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La buena conciencia del mal ejemplo

Martes 10 de mayo de 2011 - ¿Deben los políticos dar ejemplo?, ¿se puede separar la vida privada de la vida pública?, ¿lo público acaba en la puerta de la casa de los ciudadanos o a los pies de las empresas?, ¿qué provoca un buen ejemplo? Apuntes de urgencia tomados en el Foro sobre el Procomún organizado por la revista Frontera D.

Por Redacción Otramérica

El pro común son los procesos, bienes, cosas (materiales o intenagibles) e instituciones cuya posesión, explotación y beneficio pertenecen a una comunidad. Es el régimen de lo común, de lo comunitario. Asociar esta palabra –este concepto- a Responsabilidad Social Corporativa, a la Gobernanza de los pueblos o a los medios de comunicación implica recuperar este concepto para construir sociedades más justas o, al menos, más públicas, más ‘comunes’.

Quizá por eso parece trascendental el foro organizado por la revista digital Frontera D en Madrid (España) en el que durante dos días están diseccionando todo lo que tiene que ver con el pro común. De lo abstracto a lo más concreto, con poco público (corren malos tiempos para el pensamiento complejo) pero con mucha enjundia. Frontera D compartirá lo ocurrido con sus lectores en estos días, pero mientras os damos un abrebocas con el debate del lunes 9 de mayo sobre la Ejemplaridad Pública y la Gobernanza Civil.

 

La ejemplaridad pública

Pareciera extraño hablar en estos tiempos del papel ejemplarizante de los gobernantes, pero quizá es cuando es más necesario.  En la mesa, filósofos, políticos, investigadores sociales… Y una frontera difícil de delimitar: qué separa lo público y lo privado. El profesor y político de Izquierda Unida Pedro Chaves denunció que “la magia del mercado es habernos convencido de que todo lo que tiene que ver con las empresas es un ámbito privado”. Y eso evita que “se pueda pedir la dimisión inmediata de un alto ejecutivo que después de recibir dinero público para su banco se aumenta el sueldo y despide a empleados”.

Javier Gomá, filósofo y director de la Fundación Juan March, trató de fijar las aristas de la ejemplaridad pero puso el dedo en la yaga al explicar cómo “el buen ejemplo de una persona [en la vida pública o en el entorno privado] genera mala conciencia y el mal ejemplo, sin embargo, provoca placidez”. Es lo que denominó, el efecto narcótico del mal ejemplo: si este político que tiene altas responsabilidades y al que miran todas las cámaras tiene esta actitud poco ejemplar, lo mío no es tan grave.

Frente a ese buen ejemplo, según Gomá, solo hay tres respuestas: o sigo ese ejemplo (lo que supone afrontar cambios en mi vida privada), o considero que ese ejemplo no me es aplicable, o reacciono con resentimiento ante el personaje. Ahí vuelve a entrar la delimitación de lo público y lo privado, al menos en el terreno moral, y Félix Ovejero, profesor de Economía y Ética, se cuestionó en el Foro si “las convicciones morales se consideran como algo que pertenece estrictamente al entorno privado entonces no podríamos discutirlo y se rompe la continuidad privado-público que marcará el comportamiento de esa persona en común”. Conjugado por el catedrático y político Carlos Martínez Gorriarán suena así: "Los ciudadanos no sienten que tengan responsabilidad alguna en lo político y exigen a los políticos que solucionen todos los problemas, de forma ejemplar, pero sin afectar a sus intereses privados".

Quizá para romper estas disquisiciones y poner el debate en el entorno del pro común, el investigador social Antonio Lafuente prefirió denunciar con claridad un momento histórico en el que se está produciendo “un canibalismo de lo público, de lo común, para convertirlo en privado”. Pero , frente a este paso atrás en la construcción de lo colectivo, Lafuente aseguró que se está produciendo una “modernización epistémica” que llega de la mano del conocido como “tercer sector” (ONGs, sociedad civil organizada, colectivos sin voz, grupos excluidos tradicionalmente del debate público…). “El nuevo conocimiento producido por el tercer sector se configura como contra-público, contra-hegemónico y pone sobre la mesa temas molestos para el Estado”. Para Lafuente el tercer sector crece en tensión con el sector público y el sector privado.

Si en algo hubo coincidencia en el debate es en que la vida pública nos deja “ejemplos vulgares”, que se potencian por “el aceite del odio” y que generan un efecto “narcotizante” en las sociedades democráticas, que están dejando atrás el imperio del “modelo constitucional” para dar paso al triunfo del “modelo plebiscitario” en el que el político corrupto o deshonesto sigue tranquilo en la medida que cuente con el refrendo de las mayorías (Berlusconi fue ejemplo manido). Como recalcó Pedro Chaves, “la corrupción [conducta poco ejemplar] quiebra el Estado de Derecho y hace que un ciudadano que exige sus derechos o el simple cumplimiento de la ley se convierta en alguien sospechoso”.

El diagnóstico fue extenso y lúcido, las soluciones escasearon. Algunas propuestas para mejorar el sistema de premios y castigos al buen y mal ejemplo en la vida pública y, en todo caso, una valiente exigencia de Lafuente: el triunfo del Open Data, del acceso irrestricto por parte del ciudadano a toda la información generada por los Estados y que se utiliza en este momento sin transparencia para el control social.

 

 

"La corrupción quiebra el Estado de Derecho y hace que un ciudadano que exige sus derechos o el simple cumplimiento de la ley se convierta en alguien sospechoso". Pedro Chaves

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