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¿Un general acusado de masacres o un empresario que se parece a Superman?

lunes 12 de septiembre de 2011 Guatemala tiene que elegir entre el infierno o el infierno. La primera vuelta de las elecciones presidenciales aplaza el resultado al 6 de noviembre cuando se enfrenten los dos candidatos más votados: el general retirado Otto Pérez Molina y el empresario populista Manuel Baldizón. Descubre la terrible encrucijada.

Otto Pérez Molina el día de las votaciones

Otto Pérez Molina el día de las votaciones

"En una sociedad donde la mayoría no tiene nada que perder, no puede extrañarnos que el electorado tenga vocación para apoyar opciones vestidas de populismo que tienden a la autodestrucción". Dina Fernández

Por Paco Gómez Nadal

¿Cuándo se convierte un Estado en una realidad inviable? La presidencia en Guatemala de Álvaro Colom no ha llevado al país a ningún camino. O sí, sumido en una profunda corrupción, una casi absoluta impunidad (97%) y un asalto por parte del narco y las bandas armadas facilitado por un marco de debilidad institucional enfermiza.

No todo es culpa de Colom, la historia de Guatemala es la del código genético de la violencia. Y la violencia ha sido el principal tema de campaña. La violencia y la pobreza, dos caras de la misma moneda.

En contienda, de cara a la segunda vuelta del 6 de noviembre, dos hombres de dudosa trayectoria y de peligrosas propuestas. De un lado, el general Otto Pérez Molina, acusado por las organizaciones de Derechos Humanos de ser uno de los oficiales al mando de las brutales masacres en el departamento del Quiché en los años 1982 y 1983, en plena guerra del estado contra la guerrilla.

Pérez Molina, que ahora ha modulado su discurso y su aspecto, era un convencido anticomunista que consideraba que todo campesino maya era cómplice de la guerrilla. Este mismo año, tres activistas de derechos humanos de Estados Unidos presentaron una ‘carta de alegato’ al Juan Méndez, relator especial de Naciones Unidas contra la tortura, involucrando al -más que probable- próximo presidente de Guatemala en las matanzas de mayas y en la desaparición del guerrillero Efraín Bámaca en 1992 en las instalaciones de la Dirección de Inteligencia Militar, el temible D-2 que dirigía en ese momento Pérez Molina.

La carta alegato hace referencia a un interesantísimo reportaje realizado en 1982 por el periodista estadounidense Allan Nairn en el que aparece el ahora general retirado dando una peculiar visión de los derechos humanos: “la política de derechos humanos nació en el Bloque Comunista porque ven la manera de cómo infiltrarse”. Pero no son solo estos activistas los que señalan al candidato de crímenes de lesa humanidad, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha pedido que se reabra el proceso por el caso de Bámaca, algo a lo que Pérez Molina no está dispuesto.

En una entrevista con el diario digital El Faro (El Salvador), publicada por El Periódico de Guatemala, el militar “olvida” un desayuno en la embajada estadounidense filtrado en Wikileaks, en el que reconocía la estrategia militar de tierra quemada; y enmarca lo ocurrido en los años 1982 y 1983 en la estrategia de odio de la guerrilla (a pesar de que la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, establecida tras los acuerdos de paz de 1996, indicó que el 93% de las 200 mil muertes del conflicto hay que atribuírselo al Ejército y a fuerzas paraestales).

La apuesta de Otto Pérez Molina para el futuro de Guatemala es la de la Mano Dura: más ejército y tolerancia cero. No anda muy lejos el mesías que tomó el relevo de Sandra Torres, la esposa de Colom, después de que la Corte Constitucional declarara inválida su treta de divorciarse de forma pactada para eludir la prohibición legal de concurrir como candidata presidencial.

A Sandra Torres la sustituyó Manuel Baldizón, abogado y empresario de El Petén que hace equilibrios entre el delirio y el cinismo. Lleva gafas porque le hacen parecer a Superman –tal y como ha confesado-, su estrategia es mesiánica –“esa es mi estrategia no voy a decir el porqué”, aparece en mítines y comparecencias con una biblia en la mano y, aunque ataca de frente el militarismo de Pérez Molina, asegura que, de ganar: “el 15 de enero de 2012 [un día después de la toma de posesión] implementaremos la pena de muerte y se aplicará inmediatamente a aquellas personas que hayan sido sentenciadas [es decir, la va a hacer retroactiva]”.

El candidato empresarial también tiene otras magistrales ideas que beben del manual del populista: una paga extra para todos los trabajadores en enero (sólo el 20% de la población activa en Guatemala tiene empleo formal), 5 quilos de fertilizante para cada campesino y un aumento de 600 quetzales (75 dólares) en las pensiones de jubilación. Su estrategia para la segunda vuelta: ser el mismo, según ha declarado. Por si faltaba algo, se ha sacado de la manga el flat tax, el impuesto único de 5%; una propuesta que otros líderes populistas de la región (como Ricardo Martinelli en Panamá) han olvidado después de llegar al poder por inviable.

La peor desgracia para Guatemala parece ser que los candidatos sean como son. El futuro es incierto. Como escribía Dina Fernández, periodista y antropóloga guatemalteca: “En una sociedad donde la mayoría no tiene nada que perder, no puede extrañarnos que el electorado tenga vocación para apoyar opciones vestidas de populismo que tienden a la autodestrucción. (…) Por la fragilidad de este sistema político que hemos creado, cooptado por la plutocracia oligárquica o criminal, con pobre representación, presa fácil de los espejitos solidarios y del clientelismo, sin base ni cuadros serios, es que vivimos en riesgo perpetuo de ver anuladas nuestras libertades y los sueños de generar una sociedad más justa y más próspera. Ese es el auténtico dinosaurio… y sigue ahí”.

 

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