Opinión

Modernidad, identidad, creatividad: apuntes para una discusión sobre pedagogía en Cuba

Miércoles 27 de julio de 2016 - ¿Cuestionamos lo incuestionable? El autor arremete contra el supuesto pensamiento crítico latinoamericano sobre las políticas públicas sobre educación, que siempre hizo la vista gorda a las pedagogías alternativas que encausaron movimientos liberadores en todo el continente.

Por Reinier Medialuna

Hubo un plan, fue evidente, una temible conspiración. El riesgo real fue perder la identidad, nuestra memoria histórica y cultural; los riesgos colaterales sacuden desde el principio la América Latina toda, piel de nuestra piel mallugada, endeudada, traicionada.

La historia comenzó a dar nombres a las cosas: globalización neoliberal, muerte de la democracia, depredación de los recursos naturales, propagación de los fundamentalismos, evasión al socialismo autoritario, descontrol de la emigración, proliferación de la carrera armamentista, legitimación del poder hegemónico por las minorías oligárquicas, ultraderechas militantes, extrema izquierdas desorientadas...

Hay un plan, es evidente, América Latina sopesa las consecuencias de la sumisión, sus revoluciones se convierten en decadencias, las prácticas liberadoras en activismo y la democracia en terror de Estado. La violencia es una constante y la deshumanización su efecto mediato.

La historia comienza a resignificar el discurso de las ideologías inmovilizadoras de “nada se puede cambiar”  y encauza pedagogías liberadoras para la reconstrucción del tejido social y la reivindicación de la lucha emancipadora. La historia encausa el proceso revelador de tanta inopia social y sienta de una vez a la escuela en el banquillo de acusados.

Las mujeres y los hombres, unidos y convocados desde un insulso contrato social, ceden el monopolio del poder al Estado. La creación de riquezas trae el antifaz de la explotación, no solo de recursos naturales, sino la del hombre por el hombre; y en esa lógica, la memoria histórica de unos, es abducida por el pensamiento político y filosófico de otros, dueños de estas riquezas. A tal punto en nombre de la reivindicación, la sociedad le encarga a la institución escolar la conservación y reproducción de constantes culturales y la historia misma, expresada en identidad, tradición y sucesión de acontecimientos legitimados por los que ostentan el poder.

Como instrumento legitimador de este poder, digamos para América Latina, del aparato gubernamental que personaliza el Estado. La institución escolar nacida, programada e instaurada a partir de modelos de producción capitalista en pos del desarrollo de la revolución industrial, consigue acallar al hombre mismo, anula su espíritu creativo y transformador, opera en una liturgia aparatosa encausada a mantener estructuras sociales y constantes culturales que han sido creadas y oficializadas por la propia cultura para la sumisión. Siendo así, los derechos e intereses de los individuos son estandarizados y expuestos como intereses de la comunidad, por la que habrá de cuidar el Estado, y en su nombre rendir pleitesía a los intereses y derechos individuales, vistos estos últimos como obligaciones.

El universo temático del pensamiento crítico latinoamericano para las políticas públicas sobre educación siempre hizo la vista gorda a las pedagogías alternativas que encausaron movimientos liberadores en todo el continente. En el mismo lenguaje del opresor y desde su paradigma oficialista y burgués, aplaudieron campañas de alfabetización, y otros métodos alienantes de educación de revoluciones triunfantes y oleadas civilistas ocurridas desde los 50 a los 80.

No encontrando un punto de consenso hasta hoy, valdría preguntarse:

¿Cómo pensar una sociedad de hoy, si se educa con la escuela de ayer?

¿Hasta qué punto es una hipocresía hablar de identidad cultural latinoamericana si no se habla primero de independencia comercial y descolonización sociocultural?

¿Cómo aspira la escuela a que el individuo se exprese libremente como agente y transformador sociocultural, si en su proceso organizativo homogeniza y estandariza con imperativos los contenidos y saberes a que deben aspirar todos producto de un heredado contrato social?

El encargo social de la escuela es formar al hombre… ¿Pero para qué? ¿Bajo qué principios y criterios de juicios?

Si la escuela es humanista, la piensan y hacen los humanistas, y siempre ha existido en función de dignificar y transformar al hombre ¿Por qué estamos tan deshumanizados?

¿Por qué niega la escuela institucionalizada la opción de laboratorio pedagógico a la vez que exige del individuo un nivel superior de actividad creativa que lo posicione a nivel de su tiempo?

¿Por qué la identidad cultural y el estímulo al ser creativo no marchan como hallazgos de lenguaje común en los procesos educativos de las instituciones escolares legitimadas y encausadas a conseguir ese fin?

¿Qué esconden las instituciones escolares subvencionadas por el Estado bajo el discurso de educación pública, gratuita y obligatoria?

¿Qué tipo de relación se establece entre la identidad cultural y la creatividad (asumida como imaginación creadora) en el seno de este tipo de educación formal, y para la cual el hombre moderno latinoamericano ha trabajado incansablemente en pos de conservarla, ennoblecerla, enriquecerla, expandirla… hasta que finalmente, lo anule?