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radar EL REGRESO DE ZELAYA

Pensando Mel

sábado 11 de junio de 2011 Modesto Anastasio vivió el golpe hondureño de cerca y tiene ahora la distancia suficiente para analizar el por qué del regreso de Manuel 'Mel' Zelaya al país. El acuerdo entre Lobo y Zelaya visto en tres dimensiones, o en cuatro... que el asunto hondureño es todo, menos simple.

Mel Zelaya a su regreso a Honduras el pasado 29 de mayo.

Mel Zelaya a su regreso a Honduras el pasado 29 de mayo.

El hogar de las conspiraciones contrarrevolucionarias, el nido de la guerra sucia contra cuanto movimiento de liberación surgió en Centroamérica tiene que convivir ahora con una nueva versión del país. La dialéctica oficial ha cambiado, la real no.

Por Modesto Anastasio

Hace dos años a Manuel Zelaya, Mel, lo sacaron en pijama de su casa y lo metieron en un avión para que tomara un imprevisto desayuno en Costa Rica. Bueno, uno, y muchos más después de ese, pero todos fuera de su casa.

Las carreras de los embajadores de Cuba y Venezuela en Tegucigalpa aquella mañana de domingo no sirvieron más que para constatar la noticia del derrocamiento que saltaba de teléfono en teléfono desde horas de la madrugada. La consulta popular convocada para aquel 28 de junio por Mel contra todas las órdenes legales habidas y por haber había atraído a la prensa internacional a Honduras para asistir in situ al primer golpe de Estado victorioso del siglo XXI. Un factor que tal vez fue determinante para el devenir de los acontecimientos.

Siete años después del intento de Venezuela, sin ambages ni tapujos, un golpe de Estado. Sin pena ni vergüenza. Reivindicación del pasado para matar el presente. La elogiada consolidación democrática de Latinoamérica hecha trizas en cuestión de horas.

La consulta popular que aquel día iba a congregar en torno a cajas de cartón repartidas frente a zapaterías de centros comerciales y bancos en parques públicos a los pocos o mucho seguidores de Zelaya que estaban dispuestos a reivindicar la necesidad de una Asamblea Constituyente precipitó la caída del castillo de naipes institucional hondureño. Una pregunta inocua, la de si los hondureños querían que el día de septiembre en que tenían que elegir a sus representantes hubiera una urna aguardándoles para recibir su respuesta sobre la necesidad de un referéndum para la convocatoria de una constituyente, resultó ser una bomba emocional demasiado insolente para los sectores más conservadores del país.

Ni la ausencia de carácter vinculante, ni la condena al corto recorrido por sus repercusiones, ni la falta de un respaldo que pudiera hacer viable su éxito en el Parlamento o ante la autoridad electoral pudieron sujetar a lo más oscuro y reaccionario del país. Los dueños de todo protestaron.

Los militares tomaron cartas en el asunto y apretaron los puños. Sacaron al presidente y Micheletti llegó al poder. La Iglesia en un antológico revival de los años 70 y 80 latinoamericanos santificó el cambio de gobernante y monseñor Oscar Rodríguez sacó de su sotana de cardenal lo que ya algunos comenzaban a olvidar.

Visceral, desbocada, ingenua, la clase dominante hondureña recurrió a lo de siempre, el garrote y el militar. El endeble sistema institucional colapsó y todos los poderes formales se convirtieron en piezas del cronometro autodestructor de la democracia, si tal cosa había existido hasta entonces.

El golpe golpeado

Pero el de Honduras es la historia de un golpe golpeado, de una asonada nacida muerta víctima de un cúmulo de circunstancias muy particulares en aquel momento.

Obama, aún recién llegado y envuelto en los resabios de la Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago, donde estrechó las manos de todos los presidentes de la región, incluido un gozoso Mel Zelaya, mantenía a Latinoamérica hipnotizada en la esperanza de que pudiera materializarse un cambio real en las relaciones con Estados Unidos.

En aquel instante de entusiasmo primigenio aún no se atisbaba el desengaño por el balance de su primer mandato y el poco más de un mes que había transcurrido desde la readmisión de Cuba en la OEA mostraba cuando menos algo distinto en el continente.

La decisión unilateralmente colegiada de levantar la suspensión cubana –como lo fue la expulsión- del organismo panamericano no servía para mucho en la práctica pero el insólito mea culpa del tradicional legitimador continental de las políticas intervencionistas de Estados Unidos tenía a todos expectantes.

En ese contexto llegó el golpe. La OEA fue contundente. Expulsó a Honduras del organismo. Estados Unidos respaldó la sanción -por primera vez en su historia-, y la diplomacia de Washington jugó en la misma liga que el resto del continente.

Tal vez el paso del tiempo y la retórica incendiaria hayan ido difuminando las referencias, pero hay ciertas líneas que conviene recordar porque las respuestas a las preguntas del presente suelen encontrarse en el pasado.

La decepción de Obama

La Administración Obama tenía en aquel momento un punto de acercamiento con la región, todo eran parabienes y hasta Chávez bromeaba con el sucesor de Mister Danger.

Estados Unidos miraba a Latinoamérica y eso hacía que los actores que en Miami se han enseñoreado durante  décadas con el cuarto trasero gringo mantuvieran un sepulcral silencio en los días siguientes al golpe.

Honduras fue aislada y el país enredado en sus intestinos.

Por primera vez un golpe y su gobierno golpista no fueron reconocidos en Latinoamérica. Sólo cuando entraron en juego los matices: el Gobierno de Porfirio Lobo, comenzaron las interpretaciones. Para algunos es la misma cosa, para otros no. Aunque designado en una elección espuria y sin legitimidad, Lobo no es Micheletti.

Con el paso de las semanas quedó claro que Obama no se posicionaba a favor del golpe, pero tampoco hacía lo más mínimo para apretar las tuercas a quiénes lo cometieron. La razón es simple: América Latina no existe hace mucho en Washington como elemento de política exterior.

Muchos dirán que eso es lo mejor. El lobby cubano de Miami está de acuerdo con esa apreciación.

La imposible tarea de Lobo

Quince meses después de asumir el poder, Lobo sigue frotando con el trapo de su buena disposición la mancha golpista, el pecado original que impregna todo su mandato. Le ha costado y le cuesta. Durante la pseudocampaña electoral le acusaban los liberales de no condenar claramente a Zelaya y de mostrarse ambiguo con relación al golpe. Dos veces ha denunciado corrientes golpistas en su contra. Sus correligionarios no han escondido su rechazo a la aceptación del regreso de Zelaya. Sus opositores le consideran más de lo mismo: el heredero de Micheletti. Lobo, comunista formado en la Unión Soviética reconvertido en líder de la facción más conservadora de un país en el que dos partidos: uno de derecha y otro de extrema derecha, se han sucedido durante décadas, es un personaje condenado por las circunstancias a ser un bombero improvisado de un incendio, cuyas raíces no puede ni quiere atacar. Con un gobierno agotado antes de comenzar, ahogado por una deuda inasumible y el 75% de la población bajo el umbral de la pobreza, Lobo se ha puesto como único objetivo ser capaz de retrotraer las cosas al momento previo al golpe, una quimera de difícil cumplimiento en lo formal y una tarea condenada al fracaso en lo sustancial.

Mel ha regresado y las cosas son distintas para bien y para mal. El Frente de Resistencia se ha conformado como probablemente el primer movimiento de empaque que la izquierda consigue articular desde el parto pseudodemocrático del 82. El hogar de las conspiraciones contrarrevolucionarias, el nido de la guerra sucia contra cuanto movimiento de liberación surgió en Centroamérica tiene que convivir ahora con una nueva versión del país.

No se puede perder de vista sin embargo que la dialéctica oficial ha cambiado, pero la real no.

El balance tras 23 meses da como claros perdedores a los golpistas, pero se trata de una derrota sobre el papel, una derrota de juego de mesa. No hay cárcel para Micheletti, hoy parlamentario vitalicio. No hay cárcel contra Jorge Rivera, responsable máximo de la Justicia hondureña. No hay cárcel contra Romeo Vásquez, reconvertido en máximo responsable del agujero de corrupción que es la estatal Empresa Hondureña de Telecomunicaciones (HONDUTEL).

Ecuador decidió no apoyar el acuerdo para el regreso de Zelaya. Una posición coherente, pero un enroque sin callejón de salida. Venezuela optó por dar un paso y abrir una veta hacia algo aún no bien definido. No hay senda buena cuando todo empezó torcido. El acuerdo de mínimos parece insustancial. Una asamblea constituyente no es un fin en sí mismo sino un camino hacia algún sitio. El Frente es real y el reconocimiento o no en un tratado no cambiará eso ya de ninguna manera. El respeto de los derechos humanos no se logra con un pacto.

Los regresos de Mel

Pero ¿y Zelaya? Ha vuelto, sí, pero ¿a qué?

Se convirtió en un símbolo, pero su liderazgo deja entrever sombras de dudas. Él mismo hace análisis volubles que van desde la necesidad de tomar el Partido Liberal –al que, al igual que Micheletti, sigue perteneciendo- encabezando una corriente interna como medio para alcanzar sus objetivos políticos, a la proclamación de la necesidad de una ruptura del orden actual a través de un movimiento extrainstitucional. El 28 de junio de 2009 alrededor de 3.000 personas se arremolinaban desde primeras horas de la mañana para acompañarle en la consulta popular frente a la Casa Presidencial. Allí permanecieron hasta que el día siguiente al golpe el Ejército cargó contra ellos. Los seguidores de Zelaya se siguieron manifestando durante los días, semanas y meses siguientes, pero el número no creció de manera considerable. No pasó lo mismo que en Caracas en abril del 2002. No hubo cientos de miles de personas bajando de los barrios de Tegucigalpa para tumbar a un gobierno golpista que se pasó prácticamente 12 horas mudo tratando de evaluar la viabilidad de la aventura. Una camarilla autoconfinada en la sede de Gobierno usurpada y sin más respaldo que el que daban los militares.

Cuando Zelaya hizo el paripé de aterrizar una semana después, al menos 20.000 personas se movilizaron hacia el aeropuerto. Vieron como el presidente se marchaba sin tan siquiera intentar tomar tierra en un aeropuerto que Micheletti y sus adláteres no podían blindar más que con un camión situado en el medio de la pista. Los números crecieron ese día pero no volvieron a ser tan elevados por muchas razones, desde la represión que en las carreteras ejercían los esbirros de Vasquez y Micheletti contra aquellos que trataban de adherirse a las marchas en Tegucigalpa a la dispersión de la acción, con un San Pedro Sula que en muchas ocasiones lograba congregar a más gente que Tegucigalpa. También influyó la falta de capacidad de movilización, de voluntad, de apoyo real en números, pero sobre todo el que los movilizados eran en su inmensa mayoría gente que vive al día y que no podía darse el lujo de dejar de buscarse la yuca si quiere comer por la noche.

Peor fue el regreso de Zelaya para encerrarse en la embajada de Brasil, aún muchos nos preguntamos para qué. Si todo el plan consistía en enclaustrarse para hablar por radio o si le temblaron las piernas cuando tenía que haber mostrado firmeza y actuado como un líder político.

Ahora Zelaya vuelve de nuevo y con su gesto legitima al Gobierno de Lobo, legitima el regreso de Honduras a la OEA –el castigo más duro que pesaba sobre el organigrama golpista- y legitima el status quo. Esa jugada implica un riesgo político que sólo puede asumirse a cambio de algo. La pregunta es qué.

¿A qué regresa Zelaya?

¿A ponerse al frente del Partido Liberal?¿A acaudillar un movimiento popular que ya tiene una dinámica propia?¿A reforzar el reconocimiento internacional a ese incipiente izquierda hondureña que tiene una larga tarea por delante en territorio catracho?¿A retirar las fotos que tiene en su casa con sus nietos en brazos de George W. Bush?

Sea cual sea la respuesta ya Obama no entusiasma a nadie, Ileana Ros-Lethinen ha convertido la comisión de exteriores del Senado estadounidense en el verdadero Departamento de Estado, y con un secretario adjunto Arturo Valenzuela (que gran modelo de Calvin Klein sería) de salida y doblegado a esa realidad, la dinámica internacional de la región ha girado casi 180 grados con relación a la que había hace dos años.

A Zelaya le faltó la capacidad estratégica para afrontar la lucha. Forzó con la consulta sin administrar riesgos y sin tener en cuenta que no estaban dados los elementos objetivos y subjetivos para ello. Se desgastó en algo que no tenía una meta clara, tal vez la convocatoria de una constituyente en si misma habría merecido semejante apuesta, pero llevar el pulso tan lejos para poner unas cajas de cartón en un parque definitivamente no. Habrá que ver si ha aprendido a manejar los objetivos a corto, mediano y largo plazo porque ahora si tiene una situación objetiva mucho más favorable.

Asumir el regreso implica muchas pérdidas, pero no es necesariamente un mal movimiento, eso sí, si sirve para algo, o mejor dicho para mucho, que es exactamente lo que se espera de Mel para compensarle a la Resistencia haberlo pasado tan mal.

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