Personajes

La hora de leer a Gonzalo Rojas

Viernes 29 de abril de 2011 - Estar en la plenitud a los 93 años no es un mérito para quien vive. Gonzalo Rojas, poeta chileno, ha fallecido en el mes de las letras en castellano (el 25 de abril), a esa edad y lleno de vida. César Baeza nos acerca a su figura.

Por César Baeza Hidalgo

Son miles de chilenos y chilenas quienes comenzarán a leer a Gonzalo Rojas Pizarro, el poeta niño que se fue de Chile para encontrarse con el sol a los 93 años. “El sol es la única semilla” habría plasmado en una hoja en blanco de sus cuadernos con espiral que en este país llamamos “universitarios”.

Gonzalo Rojas fue más conocido fuera de Chile que adentro. Leyó ante los ojos atentos y las bocas abiertas de cientos de personas en el Festival de Poesía de Medellín, recibió el premio Reina Sofía (1992) antes de que ese mismo año se le otorgara el Premio Nacional de Poesía, al menos una que ganó en esta tierra y el Cervantes en 2003

Sus amigos, quienes le conocieron, dicen que Gonzalo no se murió, que él vive en su poesía y que en sus textos perdura y permanece. Pero la verdad es que se murió siendo un grande y a los 93 años, en la plenitud de su producción poética.

El primer libro, La miseria del hombre, lo publicó en 1948; luego publicó Contra la muerte, en 1964. Trece años después, en 1977, publicó Oscuro. Ya a partir de 1979, con más de 60 años, casi no paró de publicar, con raras pausas, al menos un libro por año. No paró de escribir hasta que, a sus 93 años, con más de medio centenar de títulos, el aire no fue suficiente para seguirlo respirando y, luego de un accidente cerebrovascular que sufrió en febrero, aguantó un par de meses y decidió que era hora de terminar los días sobre esta tierra el, 25 de abril pasado.

Había nacido en Lebu un 20 de diciembre de 1917, a dos meses de que en Europa la revolución rusa iniciara el cambio de mirada en la pugna por el poder político durante décadas. Él, despreocupado de ello, chapoteaba sus primeros pasos en la Región sureña donde ahora los mapuche luchan por que este Estado les reconozca sus derechos sobre la tierra que pisó el poeta.

A Rojas se le inscribe en el movimiento poético llamado “Generación del 38” pero su creatividad lo movió entre diversas inspiraciones. Se sentía cercano a la juventud. Con más de 80 años fue invitado a leer mientras rockeros españoles improvisaban su música. Se sentía cómodo porque era curioso, inquieto y de alma innovadora.

Ahora, homenajeado por todos los sectores, este hombre que siempre contestó el teléfono y atendió entrevistas sin ningún tipo de remilgos, puede que logre que su pueblo aprenda a leerlo ahora que no está y salió en los noticieros y se le reconoció en los diarios y revistas.

Amigo de sus amigos y respaldo de los nuevos escritores, algunos de los cuales publicaron o abrieron puertas porque él les ayudó a golpearlas, Gonzalo Rojas no alcanzó a ser profeta en su tierra. Se murió en Santiago y se fue a provincia, donde vivía, aunque siga viviendo en sus libros.

Ahora que se destaca en las noticias que se fue, ahora que le rindieron honores en el Museo de Bellas Artes, donde fue velado y se fue a dormir bajo tierra en Chillán, la apacible ciudad de la octava región que albergó sus últimos años de tertulias y conversaciones amigas, tal vez lo leamos. Este Chile exitista que no conoce de su humanidad, puede que descubra algo en sus palabras y se le pegue la dulzura de su mirada de niño, para volver a sorprendernos con lo que nos depara la vida, más allá de los malls y el afán por responder a la imagen del país "exitoso" en que nos hemos convertido.

Perdí mi juventud en los burdeles...

Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.

Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.

Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.

Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.

Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.

A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.

Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.

Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
copiaban en vano tu hermosura.

Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
a muerte.

No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.



Con más de 80 años fue invitado a leer mientras rockeros españoles improvisaban su música. Se sentía cómodo porque era curioso, inquieto y de alma innovadora.

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