Réquiem por los derechos humanos
Sábado 28 de enero de 2012 - Los derechos humanos son universales y exigibles hasta que son molestos a los Estados que los deben promocionar y defender. En Latinoamérica, algunos Gobiernos no gustan de regaños externos. Así que, apoyados en el nacionalismo populista, Brasil, Venezuela, Ecuador o Perú están logrado herir de muerte al ya débil Sistema Interamericano de Derechos Humanos.
El miércoles 25 de enero, el Consejo Permanente de la OEA aprobó una serie de recomendaciones sobre el sistema interamericano de derechos humanos pese a las alarmas prendidas por la Coalición Internacional de Organizaciones por los Derechos Humanos en las Américas, conformada por 71 organizaciones no gubernamentales (ONG) de todo el hemisferio.
No ha sido primera plana en los diarios de las élites, pero es una terrible noticia para los pueblos. La Organización de Estados Americanos (OEA) ha dado así un primer paso para reducir a la mínima expresión a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la puerta de entrada al sistema interestatal.
Los promotores de la revisión de criterios han sido gobiernos molestos por los constantes regaños, medidas cautelares e informes negativos procedentes de la sede en Washington de la CIDH. Brasil está terriblemente molesto con las medidas cautelares por las que debería haber suspendido (y no lo ha hecho) las obras de la megarrepresa de Belo Monte, en el río Xingú (Amazonas). Tanto, que boicoteó a la propia OEA y ha congelado su aporte anual hasta no lograr su objetivo: “acabar con las injerencias de la CIDH en asuntos nacionales”. Obviamente, no opinan igual las decenas de organizaciones populares que luchan contra este proyecto que provocará miles de desplazados y un daño ambiental incalculable.
Igual le pasa al Gobierno de Ecuador, muy molesto con los comunicados de la relatoría de Libertad de Expresión de la CIDH que ha criticado con dureza el intento de Rafael Correa de llevar a la cárcel a periodistas del diario El Universo por “injurias”. En Perú, el nuevo gobierno de Ollanta Humala está enfadado con la CIDH por aceptar casos que tiene que ver con ejecuciones extrajudiciales por parte de un batallón militar y, desde luego, no acepta ningún fisgoneo en las decenas de conflictos sociales prendidos por cuenta de la megaminería. Venezuela no gusta tampoco de la CIDH; de hecho, no gusta de la OEA, y ha repetido en innumerables ocasiones que no acepta la intervención del Sistema Interamericano de Derechos Humanos en su territorio.
Suma y sigue, Panamá también ha expresado su “cabreo”, al igual que Nicaragua o, incluso, de forma más tibia, El Salvador, Chile o Estados Unidos. Claro que, del total de casos y peticiones en trámite por la CIDH en diciembre de 2010, los 10 países que más acumulaban eran, casualmente, y por este orden: Perú, Argentina, Colombia, Ecuador, Brasil, México, Guatemala, Venezuela, Estados Unidos y Chile.
La versión “oficial” que justifica la creación del Grupo de Trabajo que ha elaborado las recomendaciones de cambio y las propias medidas es, obviamente, mucho más benigna y dibuja una OEA preocupada por la democracia y los Derechos Humanos. "Nos preocupa muchísimo que haya consenso entre países que históricamente han trabajado por los derechos humanos y otros que han trabajado de manera sistemática para erosionarlos", expresaba con suspicacia Viviana Krsticevic, directora del prestigioso Centro para la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL).
Qué recomiendan
Lo aprobado por el Consejo de la OEA resulta de un grupo de trabajo que ha evaluado “como mejorar la eficacia” del sistema interamericano. Esa es la disculpa oficial. Pero en realidad las recomendaciones tienen dos objetivos claros.
El primero es debilitar a la molesta Relatoría de Libertad de Expresión de la CIDH, que coordina la colombiana Catalina Botero. Esta es una de las pocas relatorías con presupuesto (unos 900 mil dólares anuales) y equipo de trabajo permanente. Lo que pretende la OEA, si estas “recomendaciones no vinculantes” terminan convirtiéndose en reformas obligatorias, es que el triste presupuesto se distribuya de forma proporcional entre las 8 relatorías de la CIDH: una forma indirecta de debilitar a Libertad de Expresión. Es interesante, sin embargo, resaltar que buena parte del presupuesto de esta Relatoría Especial proviene de países que no pertenecen a la OEA, especialmente de Europa. Según la misma relatora transmite: “Durante 2010, el Proyecto de Fortalecimiento de la Libertad de Expresión en las Américas recibió una importante financiación de la Comisión Europea por la cantidad de US$425,000; del Gobierno de Reino Unido por la cantidad de US$222,782; de Suiza por la cantidad de US$40,000; de la Fundación Sueca para los Derechos Humanos por la cantidad de US$109,965; de Costa Rica por la cantidad de US$2,790; del fondo 'OAS Democracy Unprogrammed Funds' de los Estados Unidos de América por la cantidad de $250,000; y de Francia por la cantidad de US$8,073”. Curioso ¿no?
Las reformas propuestas también quieren poner piedras en el mecanismo de medidas cautelares, uno de los más eficientes de la CIDH. Los Estados no quieren esa molesta gestión y regaño publico, aunque están acostumbrados a utilizar todas las argucias legales y políticas para no cumplir las medidas impuestas por la CIDH (que no tiene ‘dientes’ para imponerlas, por lo que debe “confiar” en los Estados). Los casos de Belo Monte (Brasil), de los Saramakas (Surinam) o de la presa Chan 75, (Panamá) son algunos ejemplos del incumplimiento sistemático de las medidas cautelares por parte de los Gobiernos. Las recomendaciones buscan que la CIDH tenga que “sustentar mejor” las medidas cautelares y establecer un mecanismo de comunicación previa y confidencial con los Estados antes de que unas medidas cautelares sean públicas. “Se intenta volver más formalista el sistema de protección endureciendo las condiciones para que la CIDH decreté las medidas de protección, eso lleva a que menos gente pueda acceder al Sistema y a esos beneficios, lo que aumenta los niveles de riesgo”, explicaba Eduardo Carreño, integrante del colectivo de abogados José Alvear Restrepo.
Estas son algunas de las “recomendaciones” más letales para el sistema interamericano, pero para conocer en profundidad todas las “sugerencias” les recomendamos leer el detallado análisis de la Coalición Internacional de Organizaciones por los Derechos Humanos en las Américas y el propio texto de la comisión de Trabajo (en la columna de la izquierda).
La CIDH y las comunidades
Aunque el Sistema Interamericano de Derechos Humanos también es cuestionado por algunas organizaciones no gubernamentales con la boca chiquita, es por otras razones. La lentitud de los trámites ante la CIDH, el poco presupuesto y personal con el que cuenta, la consecuente mora en el tratamiento de los casos y la falta de herramientas coercitivas que ayuden a que sus resoluciones sean más efectivas son algunos de los argumentos que molestan a las ONGs.
Sin embargo, es cierto que las ciudadanas y ciudadanos víctimas de violación de DDHH, las organizaciones sociales, los pueblos originarios, las comunidades afrodescendientes y los movimientos populares en general han encontrado en el Sistema un refugio en los últimos años. Las medidas cautelares, pocas veces efectivas, sí han servido para visibilizar el ataque a territorios o comunidades y ha generar redes internacionales de apoyo y defensa de los derechos humanos. Por eso, la presión de los Gobiernos ‘molestos’ es tan grave para el futuro de la protección y promoción de estos derechos.
También es cierto que el propio concepto de Derechos Humanos está en revisión desde el Sur Global. Su génesis eurooccidental, su universalidad sólo ‘teórica’ y su poca permeabilidad a la diversidad cultural del planeta han limitado mucho su alcance, también condicionado por la evolución del concepto del Estado-nación y de los propios derechos humanos desde los años ochenta.
Como explica el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, “mientras la primera generación de derechos humanos se diseñó como una lucha de la sociedad civil contra el Estado como único violador de los derechos humanos, las generaciones segunda y tercera de derechos humanos recurren al Estado como garante de esos derechos humanos. Como resultado de este proceso histórico, se percibió al Estado como la solución a los problemas que confronta la sociedad civil. En realidad, se consideró a la sociedad civil como inherentemente problemática y necesitada de un estado mucho más intervencionista [en asuntos de DDHH]”.
De este modo, la sociedad civil “entregó” la defensa y la promoción de los derechos humanos a los sistemas interestatales y, ahora, cuando los Estados en connivencia con las megaempresas o como fruto de políticas desarrollistas y poco participativas, atentan contra sus derechos humanos, son éstos los que deciden hasta dónde los derechos son humanos, hasta dónde aplica su universalidad y quién y cuándo debe cumplirlos.
La decisión –y el discurso- del Consejo Permanente de la OEA demuestra una vez más que la doble moral y el doble rasero son las medidas de la geopolítica internacional.
"Nos preocupa muchísimo que haya consenso entre países que históricamente han trabajado por los derechos humanos y otros que han trabajado de manera sistemática para erosionarlos"
Enlaces en este artículo
- Relatoría de Libertad de Expresión de la CIDH
- las 8 relatorías de la CIDH
- medidas cautelares
- análisis de la Coalición Internacional de Organizaciones por los Derechos Humanos en las Américas
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