Opinión

'Hacer algo por cambiarlo'

Viernes 19 de agosto de 2016 - Ante la inerme convicción de lo imposible, la fuerza arrolladora del cambio; ante la indolencia inducida y preñada de un pragmatismo doloroso, la certeza de que hay peleas justas que hay que darlas aunque no se tenga asegurada la victoria. El columnista le apuesta a la utopía. ¿Y tú?

Por César Baeza Hidalgo

- ¡Pero Christiane! –le dije-, ¡Si las relaciones humanas son relaciones de poder, así ha sido siempre!

- Sí –me respondió-. Las relaciones humanas son relaciones de poder. Pero tú y yo que lo sabemos, debemos hacer algo por cambiarlo.

La charla tuvo lugar en 1996, hace de eso ya 20 años. Si bien no recuerdo el origen de esa conversación, ni el tema, nunca he olvidado esa frase que me respondiera mi amiga, la mamá de quien entonces era mi novia y que con el tiempo se convirtió en mi hermana –el cariño nunca desaparece, solo se transforma-.

La idea que instaló Christiane es aplicable a todas las cosas que nos señalan como imposibles, inamovibles, o absolutas. Me han dicho en diversas circunstancias y respecto de multiplicidad de temas que las cosas son así y no hay nada que se pueda hacer por cambiarlas. “No importa quién gobierne ni el sistema que predomine, hay que salir a trabajar igual”, o algo parecido he escuchado muchas más veces de las que puedo recordar.

Siempre me encuentro con más de una cara de sorpresa cuando establezco un punto que ante las certezas de este mundo y este sistema aparece como absurdo, por lo difícil de la tarea.

Me imagino qué sería de este mundo, cada día más escaso de esperanza, de ideales, si Luther King, Ghandi, Malcom X, el Ché o Mandela se hubiesen rendido ante ese tipo de afirmaciones. Me pregunto si esos seres que repiten que las utopías son imposibles han inspirado a alguien alguna vez. Me pregunto si somos capaces de profundizar de tal manera en nuestros sueños como para sentir la convicción de realizarlos.

Yo quiero pensar que nada es imposible. Quiero convencerme a mí mismo de que hay motores más fuertes que el odio, la envidia, la codicia o el escepticismo. Al menos quiero creer en eso, ya que no creo en dioses que me solucionen la vida.

Hay demasiados dioses mundanos que se han apoderado de las vidas y extirpado de las mentes y de los corazones casi todos los sueños que se tienen con los ojos abiertos. Pienso que tenemos que volver a abrir los ojos para que se inunde de energía la convicción.

Quiero creer en luchas que generen esa energía para seguir adelante, por el simple hecho del convencimiento de que son peleas justas y necesarias. Creo, irreductiblemente, en que este mundo es transformable y, si no, miren en lo que lo han transformado… ¡Ya es hora de nuestro turno! ¿No?

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