Opinión

Los relojes sociales

Lunes 30 de abril de 2012 - Carlos Fernando Carrera se sumerge en el tiempo contemporáneo. Desde la subjetividad y desde el tiempo social, plantea preguntas fundamentales y duda de las trampas que este sistema nos prepara envueltas en el lenguaje temporal.

Por Carlos Fernando Carrera

El tamaño de la ciudad se determina no tanto por su dimensión territorial sino por la cantidad de sujetos que la habitan. Y como no hay  tiempo sin sujetos  que lo vivan, el tiempo de la ciudad  es una compleja amalgama de subjetividades temporales. Pero no a todos sus habitantes, el sistema prevaleciente les otorga la misma condición de sujetos, ni tienen las  mismas  posibilidades  de acceso al tiempo urbano y su devenir. De allí que el tiempo sea solo una ilusión inserta en la realidad social,  determinada por la  expresión “esperanza de vida” y por la forma que cada quien construye su biografía, y hablamos básicamente del tiempo urbano porque  es  en este  escenario donde cotidianamente el tiempo se densifica más,  aunque de  forma diferencial para unos y otros.

Una de las muchas definiciones del tiempo es “intervalo entre dos eventos”  asumiendo que al menos que estén plenamente integradas entre sí, la realización de actividades distintas son mutuamente excluyentes.  Eso necesariamente nos lleva a concluir  que hay una densidad que  es consustancial  al tiempo, podríamos asumirla como cosas que podemos hacer en una porción  de él; días, horas, semanas, meses… años. 

Se han vuelto comunes las interminables colas en los lugares donde se atiende “público”; cajas de supermercados, recarga de tarjetas, pago de otros servicios públicos,  en fin; la densidad del tiempo parece haberse diluido  si lo medimos de la forma propuesta, en función de cosas que se pueden hacer en un X intervalo de él. No es casualidad. Es una manera  de abrir la puerta a “valores agregados” en estos y otros servicios, o al menos eso pretenden hacernos creer. El servicio express, los famosos espacios y atención VIP, la compra anticipada; todos ofertados bajo el mismo argumento, la atención expedita o la compra en mayor volumen, se traduce en ahorro de tiempo. Como quiera que sea, todas estas opciones  se ofrecen a un costo y bajo una dinámica,  generalmente no adecuadas al presupuesto y realidad de las mayorías; a menos que el sistema nos obligue a  ello: ¿por qué pagar más por servicios,  muchas veces ya encarecidos? La consecuencia inmediata,  la valoración del tiempo y su disponibilidad  son un sutil y renovado mecanismo de diferenciación social.

Pero el tiempo tiene otras formas de incidencia en la realidad social, la forma particular de construir la biografía es una de ellas. Niñez, juventud, adultez, vejez: son conceptos vacíos fuera de su necesaria contextualización sociocultural que ha variado con su decurso.  Los niños ya no tienen oportunidad de serlo, el espacio para la inocencia, descubrimiento, ensoñación se ha disipado, obligando a redefinir el concepto desde parámetros más sistemáticos: guardería, preescolar, kínder y multitud  de gradaciones con que el sistema escolar ha desplazado a la institución familiar en una etapa crucial para la formación de la personalidad.

Para una juventud en crisis, el tiempo es agonía continua, juventud que, al decir del sociólogo mexicano José Manuel Valenzuela, observa con desconfianza las promesas de futuro; vive un presentismo intenso, pues el futuro es referente opaco que solapa la ausencia de opciones frente a sus problemas fundamentales. Sus proyectos de vida quedaron olvidados, les expropiaron la esperanza. Las marcas ya están inscritas en sus vidas, en sus cuerpos, en sus carencias, en sus ritmos de envejecimiento, en sus expectativas, en sus escenarios disponibles. Para ellos el futuro ya se fue. No es lo mismo ser una joven Ngäbé, madre a los 15 años con el hijo en brazos, que tener la misma edad en un exclusivo colegio privado (aunque se tenga la experiencia de un aborto).

Una edad adulta que transcurre en medio de la distracción generada por problemas reales o imaginarios pero siempre  controlados desde los sectores  del poder, se convierte así, en un tiempo de evasión a través de muchas y muy sofisticadas formas. Infructuosa búsqueda  de un útero artificial (consumo, religión, deporte o vicios) que brinde refugio de un mundo hostil.  Y finalmente una vejez  en la que el tiempo se ha detenido sin detenerse,  en una sociedad que venera hasta lo enfermizo una juventud efímera y todo lo asociado a ella, llegar a viejo  es arribar a territorio zombie, equivale a estar muerto sin estarlo.

Los relojes sociales existen, y hablo en plural porque en la misma medida que no todos pueden comprarse un Rolex, no todos podemos mantener la misma relación con el tiempo, dependiendo de  nuestra posición relativa  en el  escenario social. Las diferencias regionales en la esperanza de vida son ejemplo de ello. Y vale advertirlo: que la gente viva más tiempo tampoco significa que vivan mejor, por eso, materias tan sensitivas para la vida social cotidiana como transporte público, trámites burocráticos, una cita en el sistema de salud, un fallo judicial, y ni que decir del tiempo de respuesta de la policía u otras instancias de seguridad, tienen impactos profundos más allá  de lo que el ciudadano común puede percibir, para la forma en que transcurre su tiempo existencial. La próxima vez que alguien, en referencia al tiempo, le argumente ¿Qué tienes que perder?... medite su respuesta. La no reflexión sobre ello ha provocado que cada día el tiempo de los más parezca valer menos.