Opinión

El Panamá que duele (2)

Domingo 08 de julio de 2012 - Segunda entrega del análisis propositivo de Carlos Fernando Carrera sobre la grave crisis institucional y social que vive Panamá. La única salida: la común.

Por Carlos Fernando Carrera

Sí, hay un Panamá que duele. Siento un coraje profundo ante la incompetencia y desfachatez de los pocos escogidos como gobernantes y una tristeza infinita por la cómplice indiferencia conformista de los muchos gobernados y de las instituciones que dicen representarlos. Duele la fatalista indiferencia que no está caracterizando y la culpable inacción de quienes deben y pueden liderizar procesos deponiendo rivalidades, sectarismos e intereses personales.

Si la cultura es omnipresente nos guste o no la política también lo es. Bien entendida, la política es más que elecciones y conteos  de votos. Es diaria vivencia. ¿Podrá en serio alguien creerse inmune a las decisiones de los políticos enquistados en el poder? Será en parte, consecuencia de haber equiparado la política a la politiquería, que pocas cosas hay, de las que el ciudadano común procure mantenerse más alejado que de la política, ajeno por completo al impacto que ella tiene en ese mundo cotidiano en que su humanidad se agita. Pero todo cuanto vive a diario es tocado por ella, lo que se hace o deja de hacer en las escuelas, los comercios, o el hospital. Las decisiones políticas grandes o pequeñas afectan en forma directa o indirecta los micro y macro sistemas económicos y sociales determinando el rumbo del cotidiano vivir individual y colectivo.

La politiquería es tratar de sacar provecho o ventaja personal de las cosas que pasan en el contexto social, la política actuar y esforzarse para que las cosas sucedan en él, no por azar sino como consecuencia  de una línea de acción previamente definida, fundamentada en ideales de bienestar común y principios de respeto y solidaridad, mediante el responsable ejercicio de las libertades, derechos y deberes que en teoría consagra la práctica de un régimen democrático.

Los individuos, en  el tumulto de su experiencia cotidiana, son con frecuencia inconscientes de sus posiciones sociales. Su malestar personal se enfoca sobre inquietudes explícitas sólo en la medida en que estas le afectan directamente. Mientras no se esfuercen en comprender, hasta donde comparten las causas de sus problemas con muchos otros, la indiferencia de los ciudadanos no se convertirá en interés por las cuestiones públicas.

Habitualmente sucede, que vivimos sin conceder atención a la institucionalidad que  nos circunda, aún cuando la totalidad de ella descansa en normas y valores y tienen un impacto decisivo en el tipo de personas en que nos vamos convirtiendo. Grave  error, y no el único. Lo importante es darse cuenta de que la primera y más seria equivocación no se da  a la hora  del ejercicio del voto, sino al confundir la democracia con el ejercicio electoral que se realiza cada cinco años. La democracia real tiene su precio, implica no sólo el conocimiento y ejercicio de derechos sino el cumplimiento de deberes,  entre ellos la vigilancia constante y la participación comprometida y responsable. El olvido de ese compromiso, consecuencias graves, que van desde la institucionalización de la corrupción hasta el incremento de la extrema pobreza. No podemos seguir extendiendo patentes de corso cada cinco años  y cruzarnos resignadamente de brazos a esperar los resultados. El voto castigo no es solución alguna, termina siendo una autoflagelación, generalmente solo castiga  a quienes lo emiten.

Lo que C. Wright Mills llamó “imaginación sociológica”, nos permite vislumbrar la intersección entre la biografía y la historia y la relación entre ambas dentro del entramado de la realidad social.  Todo individuo sólo puede comprender su propia experiencia y evaluar su propio destino localizándose a sí mismo en su época. Le  es dado conocer sus propias posibilidades en la vida si conoce la de todos los individuos que se encuentran en similares circunstancias. Consciente o no, por  el simple hecho de vivir (y la forma en que lo hace) contribuye  aunque sea en pequeñísima medida,  a dar forma a esa sociedad y al curso de su historia. No hay equívoco al afirmar que el país que tenemos  es consecuencia de nuestras decisiones.

Comúnmente se percibe como cambio lo que es continuidad. Los torneos electorales no son por sí mismos oportunidades para el cambio,  sino más bien para la perpetuación de un sistema decadente que solo beneficia a unos pocos. Si no se corrigen, los errores irán acrecentándose.  La naturaleza del poder ha cambiado y por tanto nuestra relación con él también debe cambiar. Las estructuras de representación (asamblea, consejos municipales) ya no son las únicas formas  de participación política. Los partidos políticos tampoco. Al final del camino no importa tanto quien ejerce el poder  sino como lo hace. Fijar límites razonables al ejercicio del poder, es responsabilidad de todos y cada uno de los ciudadanos de un país. En la medida en que haya una comunidad organizada en torno al cumplimiento  de compromisos electorales, los gobiernos se verán obligados a actuar con mayor responsabilidad respecto a esos compromisos adquiridos.

Es impostergable la necesidad de unirnos y organizarnos para lograr ese cambio que todos queremos y necesitamos. No hay otra forma de lograrlo sino a través de la participación persistente de la ciudadanía en todos los aspectos de la vida social: seguridad, salud, vivienda, educación, empleo, infraestructura, transporte, cultura. De ello depende nuestra calidad  de vida.

A veces sucede, en lo personal y colectivo, que sancionamos como aceptable la realidad, por conformismo y temor al caos generado en torno a los procesos de cambio. Al decir de Wilbert Moore, un sistema social requiere que las unidades  sean personas, más propiamente actores o seres que desempeñen un papel, y cuya interacción esté gobernada por normas o reglas, organizados como grupos, adquieren características adicionales como metas colectivas o valores, poderosa fuente generadora de cambios. La característica persistente y de repetición de un número plural de aspectos de la conducta social  da una posible predicción estática  a la vida humana y la hace por esto tolerable. Parece haber límites psicológicos a la tolerancia de la gente en cuanto al caos, pero, por cierto también los hay a la tolerancia de repeticiones infinitas. El desafío sigue allí, vigente cada día, cuestionando nuestra vocación democrática, nuestro genuino anhelo de cambiar la historia mediante nuestro compromiso con un verdadero cambio en positivo. Sin lugar a dudas, las dos palabras clave son organización y participación. 

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