El Blog de la Ruta

Postapalabras (I): sombrilla para un muerto o sólo futbol

Viernes 26 de agosto de 2011 - Cuando se viaja solo se piensa mucho. No hay ruido, sino sonidos, no hay despiste. Por eso van surgiendo imágenes entremezcladas con pensamiento. En Ruta Otramérica arranca Postapalabras, unas pequeñas postales enviadas desde el viaje interior.

Por Paco Gómez Nadal

Sólo fútbol

Es una desgracia no ser muy futbolero cuando se viaja a lugares remotos. No suele haber embajada española, pero sí hay afición a los dos equipos de marras del fútbol español.

En Surinam se declara la mayoría del Barça, aunque encontré en Nieuw Amsterdam a un camarero que se autoproclamaba del Madrid.

Paso por una terraza en la zona de los ‘blancos’ (es decir, de los turistas) y lo que veo es una piña de locales frente a una pantalla plana viendo el final del Barcelona-Oporto. Cesc Fàbregas marca y lo festejan como si hubiera sido un gol de Frank Rijkaard o Patrick Kluivert, ambos de Surinam aunque casi nadie lo sepa.

La pelotita da conversación, y yo finjo saber para que no se acabe. Es loco, cuando a uno le pregunta de dónde es y dice de España nadie pregunta cómo están las cosas allá, o por qué la gente está indignada o por Picasso… sólo fútbol.

 

¿Religiones o culturas?

La necesidad de una explicación para esta existencia nos hace aferrarnos a dioses y profetas. Así ha sido desde hace milenios y las culturas están marcadas a fuego por cada una de las religiones. Miro con perplejidad en Surinam los pueblos que no deberían estar acá. Los javaneses siguen definiéndose como tal aunque hayan nacido acá. La Isla de Java está algo lejos. Los indios, igual.  Defienden ‘su’ cultura con cerrazón, tratan de mantener la sangre más o menos pura (si eso existe), oyen su música, van a sus templos, hablan aquellas lenguas. Los cimarrones, sin embargo, no tienen una cultura por la religión, sino una cultura por la resistencia. 300 años en las selvas protegiéndose de unos explotadores que los trajeron en barcos negreros a cultivar nuestro algodón o el azúcar con el que endulzaron su vida nuestros antepasados recientes.

Todas las culturas son conservadoras y se definen frente al Otro. El Otro suele ser peor que nosotros. Hoy que miro desde esta ventana privilegiada me siento tan parte de los Otros como ajeno de mi… ¿será que estoy perdiendo mi cultura?

 

De paso

Pasar por un lugar es eso… pasar. Las múltiples capas paralelas que discurren en una ciudad, las vidas que discurren tras las ventanas, en reuniones intensas que tratan temas vitales (para los que participan), en encuentros triviales que marcan el inicio de un amor o la absoluta intrascendencia de la nada… Cuando uno pasa no puede ver matices, los detalles forman parte de un cuadro general en el que intentar pescar una idea o dos, si acaso una impresión.

Pasar es algo y se puede pasar de muchos modos. Al menos, cuando tus pies se manchan de barro puede significar que te has salido del camino principal.

 

La noche de los que no tienen

Un surinamés no cualificado gana unos 300 SRD (unos 75 euros/ 90 dólares). Por eso necesita de dos o tres empleos para poder pagar casa y comida propia y de los suyos.

En la calle, una comida barata cuesta entre 10 y 12 SRD por lo que hago un cálculo demagógico y concluyo que comer en la calle para un surinamés es cómo si alguien con un salario de 1.500 dólares tuviera que pagar por un poco de pollo y de arroz unos 55 dólares.

Es una buena razón para que la ciudad se vacíe a partir de las 5 de la tarde. Cierran tiendas de chinos, restaurantes de javaneses, talleres de reparación de indios, se recogen puestos callejeros y sólo queda con vida la zona para turistas y locales con plata.

La noche de los que no tienen es íntima.

En una ocasión alguien se atrevió a criticar que los pobres gasten una fortuna en un buen televisor o en un buen equipo de sonido. La respuesta tiene que ver con esta postapalabra: ellos no pueden ir al cine ni salir de restaurantes. La única diversión es en el perímetro de su hogar o de los amigos.

 

Sombrilla para un muerto

Recuerdo, hace años, la visita más sorprendente a un cementerio. Fue en Medellín y caminé frente a la tumba de Rambo, uno de los jefes del sicariato que trabajaba para don Pablo. Sus compañeros, años después de su fatal muerte, seguían manteniendo un estereo sonando 24 horas al día y le fumaban marihuana, que era lo que al muertito le gustaba en vida. En otras tumbas había poemas, canciones, papelitos en los que le contaban al cadáver que los que aún respiraban iban a comer juntos el domingo o que su cumpleaños se acercaba y estaban pensando en el mejor regalo.

Los muertos seguían vivos. Abandonar su tumba, era, quizá, abandonar si recuerdo. Acá, en una comunidad perdida en medio de la nada, encuentro un cementerio destrozado. Las aguas negras circulan alrededor de las tumbas partidas. Pero en una de ellas, reciente aún el abandono del aliento, una sombrilla protege del sol al muerto. Es lo menos, en estas tierras donde el infierno solar es cotidiano.