren movilizar a sus electores. Pero si hay disciplina en una y otra colectividad, tendríamos la paradoja de que Peñalosa y el voto en blanco pasarían a ser el fiel de la balanza.

Pero entonces uno no sabe a qué o a quién creerle. En el caso de Peñalosa, sabemos que cuando fue candidato a la Alcaldía de Bogotá en 2011 se acercó en sus posiciones al presidente-candidato, pero después optó por acogerse al apoyo de Uribe. Y la senadora Claudia López, su alfil en la campaña, ha venido expresando un anti-santismo rabioso después de tantos años de anti-uribismo no menos rabioso: como la Juana de Arco que  alguna vez evocó Rodrigo Lara, su anunciado voto en blanco es un buen ejemplo simbólico de autoinmolación.

 

El voto por regiones

Lo anterior, si el análisis se hace por partidos. Pero si la interpretación se hace por regiones, departamentos y ciudades, habría que decir que, en últimas, el resultado parecería jugarse en dos plazas cuya votación tiene características opuestas.

El mapa electoral entre el santismo y el zuluaguismo-uribismo muestra un predominio del Centro Democrático en lo que se podría denominar el país andino. El presidente-candidato domina en las dos costas y en los antiguos territorios nacionales. Aunque en los mapas da la sensación de que Santos rodea a Zuluaga, lo rodea con todo menos con votos.

En el caso de la costa caribe, donde la Unidad Nacional encontró los votos para el triunfo en las elecciones parlamentarias, la gran pregunta es cómo asegurar que voten y lo hagan en favor del presidente-candidato.

Paradójicamente, Santos vuelve a vivir la situación que, en 1982, vivió el expresidente López Michelsen cuando, tras un triunfo tranquilo en las parlamentarias, vio cómo la abstención en la Costa le costaba la reelección frente a Belisario Betancur. En esta ocasión queda además la duda de si algunas regiones no preferirán, de nuevo, a Uribe.

La otra plaza es la indescifrable Bogotá. Si bien en las elecciones para Congreso la votación fue mayoritariamente a favor de los candidatos del Centro Democrático, en la primera vuelta triunfó Oscar Iván Zuluaga con un lánguido 22 por ciento y superó por muy pocos votos a la candidata del Polo.

Así las cosas, ¿quiénes votarán y por quién en Bogotá? Ni los experimentados encuestadores se atreven a jugársela por alguna conjetura creíble.

En síntesis, cualquiera de estos análisis solo señala lo incierto del panorama. A lo cual tal vez habría que sumar el hecho paradójico del castigo al presidente-candidato, pese a que los resultados objetivos de su gobierno no han sido malos. Sin duda tiene y ha tenido problemas, pero las acusaciones de sus rivales demuestran o desconocimiento o un intento deliberado de torcer los hechos.

 

El efecto Uribe

Pero queda otra explicación para dar cuenta de lo sucedido. Y allí aparece, inevitablemente, la figura de Uribe.

Hasta antes de 2002, las elecciones en Colombia se disputaban entre los dos partidos tradicionales y sus candidatos. Ya en 1998 la aparición de una tercería, encarnada en Noemí Sanín, alcanzó a constituir una amenaza creíble.

Pero fueron las elecciones de 2002 las que mostraron un cambio contundente: Álvaro Uribe como candidato disidente del Partido Liberal triunfó por amplio margen en primera vuelta. Y desde entonces se quedó con los votos históricos del bipartidismo, sin ninguna consideración; salvo, tal vez, la de sumar sin vergüenza a los conservadores y a varios tránsfugas liberales derrotados.

En 2006 volvió a ganar en primera vuelta, y confirmó su capacidad para conseguir y mantener los votos y la adhesión de la población colombiana. Cierto es que en las elecciones locales no ha sido tan exitoso e, incluso, que ha fracasado de manera sostenida, como comprueban los triunfos del Polo en Bogotá y las derrotas de sus candidatos en Antioquia. Pero en las elecciones nacionales y presidenciales, el siglo XXI es de Uribe, así no nos guste o nos preocupe a muchos colombianos. 

Por ejemplo, en 2010 el ímpetu de la “ola verde” fue derrotado en primera y segunda vuelta, mucho más allá de lo que las encuestas y las expectativas de los militantes de las redes sociales permitieron suponer.

La derrota de Mockus se explicó por la propaganda negra y por los errores a lo que fue inducido por J.J. Rendón. Se señaló que Uribe, en realidad, estaba con Andrés Felipe Arias y que, sin este en la contienda, había apoyado a Santos con desgano. Sin embargo, los resultados de 2014 indican la necesidad de reconsiderar el punto.  

Política y electoralmente Álvaro Uribe alcanzó, ha mantenido y conserva una capacidad inigualable para “cuidar los voticos”, como le decía a sus ministros aun en años no electorales.

Así como es capaz de imponer la agenda en la política colombiana, trascendente o intrascendente, limpia o sucia, democrática o autoritaria, legal o ilegal, este caudillo pre y posmoderno de derecha se adueñó de los votos y parecería ser capaza de distribuirlos a su antojo. Fracasa en ocasiones, pero una vez lo asume de lleno, tiene en su haber todas las armas para triunfar.

Y logra transmitir en la población los mensajes que mejor se le acomodan. No en vano ha logrado que dos pésimos candidatos, como Santos y Zuluaga, triunfen en primera vuelta. Y a su lado, figuras aparentemente fuertes en lo electoral, como Vargas Lleras, se ven reducidos a su mínima expresión.

Estamos, en consecuencia y más allá de que nos guste o no, física y literalmente en sus manos. Y de ello parece que no quisieron darse cuenta en la gran coalición de la Unidad Nacional. Al punto de que ahora solo tienen tres semanas para revertir una situación desfavorable. Tiempo suficiente para derrotar a Oscar Iván, pero ¿será suficiente para superar a Uribe Vélez?   

 

* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México. Profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana. Publicado en Razón Pública

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