Opinión

Poder, territorio y anomia, elementos para entender la crisis

Martes 07 de febrero de 2012 - El sociólogo Carlos Carrera profundiza en la grave crisis que vive Panamá y lo hace transcendiendo los sucesos del momento y analizando tres de sus elementos clave.

Por Carlos Fernando Carrera

Los conceptos son fundamentales en la tarea de entender la realidad, de hecho, más que abstracciones  son herramientas que permiten asir la realidad e incluso transformarla. Cuando reconceptualizamos la realidad estamos redefiniendo nuestro papel en ella. Propongo el análisis de la crisis de gobernabilidad actual  a la luz de los tres conceptos claves que dan título a estas reflexiones.

En su esencia más simple el poder es: “capacidad de…”.  Así, cualquier tipo de poder implica capacidades inherentes. Cuando el poder político legalmente instituido, concentrado en el Ejecutivo afirma que no puede reunirse con  los indígenas fuera  de la oficina presidencial  esta implícitamente  reconociendo su incapacidad de maniobra fuera  de  ese  ámbito. Lo mismo sucede con la dirigencia indígena. A diferencia  de otros grupos  en los movimientos campesinos e indígenas una característica  distintiva es que las decisiones y acciones  se realizan de común acuerdo, es decir  se actúa en comunidad. Hay poco espacio para la manipulación y burla  a las masas por parte  de la dirigencia, tampoco para la imposición del criterio de nadie  en particular sobre la voluntad soberana de la colectividad. El que sea una acción comunitaria, explica la presencia de todos los grupos etáreos en las protestas, niños y adultos. En el  caso de la dirigencia indígena tradicional ellos solamente son  voceros, su poder  es limitado por la decisión colectiva de la comunidad  que representan. Hacen un uso distinto del poder…no hay acuerdos de bancada, líneas de partido, ni lealtades contrapuestas sus asuntos comunes los resuelven cara a cara  en una dinámica donde los elegidos no pueden imponer criterios a los electores, en un ejercicio democrático del cual mucho tenemos que aprender en el camino a un ejercicio democrático que vaya más allá de lo estrictamente formal. Por  el lado del actual poder ejecutivo, sabemos ya como se resuelven los asuntos que nos afectan a todos, entre viandas y tragos en  espacios de acceso restringido a los excluidos de las esferas  del poder, y en los cuales una minoría de privilegiados por los electos deciden por todos los electores o se allanan a la voluntad del más poderoso entre los elegidos en una dinámica casi mesiánica.

El territorio es una urdimbre de unidades geográficas jerárquicas contrapuestas, en el que vivimos y actuamos cotidianamente, se trata esencialmente de un área delimitada para ejercer el poder,  es la demarcación del  ámbito del estado-nación y de sus divisiones internas. El origen y los límites territoriales son tanto histórico-políticos como político-administrativos.  Es un espacio social producto indiscutible  de la acción humana, que  requiere ser asumido como lo propone el geógrafo brasileño Milton Santos  como  conjunto indisociable de sistemas de objetos  (infraestructura) y sistema de acciones (flujos), en permanente interacción, que se presentan como testimonios, en el caso de nuestros grupos étnicos,  de una tradicional  forma  de relacionarse con el ambiente natural que va en contra de su depredación extrema. Este espacio tiene una doble dimensión: es a la vez material y representación intangible de una realidad concreta,  objeto físico y mental, es, en términos sencillos,  escenario de un particular estilo de vida, necesidad y querencia a la vez. Negarlo  a un grupo equivale a socavar un derecho consustancial a la vida.

No lo justifica  plenamente,  pero si explica la imperante necesidad  que surge en ellos de defenderlo por los medios y formas que sean necesarios. Un primer elemento de él es  la historicidad, sustentada en la asincronía de tiempos que tanto la infraestructura como los flujos expresan de manera más o menos tangible en el espacio, no es extraño encontrar en algunos de ellos, modos de producción tradicionales opuestos a una postmodernidad caracterizada por la vorágine consumista y depredadora del ambiente, y que algunos asumen como visible atraso. Otro elemento es la totalidad, porque en él se visualizan las complejas redes de organización de las relaciones humanas, incluyendo aquellas, producto de las interacciones naturaleza-hombres. En este contexto cualquier acción que afecte al ambiente afecta a quiénes lo ocupan. La escala,  tercer elemento, indica una dinámica pocas veces considerada conceptualmente. Requiere dar una mirada al territorio en los distintos contextos de los que tiene parte, quiere esto decir, que en las escalas locales se expresan hasta las globales y viceversa. Buena parte  del territorio comarcal forma  a su vez parte de reservas hídricas y forestales  de importancia no solamente para el país sino para la región a la que pertenece la totalidad del territorio panameño.  El espacio territorio, como producto social es un objeto complejo y polifacético: es lo que materialmente la sociedad crea y recrea, con una entidad física definida; es una representación social,  un proyecto en el que operan individuos, grupos sociales, instituciones, relaciones sociales características y representativas de la cosmogonía de sus ocupantes. El espacio territorio se nos ofrece, además, a través de un discurso socialmente construido, que mediatiza al tiempo que vehicula nuestra representación y nuestras prácticas sociales.

Para la sociología,  anomia (etimológicamente sin norma) es la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos lo necesario para lograr las metas de la sociedad.  Se emplea en sociología para referirse a una desviación o ruptura de las normas sociales.  La mayor presión conducente al desvío se da entre los grupos socioeconómicos más bajos y las conductas desviadas son: el crimen, el suicidio, los desórdenes mentales, el alcoholismo, etc. Una expresión visible de la anomia es un colapso de gobernabilidad por no poder controlar esta emergente situación de alienación experimentada por un individuo, subcultura, o etnia,  hecho que provoca una situación desorganizada que resulta en un comportamiento no social. La anomia es una disociación entre los objetivos culturales y el acceso de ciertos sectores a los medios necesarios para lograrlos, por lo cual la relación entre medios y fines se debilita. Visiones y concepciones diferentes del territorio lógicamente desencadenan conflictos sobre las decisiones  que afectan su integridad.  La situación actual  es pues una situación anómica, producto de un deficiente ejercicio del poder político en el territorio.

A diferencia de E. Durkheim  y R. Merton, que abordaron en sus teorías  la anomia como expresiones de un déficit funcional el primero y desviación sistémica el segundo, Peter Waldmann desde su experiencia en el estudio de la realidad latinoamericana,  señala al Estado como principal productor y aprovechador de la anomia. Depende de manera decisiva  de los gobernantes, el que a los ciudadanos, se les señale con claridad deberes y derechos mediante la promulgación de normas jurídicas coherentes, o por el contario, se le creen situaciones de incertidumbre y angustia.

La burocracia pública es fuente  de anomia de primer orden, pues aunque ha copiado del modelo europeo el andamiaje formal de las estructuras jerárquicas distribución de competencias y privilegios soberanos, carece del espíritu objetivo y cumplimiento del deber que harían de ella un instrumento funcional al servicio del desarrollo nacional. Burócratas cuyos privilegios no sean limitados por una ética y práctica social  efectivas, tienen amplias posibilidades  de  desarrollar un comportamiento desviado imponiendo normas contrarias  al derecho vigente o interpretando  y aplicando a capricho leyes existentes. La erosión acelerada de la institucionalidad burocrática en Panamá, particularmente en el Órgano Judicial y Legislativo que para la percepción ciudadana están indiscutiblemente subyugados al ejecutivo en virtud de un presidencialismo exacerbado es  el caldo de cultivo para una distorsión del poder político reflejado hoy en una anomia generalizada en todo el territorio.