Opinión

¡Oro quería el cabrón!

Viernes 02 de septiembre de 2016 - Revisando textos, encontré éste, que me recuerda el paso por Bolivia en 1998. Me enfrento al recuerdo, que me trae a la memoria las contradicciones de la pobreza material en localidades que han brillado por la riqueza. La mirada impuesta y la reproducción, el espejo nos devuelve una realidad difícil de negar.

Por César Baeza Hidalgo

Es el año 2008. Estoy en Potosí, donde convergen y persisten millones de historias en que ni espejitos les dieron los invasores para llevarse todo. Y cuando digo todo, casi que me atrevo a decir incluso la dignidad con que al menos se excusaba la inocencia. Veo en las calles los rostros curtidos por el clima, el taxista tratando de ver si por gringo te roba 50 centavos de dólar, y el vendedor o vendedora de la calle que ofrece gorros con el logotipo de NIKE en 1 dólar más de lo que ella sabe que vale en cualquier parte.

En el horizonte, el Cerro Rico, exprimido hasta más no poder, ahora arroja minerales que en el mercado internacional no pesan lo que antes.  Bueno pero acabo de llegar. La gente sigue siendo amable. Sigue sonriendo ante una palabra cómica. Sigue mirando con recelo, pero con ganas de ser quién gane, aunque sean unos centavos... ¿Deliro? ¡Tal vez, mi hermano! A veces la resistencia se resiste a seguir el camino correcto.

Leo y me cuentan parte de la historia, y me pregunto las verdaderas razones de la lucha por la independencia. Un montón de criollos, mestizos, algunos hijos bastardos que viajaron a Europa y se educaron con la consecuente visión de libertad que allá se habían inventado.

La independencia nos sirvió para expulsar a los explotadores y convertirnos en lo mismo, pero de poca monta... se educaron con la consecuente visión de libertad que allá se habían inventado.

Aprendimos, sí, los mestizos, la perspectiva del desarrollo que luego se ha impuesto en el mundo. Esa que sacrifica a unos millones para beneficio de unos cuantos, cada vez de menos, de unos pocos. Esa que hace de la explotación una constante que se nos mete en los huesos como una roca inamovible que siempre ha estado allí: la explotación de los recursos naturales, la explotación de las personas, la explotación del agua, la explotación de las mujeres, la explotación de la estupidez y, de la mano con todo, el servilismo humano que parece tener una veta inagotable.

Terminamos reproduciendo, de una manera u otra, el esquema que decíamos combatir. La independencia nos sirvió para expulsar a los explotadores y convertirnos en lo mismo, pero de poca monta. Nos movimos demasiado tarde, cuando ya no quedaba nada. ¿Oro quería el cabrón? Plata, tendría que decir en Potosí, de donde ya sólo se saca estaño y zinc del Cerro Rico, donde cuentan que surgió la explotación minera de América Latina.

Dicen que lo que se llevaron de acá financió el desarrollo de la Europa de hoy. Se cuenta que lo transportado supera con creces lo que se llevó Alejandro Magno de los tesoros persas. También que así como se podría construir un puente que atraviese el Atlántico de plata maciza con lo que se apropiaron, también se podría hacer otro con los huesos de las personas que dejaron su vida en las minas.

Y a eso aspiramos los criollos que queríamos ser europeos. Que miramos con recelo al indígena y que seguimos criticando, catalogándolo de flojo, borracho y ‘vivo’. Eso es lo que me han dicho los mestizos de Bolivia sobre los descendientes de los pueblos originarios cuando por a, be o ce sale el tema. Lo mismo me dijeron en Ecuador. La misma mirada existe en Chile, donde se hizo un ‘mejor trabajo’, exterminando casi por completo las culturas autóctonas y hasta los más conscientes siguen pensándose mejores que los habitantes de los países vecinos.

Y la resistencia se vuelve una lucha por lo mismo. Una lucha por vencer o ser vencidos. Una lucha por la imposición de la mirada, o al menos de la oportunidad. Reproducimos el esquema de la fuerza, y si tenemos el poder lo ‘aprovechamos’ con fines egoístas, porque nos decimos que “aunque sea por una vez, seamos nosotros quienes se impongan”.

Y en ese camino vamos. Creyendo que podemos hacer algo. Tratando de gobernar para cambiar el mundo, pero seguimos intactos por dentro, sin cambiar un ápice la motivación de nuestros huesos para levantarnos por la mañana. Seguimos siendo los mismos, con distinto rostro, pero en el fondo los mismos. Enredados en la falacia de un mundo que nos encandila peor que los espejitos, haciéndonos creer que decidimos.

Espejito, espejito: ¿Quién de todos es el más bonito?