Causas

La tragedia de Walpasiksa

Sábado 30 de abril de 2011 - Crónica desde una comunidad de la Región Autónoma del Atlántico Norte (Nicaragua) que navega en la miseria, el abandono institucional y ahora el narcotráfico, que ha permeado la forma de vida de su población indígena

Por Amalia Morales

"Si te vaaaas, te olvido, si te vaaaaas te olvido”, sentencia el coro de un vallenato que suena al lado del predio donde hace poco se jugó un partido de béisbol, y donde ahora sólo quedan mujeres y niños descalzos tirándose pelotas. La canción sale de un equipo de sonido casero que comparte mesa con unas ollas de comida frita y que es administrado por una mujer recia.
El intérprete del tema es Diómedes Díaz, el “Cacique”, un cantante popular de ese género musical colombiano que es poco conocido en este país. Y quienes bailan, trenzados frente a la mesa, son dos parejas de miskitos: tres mujeres y un hombre, ebrios, que mecen sus caderas con torpeza. Se menean al ritmo de la caja y el acordeón mientras sostienen en las manos latas de cerveza fría compradas a 40 córdobas (1.8 dólares) cada una.
Minutos después, el baile colombiano es trocado por los tambores nerviosos del Palo de Mayo que se oyen por cuenta de Dimensión Costeña, en la versión que grabaron en los años ochenta. Las parejas se sueltan, se agachan con lentitud, pegan brincos hacia atrás toscamente. Sueltan risotadas. Unos conos rojos, parecidos a los que usan los patinadores, son el límite entre el área donde pueden bailar las parejas y el terreno del comando militar. Éste es el residuo de la fiesta que empezó el Día de los Enamorados, cuando arrancó el torneo de béisbol campesino que involucra a nueve comunidades del litoral sur del municipio de Prinzapolka, en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN).
Está previsto que el campeonato finalice el domingo, pero por razones logísticas, por falta de buena comida para los jugadores, el evento deportivo se suspenderá al otro día, el viernes. Los jugadores se irán bravos de Walpasiksa, la comunidad situada a unos 50 kilómetros al sur de Bilwi, a la que se llega por mar.
A unos metros de donde se baila con ánimo los ritmos costeños, una quinceañera paga una gaseosa de 20 córdobas con un billete de 20 dólares. “Aquí sólo con billetes así pagan”, comenta un militar que ha estado en la zona desde los días aciagos en que Walpasiksa, esta comunidad remota del Caribe poblada por 2.200 personas, fue noticia nacional.
El ocho de diciembre de 2009, un día después que el país celebrara la Gritería, dos lanchas en las que iban fuerzas combinadas del Ejército y la Policía, fueron atacadas al atravesar la barra del río Walpa, en la cara de la comunidad. De la hilera de ranchos que se divisa desde el mar, salieron los disparos que cobraron la vida de dos militares y un civil. En la trifulca murieron el teniente de corbeta, Joel Baltodano, el sargento tercero Roberto Somarriba y el comunitario Leonel Paiwas.
El gatillo contra los militares, que hirió a varios uniformados más, lo jalaron narcos que estaban en la comunidad, pero también lo habrían apretado comunitarios que, supuestamente, apoyaban a los narcos y que huyeron después del enfrentamiento. La balacera que se formó, vació el caserío. Mujeres, niños y ancianos se fueron asustados por los recodos del río. Los ranchos se vaciaron, quedaron abandonados a su suerte.
Walpasiksa, que en español significa Piedra Negra, se volvió una comunidad fantasma. También circuló la versión de que muchos huyeron a esconder el dinero y droga que recuperaron de la avioneta que cayó entre los matorrales, en el cementerio de la comunidad, y que había motivado el viaje del Ejército y la Policía. Pero esta versión la niega toda la comunidad. Lo que dijeron, los pocos que hablaron del tema, es que los narcos habían llegado horas antes que los uniformados, y que armados hasta los dientes, exigieron el dinero y la droga que supuestamente traía la avioneta.
Por los sucesos, fueron detenidas 17 personas de la comunidad, entre ellos varios líderes. Algunos todavía están prófugos de la justicia. Algunos pobladores criticaron la presencia del Ejército en la comunidad. También en Bilwi, decenas de miskitos se manifestaron en las calles exigiendo la salida militar de Walpasiksa. Los líderes del partido indígena Yatama, denunciaron represión militar y exigieron la intervención inmediata del Gobierno, y éste contestó que daría más atención a esta aldea remota, a la que sólo se llega por agua tras varias horas de viaje.
Así, a finales de diciembre, hubo un desfile de funcionarios de distintas instituciones por el caserío. Llegaron médicos, que dos meses más tarde no volvieron a aparecer, para atender a la población nerviosa. Pasaron por ahí, líderes políticos que sólo llegan en tiempos de elecciones, y que sólo volvieron a reaparecer a propósito de las elecciones regionales de 2010. Llegaron miembros de la comisión del Sistema Nacional de Atención y Prevención de Desastres, Sinapred, que iban por primera vez a la comunidad y que llevaron varios sacos de comida. Además de algunos organismos como el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) y Acción Médica Cristiana, que apoyaron mejoras en los pozos de agua de la comunidad.

La evidencia confirmada

Con el incidente de diciembre, se supo lo que se sospechaba: Que la comunidad había sido permeada por el narcotráfico desde hacía meses. Según las evidencias recogidas por el destacamento militar y policial, que se instaló en la comunidad a partir de los acontecimientos, permitieron concluir que la comunidad convivía con una célula de narcos, varios de ellos colombianos, que huyeron durante el enfrentamiento.
Los narcos habían construido y equipado varias de las casas nuevas, recién pintadas, que se hallaron después del ataque. Por esos ranchos, construidos estratégicamente al fondo del caserío, circulaba droga, alcohol, se organizaban bacanales y se prostituía a mujeres vírgenes, aparentemente muchas de ellas se alquilaban en caseríos vecinos. Las enfermedades venéreas de transmisión sexual proliferaron, explicaron médicos que iban a la zona, lo mismo que el consumo de droga y la violencia física al interior de las casas, dice el capitán Enrique Pérez, jefe del cuerpo policial asentado en Walpasiksa.
Pérez dice que en la comunidad es común el consumo de “rullboy”, un cóctel de droga que contiene varias tilas de marihuana y tres piedras de crack que se vende por 500 córdobas (unos 22 dólares).
Los hechos de Walpasiksa también expusieron otra verdad cruda: que la presencia del Estado es mínima en las comunidades del Caribe nicaragüense, y eso las deja vulnerables a la actividad narco, como han apuntado varios expertos.
En la comunidad no se bebe agua potable. De los pozos, básicamente un hueco cavado en cualquier sitio de la comunidad, brota un agua amarillenta color orín, que la gente bebe sin hervir y sin clorar. Mucha de la gente acostumbra a defecar al aire libre y unos pocos en letrinas, que también son escasas. Como no hay médicos —no llega ni uno desde diciembre cuando hubo la emergencia— es imposible saber cuántos de los niños (que representan al 60 por ciento de la población) panzones que deambulan por los patios, descalzos y medio desnudos, viven con diarrea.

La utopía de los servicios

Lo cierto es que en Walpasiksa no se consigue agua potable ni en las pulperías, pero sí gaseosas y jugos enlatados, y por estos días, cervezas, gracias a los partidos de beis.
El servicio eléctrico es un lujo que sólo pueden dárselo unos cuantos, los que tienen plantas, pero la mayoría, apenas se oculta el sol pasan a verse en penumbras o escucharse nada más. El transporte colectivo de Walpa para Bilwi o para Alamikamba, la cabecera del municipio de Prinzapolka al que oficialmente pertenece la comunidad, depende del capricho de algunos pangueros locales que cobran 800 córdobas, por llevar y traer, a un pasajero. La mayoría prefiere viajar a Bilwi porque allá hay hospital y más comercio que en Alamikamba.
El abandono institucional también es evidente en la escuela primaria, el único edificio escolar del lugar. Las instalaciones construidas con fondos post Mitch, después del predio en el que se juega béisbol y en el que pastan un par de vacas flacas. En las aulas no hay pupitres. Tampoco alumnos, ni maestros. Ahí todavía no empieza el año escolar. Lidia Coleman, la alcaldesa de Prinzapolka, culpa a los uniformados. Dice que ellos ocuparon la madera de los asientos como leña.
El aislamiento es palpable desde el idioma. La gente es amable, sonríe, y suele abrir las puertas de sus ranchos, pero generalmente no entiende español, sólo el miskito que es la lengua con la que nacen y mueren.
La alcaldesa, no quiere que se vea a las comunidades como cómplices del narcotráfico, “porque esto pasa en todo el país, no sólo en la costa” y el “Estado debería prestar atención verdadera a las comunidades”.
En cuanto al tema del narcoactividad en las comunidades, Coleman cree que el Estado se “ha hecho de la vista gorda”.
En muchos ranchos, los trasmallos de pesca se ven tirados en los patios, y sólo parecen útiles para los chanchos que llegan a rascarse y los gatos flacos que ronronean alrededor.

 

Doble pesca

El jefe policial dice que durante un año, aproximadamente, la gente se acostumbró a ser mantenida por la actividad narco, y se desacostumbró de la pesca y la agricultura, que han sido sus fuentes históricas de alimento y de ingreso. La actividad pesquera se está reactivando últimamente, dice el capitán Carlos Cerna jefe de la Fuerza Naval acampada en la comunidad.
Al final de la hilera de casas de la comunidad, desde la que se divisa el mar, está un hombre tejiendo su red. Dice que quiere irse a pescar esta misma tarde, que él vive de eso. Frente a él, otra pareja de hombres emparejan unas tablas de cedro, y luego las clavan en el costado de un rancho nuevo.
En las últimas semanas, por lo menos 20 ranchos se están construyendo en el vecindario de Walpa.
La Policía y el Ejército son las únicas instituciones presentes ahora en la comunidad. La primera, se ocupa de los problemas internos, del orden; y el segundo, a través de su Fuerza Naval y tropa terrestre, se ocupa del resto: de la seguridad y patrullaje alrededor de las comunidades, por agua (mar y río) y tierra.
El jefe policial dice que para evitar más casos de violencia, se prohibió, con la venia de los líderes provisionales, la venta de licor. Sólo se hizo una excepción los días del torneo fallido de béisbol.
Quien llega a Walpasiksa por primera vez, ignorando lo ocurrido, no imaginaría que allí se desafió a la autoridad a punta de balas. Después de esa postal idílica de ranchos de colores que se alzan en zancos al lado de un mar verde, en medio de cocoteros enormes con ramas que parece las aspas de molinos de vientos, lo que más extrañará quizá sea la enorme cantidad de basura plástica que brota desde todos los costados del caserío. Debajo de los ranchos, alrededor, enfrente, cerca de los pozos, en los charcos, en el predio donde se juega béisbol. Pareciera que toda Walpasiksa ha sido cubierta con una alfombra plástica. Las autoridades militares dicen que han intentado organizar a la gente para limpiar, pero ha habido resistencia de los comunitarios hacia el aseo.
Y el problema de la basura se agrava en invierno, cuando la marea sube tanto que se mete a ciertas áreas de la aldea, y entonces se hace una nata de podredumbre sobre un río que es mitad lodo y mitad agua salobre.
Esto contrasta con la limpieza que reina al interior de los ranchos, donde la gente no sólo anda descalza, sino que se sienta y se acuesta en las tablas limpias, por las que no se ve ni se huele una sola gota de mugre.

 

Todo tranquilo

Lidia Coleman, entrevistada vía telefónica días después del recorrido por Walpasiksa, dice que los detenidos ya fueron liberados y que eso ha dado tranquilidad a la comunidad. En los días, en que Domingo visitó el caserío, los estaban esperando como héroes. Hasta que ellos volvieran se iban a reactivar muchas cosas, entre ellas, las clases.
Coleman también dice que las cosas ahora están en calma. Y es cierto.
Las pulperías se abren temprano. Las mujeres se amontonan en los pozos con los bidones plásticos para llenarlos de agua y cargarlos hasta sus casas, otras van con la ropa sucia y se ponen a lavar en bateas al lado del pozo. En los corredores de los ranchos se sientan las mujeres más viejas a contemplar ese paisaje que se vuelve monótono con las horas y que se detiene como una fotografía.
La presencia de los militares, incomoda cada vez menos, reconoce Coleman. La gente no ha vuelto a solicitar que se retiren, aunque tampoco son de su total confianza. Al principio, varios líderes pidieron que se quedara la Policía, pero que se fuera el Ejército. Sin embargo, el Gobierno decidió dejar a los dos.
Enrique Pérez, el jefe de la Policía, dice que es lo mejor, que sin Ejército no tendría sentido que ellos estuvieran ahí, “porque ellos tienen los medios de los que nosotros carecemos”, dice. Por falta de “medios” fue que fracasó hace unos años la base de la Policía que había en Sandy Bay, la comarca de 10 comunidades que está al otro extremo, al norte de Bilwi, cerca de la frontera Cabo Gracias a Dios, y que es reconocida por actividades narco. El capitán Pérez dice que cuando algo sospechoso ocurría y la Policía quería salir, quienes ofrecían prestarle medios eran, justamente, personas sospechosas de apoyar al narcotráfico. “Por eso se acabó el puesto que teníamos allá”, dice el policía. Y Sandy Bay, un caserío de unas 3,000 personas que malviven de la pesca artesanal en la zona de los Cayos Miskitos, es un sitio visto con recelo por las autoridades castrenses.
En Walpasiksa perdió fuerza esa petición inicial de que se largue el Ejército. Las autoridades militares dicen que algunos pobladores temerosos, les han confiado que si ellos se van la comunidad no sólo volvería al ritmo loco de antes, de quienes llevaron los vallenatos, sino que también podría ser objeto de violencia, porque los narcos querrían vengarse de los comunitarios que se quedaron con el dinero de la avioneta.
La alcaldesa dice que lo ideal sería que la base estuviera en la barra de Alamikamba, que allí es necesaria la protección. Coleman dice que hace un par de semanas ocurrió un asesinato doble que aún no es esclarece. “Hay comunitarios temerosos”.
En Walpasiksa también se dice que entraría gente de otras comunidades a asaltarlos y despojarlos de las guacas de dólares que los comunitarios habrían enterrado en la arena y en las veredas adonde huyeron después del tiroteo. Muchas cosas se dicen en lengua miskita en esta comunidad. Walpasiksa parece un vallenato de Diómedes que si deja de sonar, se olvida.

La historia oficial de la RAAN

Esta es la versión de la historia del Atlántico nicaragüense que difunde el Consejo regional de la RAAN en su web:

 

"En 1522 España lanzó una nueva invasión, esta vez desde Guatemala y Honduras y un año después en este nuevo intento fue derrotado y expulsado. Por este motivo los llamaron “Indios Bravos” En el año 1600 habiendo fracasado España en someter a los indios por la fuerza de la espada, en vez de soldados envió monjes, los cuales perdieron la vida en muchos encuentros con tribus feroces. En resumen España no logró conquistar a los indígenas del Caribe, aunque en el Tratado de Tordesillas, la Costa Atlántica de Nicaragua pertenecía a España.
España aunque fue descubridora, falló en su intento de colonización porque ella se dedicaba a conquistar tierras, riquezas, esclavos y efectos. En cambio su rival, Inglaterra, hizo lo contrario, conquistando hombres y afectos, para mejor llevar a cabo su propósito de dominación, hegemonía y mando. Fueron los ingleses los que iniciaron la colonización dela Mosquitia ya que España nunca dejó de reclamar su dominio sobre este territorio.

En 1633 el capitán Inglés Sussex Cammock bajo las órdenes del gobernador de la isla de Providencia Phillip Bell, arribó a Cabo Gracias a Dios, fundando una colonia comercial entre los miskitos, que más tarde en 1644 denominaron Natividad, iniciando así la ocupación inglesa de la Costa Caribe de Nicaragua. El capitán Cammock llevó a dos holandeses que parecen haber sido parientes por llevar el mismo apellido, éstos eran: Abraham o Albertus y William Blauvelt. Fue Abraham o Albertus el que dío su nombre en la forma en inglés al Puerto de Bluefields. La ocupación inglesa de la Costa Caribe de Nicaragua en 1633 es el evento más sobresaliente hasta este punto de la historia de Centroamérica y de la Costa Atlántica de Nicaragua.

En los años posteriores a 1633 varias pequeñas colonias inglesas llegaron a surgir en la Costa Mosquitia especialmente en Bluefields y Cabo Gracias a Dios. Las colonias se componían de unos pocos blancos y muchos indios y negros. Los colonos ingleses se dedicaron al comercio y promovieron la agricultura. Sobre las riberas del Río Coco y el Río Escondido sembraron caña de azúcar y el índigo. Se dedicaban asimismo al corte de madera. Para el trabajo en las plantaciones y el corte de madera llegaron a depender más de los esclavos negros, ya que los indios no se acostumbraban a este tipo de ocupaciones.

Entre 1620 y 1640 se produce la Alianza Anglo Miskita. Después del ataque a la Isla de Providencia por parte del imperio Español y la quiebre de la Compañía Providence Company los miskitos previendo que el ataque español se extendiera a sus comunidades buscaron el apoyo del Rey Carlos I ( 1625-1649), rey de Inglaterra. Este hecho marca el primer intento de Alianza formal entre mískitos e ingleses. En este punto se marca el inicio de la dinastía mískita que fue establecida gracias al apoyo de Gran Bretaña en 1661.

La dinastía se inició con el Gran Cacique que los piratas apodaron Old Man (“el Viejo") que tenía su residencia en Cabo Gracias a Dios. Este cacique envió a su hijo a Londres para ser educado bajo la tutela del Rey Carlos I. Por reconocerse como vasallo del nuevo rey de Inglaterra, Carlos II, el gobernador de Jamaica, Thomas Lynch al saber de esto, le otorgó el nombramiento de monarca del territorio mískito en nombre del Rey Carlos II. Para formalizar dicho nombramiento, Old Man I fue conducido a Jamaica donde fue coronado con grandes ceremonias en el Palacio de Gobierno monárquico. Old Man I reinó hasta 1677.

La dinastía mískita experimentó una gran expansión durante los siglos xvii y xviii gracias a su alianza con los bucaneros ingleses. Con la ayuda de armamentos provistos por los bucaneros ingleses basados en Jamaica lograron subyugar a varias tribus sumus y los hacían pagar impuestos en forma de canoas, cueros de venado, maíz, cacao, hule, etc. En Honduras expulsaron a los indios Payas ubicados en las riberas del Rio Tinto o Negro y al sur lograron extender sus dominios hasta el Río San Juan, llegando hasta la Laguna de Chiriquí causando la despoblación de la región de Talamanca en Costa Rica.

Así el mískito adquirió una ascendencia prácticamente sobre el litoral Atlántico desde Cabo Honduras (cerca de Trujillo en Honduras) hasta la Laguna Chiriquí (Panamá). Su idioma es entendido por muchos indios de las tribus vecinas (sumu, rama y paya), y todavía juega el papel de una lengua franca en ciertas partes de la Costa Mosquita.

El ultimo Rey mískito de la época colonial fue Stephen I ( 1816-1820). Finalizando con este Rey la época colonial. La Época post colonial en la Costa Atlántica se compone de dos etapas: la primera etapa comprende desde 1821 hasta 1847 y la segunda etapa se ubica entre 1847 hasta 1894, año de la reincorporación de la Mosquitia. La etapa comprendida entre 1821 a 1847 se le conoce como el conflicto político entre Inglaterra y Nicaragua. Este conflicto fue la secuela del conflicto anglo español en la época colonial.

El período se inicio con el reinado del Rey George III (1822-1823) que fue un negro puro elegido por los ingleses para sustituir a Roberto I por su amistad con los españoles. Luego entre 1823 y 1841 surgió el reinado de Roberto II que tenía la debilidad de entregar tierras a cambio de trajes vistosos. En 1841 fue una año de intervenciones inglesas dada la coyuntura en los países centroamericanos que se prestaba para ello. Por último en 1847 y durante el reinado del Rey Mosco George IV llegaron de Herrnhurt a Nicaragua los primeros misioneros moravos.

Entre 1847 y 1894 ubicamos la segunda etapa de la época colonial de la Costa Atlántica. En esta etapa y siempre bajo la dominación inglesa la Costa del Caribe de Nicaragua estuvo desagregada del territorio nacional. En 1860 se firmó el Tratado de Managua a través del cual Inglaterra reconocía la pertenencia del territorio a Nicaragua, pero imponía una especie de Autonomía absoluta del engranaje político, fiscal y administrativo de la Costa Atlántica con respecto al resto del país. Fue hasta el triunfo de la Revolución liberal en 1893 que la situación comenzó a cambiar. El presidente liberal José Santos Zelaya ocupó militarmente Bluefields en 12 de febrero de 1894 anexando por la vía militar este territorio desagregado políticamente por tanto tiempo del resto del país y marcando de esta forma las relaciones entre el Pacífico y el Atlántico del país".

El Caribe nicaragüense está aislado física y culturalmente de los centros de poder del país. Lugar de paso del narcotráfico, sus pequeñas comunidades son víctimas del abandono y de las tentaciones del dinero fácil. Amalia Morales ha viajado hasta allí por nosotros.

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