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Elecciones en Colombia: la 'banca' gana

Martes 11 de marzo de 2014 - Las elecciones no reflejan precisamente la llamada “voluntad popular”, pero si son un termómetro de los movimientos políticos de las élites en Colombia. Los comicios que acaban de ocurrir develan la apatía electoral, la estrategia de Álvaro Uribe, que vuelve a jugar al antisistema para quedarse con él, la fortaleza de Santos en el Congreso. A pesar de las señales… en este casino la banca siempre gana.

Por Equipo Otramérica

Cuando Álvaro Uribe Vélez se encaramó al poder en 2002 lo hizo a lomos de un discurso populista, nacionalista y anti política tradicional. De hecho, hizo saltar por los aires el sistema bipartidista tradicional del país. Al menos, nominalmente, porque como explica a Otramérica el experimentado periodista colombiano Octavio Gómez “en Colombia no se enfrentaron dos visiones del mundo en las elecciones del domingo 9 de marzo, sino las corporaciones electorales que hace 200 años administran el Estado y que, periódicamente, cambian de nombre pero que en el fondo (incluso en la forma) defienden la misma concepción de las cosas: una se llama oficialismo y la otra uribismo. La primera la encabeza el actual presidente (y candidato presidencial), Juan Manuel Santos; y la segunda, el ex presidente (y ex jefe político de Santos), Álvaro Uribe Vélez”. El uribismo sigue encaramado a dinamitar el sistema para que nada cambie y 48 horas después de las elecciones, su máximo líder, Álvaro Uribe, ha calificado de “ilegítimo” al Congreso en el que ha incrustado a 19 representantes.

Gómez cree que, en realidad, Uribe sabe que no perdió porque “ambos ganaron, son las mayores fuerzas electorales en un país donde la oposición descansa en los perennes y perseguidos movimientos sociales aún sin voz política”. 

La distancia entre  esas instituciones del estado controladas por los poderes de siempre y los movimientos populares es abismal. Abajo, se realizan encuentros, propuestas, marchas y alianzas que no tienen ningún reflejo en la vida “oficial” del país: ni en las cámaras de representantes, ni en los gobiernos locales, ni tan siquiera en el proceso de paz que se discute en una mesa cerrada y sorda a 1.919 kilómetros (en La Habana) entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC. Como opina el periodista y analista José Manuel Martín Medem "el Parlamento de Colombia apenas representa a una cuarta parte del país, mayoritariamente urbana y menos golpeada por el empobrecimiento mayoritario".

 

Blanco pero sonoro

Las elecciones del 9 de marzo han dejado huellas, aunque no se quieran ver. Las más interesantes hablan de que uno de cada electores no apoyo a ningún candidato (suma de votos en blanco, nulos o no marcados) o de que, en el caso de las elecciones al Parlatino, ganó el voto en blanco con 3.623.193, mientras que el voto en blanco es la segunda fuerza política en Bogotá y, por ejemplo, en el departamento de Santander no hay un solo candidato que haya logrado superar el voto en blanco. ¿Más alto el mensaje?

Como indica Gómez, Santos y Uribe ganaron y… ¿la izquierda? César Jerez, de Prensa Rural, considera que la brecha también es abismal entre la izquierda social y “la izquierda oficial, electoral y urbana (que) perdió terreno, sumida en la corrupción, la arrogancia, el individualismo, el delfinismo, el sectarismo y las ‘alianzas non sanctas’ que finalmente terminaron pasándole factura a un proyecto que en algún momento llegó a ser una alternativa electoral”. De hecho, el Polo Democrático ha quedado como una fuerza absolutamente minoritaria.

 

El enfrentamiento ‘falso’

Los medios de comunicación del establecimiento están planteando los procesos electorales en Colombia (el legislativo, en marzo; y el presidencial, en mayo) como un enfrentamiento entre Santos y Uribe. De hecho, la cobertura de la votación del 9 de marzo era en esa clave.

Sin embargo, Juan Gonzalo Betancur, profesor de la Universidad EAFIT de Medellín y con un amplio recorrido en la cobertura de la realidad de Colombia, recuerda que “ambas propuestas ideológicas no tienen diferencias sustancias en temas de fondo como el modelo económico, los tratados de libre comercio, la presencia del capital extranjero en el país, las grandes inversiones privadas en minería o agroindustria, el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas, el papel de los militares en la sociedad, la defensa del medio ambiente, la garantía a los derechos humanos o la aceptación de la sociedad civil como un interlocutor importante en la definición de políticas públicas”.

Las élites siguen repartiéndose el poder para que nada cambie. Excepto, eso sí, en la relación del Estado con la guerrilla de las FARC, que no con el conflicto, entendido de forma más amplia. Betancur sí cree que “en el único aspecto de esos centrales y definitivos para la vida nacional en los que hay divergencias profundas es en el tema de la paz, específicamente sobre las negociaciones con la guerrilla de las FARC”.

Es cierto que es un tema extremadamente sensible por el desgaste del conflicto y por las esperanzas puestas por una gran parte de la sociedad en un posible acuerdo. También es verdad que ese proceso vuelve a caer en la simple firma bilateral de un tratado. El Congreso de los Pueblos, un marco de convergencia popular que ha avanzado mucho en los últimos meses, planteaba en su Cumbre de Cali del pasado febrero que, además de abrir negociaciones con todos los grupos guerrilleros (no solo las FARC) es clave “la necesaria participación del pueblo y sus organizaciones legitimas en todas las mesas de dialogo, por cuanto la paz compromete a toda la nación colombiana. De esta manera seguiremos participando en todos los espacios que se vienen construyendo tales como: el Clamor Nacional por la Paz, la Ruta Social Común para la Paz, el Dialogo Nacional por la Paz y las Asambleas Constituyentes por la Paz”.

 

Nuevasviejascaras

Prueba de que no hay enfrentamiento sea, quizá, la falta de renovación del panorama político. “Gracias a un sistema electoral complejo, viciado por los delitos electorales, a una campaña propagandística sofocante y al desprestigio de los políticos tradicionales (de tal tamaño que se valen de eso para que las mayorías no salgan a votar), las elecciones legislativas colombianas reeligieron a poco menos del 70% de los congresistas y mantendrán, vistas las presidenciales de mayo próximo, el debate sobre el riesgo de ‘entregarle’ el país a las FARC, grupo alzado en armas con el que se mantienen negociaciones políticas para su reinserción a la vida civil –argumento de la ultraderecha uribista- o de terminar un proceso de paz para finalizar una guerra de 50 años. Pero en Colombia el argumento de los fusiles es más poderoso que el de los votos”. Así de claro es Octavio Gómez al observar el triste balance de las elecciones legislativas.

Nada nuevo e incluso, lo peor de lo viejo. Los resultados confirman que un total de 69 políticos con procesos abiertos por relación con el paramilitarismo han logrado un curul: 33 en el Senado y 36 en la Cámara de Representantes. De hecho, Musa Besaile, el senador con mayor votación del partido de la U, del presidente Juan Manuel Santos, aparece en el caso de los “congresistas de Salvatore Mancuso”.

El mal llamado Congreso de la Paz por los medios de comunicación de la élite es ya el Congreso minado por la parapolítica y las relaciones clientelares.

Como lo resume La Silla Vacía “de los 102 senadores, solo 12 no han sido congresistas ni son herederos de casas políticas. Son dos del Polo, Luis Evelis Andrade del MAIS (Movimiento Alternativo, Indígena y Social), Claudia López y ocho de la lista uribista.

Y de los 166 representantes a la Cámara, donde suele haber más renovación porque se necesitan menos votos para llegar, 69 no han sido congresistas ni son herederos de casas políticas.

Es decir, un 30 por ciento del Congreso es sangre nueva y  el 21 por ciento (33 en la Cámara y 22 en el Senado) corresponde a mujeres.

En este cambiar para no cambiar nada, el gran triunfador de estas elecciones podría ser Enrique Peñalosa. La Silla Vacía lo ve como el posible rival con más posibilidades en la próxima contienda electoral presidencial. "Enrique Peñalosa es el gran fenómeno electoral de las elecciones del domingo. Con estos resultados, Peñalosa se convierte en el gran ganador de las elecciones de ayer y probablemente en el rival con más posibilidades contra Juan Manuel Santos".

Los grandes perdedores parecen ser el régimen democrático colombiano y buena parte del pueblo que apuesta sus esperanzas a las negociaciones de La Habana. José Manuel Martín Medem hace un dibujo concreto de cómo queda el país, de la precariedad democrática y de las posibles operaciones, incluso violentas, para frustrar las posibilidades de un acuerdo de paz. "Creo que estas elecciones revelan el debilitamiento del apoyo a Uribe (19 senadores de 102 y 12 representantes de 166), anuncian la reelección de Santos probablemente en la primera vuelta, mantienen el espacio abierto para la negociación con las FARC y demuestran que Colombia necesita una auténtica y profunda democratización para que la izquierda pueda participar proponiendo una alternativa a la mayoría de los golpeados por la marginación económica y la exclusión política. Lo que temo es un atentado de gran repercusión para sacar a Santos de la negociación con las FARC". 

Uribe-Santos, dos caras del mismo espejo

Contrario a lo que muchos oráculos vaticinan, la llegada del Centro Democrático de Álvaro Uribe al Congreso colombiano con una bancada respetable en cantidad no representará una oposición en sentido estricto al gobierno de Juan Manuel Santos en caso de ser reelegido a mitad de este año, como parece que ocurrirá, según las tendencias electorales actuales: será oposición apenas frente a “algunos” aspectos de la política doméstica y, esto sí, “oposición” pero para calentar los ánimos de sus seguidores.

Porque ambas propuestas ideológicas no tienen diferencias sustancias en temas de fondo como el modelo económico, los tratados de libre comercio, la presencia del capital extranjero en el país, las grandes inversiones privadas en minería o agroindustria, el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas, el papel de los militares en la sociedad, la defensa del medio ambiente, la garantía a los derechos humanos o la aceptación de la sociedad civil como un interlocutor importante en la definición de políticas públicas. En esos asuntos, ambas tendencias son muy parecidas.

Ni siquiera frente a las relaciones internacionales son muy distintos, aunque los gobiernos de Uribe y el de Santos hayan tenido estilos diferentes: el primero más pendenciero y hostil hacia países como Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, principalmente, y el segundo más estratégico y pragmático en sus posiciones con las demás naciones.

En el único aspecto de esos centrales y definitivos para la vida nacional en los que hay divergencias profundas es en el tema de la paz, específicamente sobre las negociaciones con la guerrilla de las Farc. No es algo de poca monta, por supuesto, pero es apenas un solo aspecto: aún con lo que ha significado el conflicto armado interno para el país en casi 60 años, ni la vida nacional y ni siquiera la actividad gubernamental o legislativa se reduce a este aspecto.

En los temas de la paz sí echarán chispas y eso lo sabe desde el más encopetado analista hasta el más simple ciudadano de a pie. Mientras Uribe y su Centro Democrático están en contra de esas conversaciones, el gobierno Santos y su coalición de partidos denominada Unidad Nacional aceptaron el diálogo y no han dado muestras de que el Estado deba levantarse de la mesa. La legislación que habrá que hacer posterior a la firma de los acuerdos de paz, en caso de que ellos se den, sí será un momento de dura tensión entre ambas corrientes de derecha.

Los otros asuntos en los que el Centro Democrático hará “oposición” se enmarcarán más en los temas cotidianos y domésticos que, pese a que tienen mucho impacto en los ciudadanos  –la seguridad, el empleo, la educación…– no implicarán de ninguna forma transformaciones de fondo para la vida de los colombianos. Será, más bien, la alharaca típica de un parlamento que querrá ganar el escándalo en los medios de comunicación y, de paso, el aplauso o el repudio de la gente, según sean sus intereses. Pero no será más: habrá entonces mucho ruido, pero para que todo siga igual.

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