Opinión

¿Y si mandamos al carajo al Estado?

Jueves 29 de marzo de 2012 - El Estado, el concepto y la acción del Estado eurooccidental, es tan decadente como dañina. El autor plantea la necesidad de que los movimientos de base trabajen desde el paradigma de la autonomía, de la autodeterminación.

Por Paco Gómez Nadal

Se me ocurre echar un ojo a los medios en diferentes países de la Otramérica y hay una palabra que se repite con insistencia: Estado. No se trata de análisis sesudos sobre éste ni aparecen propuestas que pasen por la refundación de ese concepto de Estado-Nación tan ligado a la Modernidad colonizadora eurocéntrica… Más bien, la palabra aparece desde lo negativo. Un líder indígena guatemalteco hablando de que allá el Estado es sólo para unos pocos; movimientos en el Urabá de Colombia denunciando que por allá no han visto a eso que llamamos Estado; las víctimas de la violencia en México denunciando la complicidad del estado con los criminales organizados…

Los libertarios de extrema derecha (esos seres extremadamente peligrosos) hablan del fin del Estado, pero porque quieren vivir en la jungla del capitalismo individualista (esto es un pleonasmo). Nadie puede tocar la sacrosanta individualidad y el reino del hago lo que me da la gana. Pero el enunciado de este artículo no habla de eso. Quizá, sólo quizá, los que antes lo vieron y antes lo pusieron en práctica fueron los zapatistas, en Chiapas. La autonomía y la autogestión ha sido –y es, ahora más que nunca- la brújula que ha orientado su accionar político. Interpretan claramente que la figura que conocemos como Estado no es más que una herramienta opresora, un filtro homogeneizador que ejerce la violencia en base a un contrato social inexistente.

El Estado eurocéntrico y capitalista no respeta las diferencias, no permite más que una nacionalidad, una ciudadanía, un orden… todo lo que se mueva un milímetro de esa concepción monolítica es una amenaza a la estabilidad “democrática” y, por tanto, debe ser destruido. Por eso, las perspectivas del cambio civilizatorio que precisamos, el futuro más halagüeño pasa por la autonomía de los pueblos, por la autodeterminación desde todo punto de vista [ya planteaba en Otramérica Boaventura de Sousa Santos la urgencia de sustituir el concepto desarrollo por el de Autodeterminación].

Sé que suena a un sueño lejano, pero hay que dar pasos hacia allá. Hasta ahora hemos depositado en el Estado la ambivalencia de nuestro destino: es el que viola y el que hace respetar los derechos humanos, es el que reprime y el que juzga a los represores, es el que administra las libertades de forma tacaña y miserable. Por eso podemos mandar al carajo al Estado y, desde las comunidades y movimientos organizados, construir alternativas propias, que no lo precisen, que lo tumben por desprecio. Es hora de liberarse de esas cadenas que nos vendieron como alas.